Arena Negra

Capítulo 10

ABIGAIL:

El cielo rugía con una furia desatada, una violencia que jamás había presenciado en el pueblo. Las nubes giraban en remolinos de carbón y acero, como si ocultaran un secreto dispuesto a desgarrarse en cualquier momento. La lluvia caía en aguaceros helados, golpeando mi rostro con la precisión implacable de agujas diminutas. Corrí. El agua empapaba mi ropa, se adhería a mi piel como un sudario, y cada paso parecía un desafío contra un viento que quería arrastrarme de vuelta.

Las palabras de Emily seguían incrustadas en mi mente, repitiéndose una y otra vez con la insistencia de un eco que no desaparecía: “Esto pasa cada dieciocho años… algo está mal en este pueblo.” Eran una marca, una herida abierta, un recordatorio de que todo lo que conocía estaba resquebrajándose.

No sabía a dónde más ir. Mis pies me llevaron a la biblioteca, el único lugar que aún podía ofrecerme algún tipo de refugio. O de respuestas. El adoquinado resbaladizo hacía que mi avance fuera torpe, pero una determinación visceral me empujaba a continuar.

Empujé la puerta con todas mis fuerzas. La madera cedió con un crujido, y me deslicé dentro, cerrándola tras de mí con un golpe que retumbó entre los estantes. El silencio interior contrastaba con la furia de la tormenta. La biblioteca estaba sumida en una penumbra densa, apenas interrumpida por el parpadeo tenue de las lámparas.

Dejé mi bolso en una mesa. Mis manos temblaban, no sabía si por el frío o por el miedo. “Tú también lo sientes, Abby. Sabes que algo no está bien…” La voz de Emily resonó como un susurro fantasmal. Me llevé las manos a la cabeza, intentando ordenar mis pensamientos.

Un trueno desgarró el cielo, estremeciéndome. Me acerqué a una ventana. La lluvia convertía las calles en espejos rotos, reflejos distorsionados de un mundo que parecía desmoronarse. Bajo la luz temblorosa de un farol, una silueta caminaba lentamente.

István.

Mi aliento se atascó en mi pecho. ¿Por qué siempre aparecía en los momentos más extraños? ¿Por qué su presencia me despertaba una mezcla tan inquietante de atracción y alarma? Algo en él parecía responder a mis emociones, como si estuviera en sintonía con un ritmo que yo no sabía que tenía.

Me alejé de la ventana, siguiendo un impulso primario que me llevó a la sección trasera de la biblioteca. Allí, el aire era más frío, casi antinatural. Las estanterías polvorientas parecían custodiar secretos que pedían ser descubiertos. Mis dedos recorrieron los lomos desgastados hasta detenerse en un libro.

“Crónicas del Folclore Oscuro”.

Lo tomé. Su peso era extraño, casi vivo. Al abrirlo, las páginas exhalaron un susurro, como si despertara algo dormido. Ilustraciones grotescas, relatos de criaturas que consumían esencia vital, seres que se arrastraban entre sombras devorando recuerdos. Pasé las páginas con fascinación y horror. Cada palabra parecía conocer mi miedo.

Una imagen me heló la sangre. Un dibujo de un monstruo cubierto de sombras, dos ojos brillantes como brasas.
Los mismos ojos de mi sueño.
Cerré el libro de golpe. El sonido retumbó en el corredor, y la tormenta afuera pareció responder con un estallido más violento.

Un crujido detrás de mí me hizo girar.

—¿István? —susurré.

Allí estaba él, emergiendo de las sombras como una aparición. Su cabello mojado caía en mechones sobre su frente, y sus ojos, uno azul profundo, el otro gris inquietante, brillaban con una intensidad casi sobrenatural. La luz tenue lo envolvía de una manera imposible, como si no estuviera realmente ahí… o como si el espacio no pudiera contenerlo.

—No esperaba encontrarte aquí —su voz era suave, profunda, pero había algo oculto en ella, un matiz que me erizó la piel.

—Yo tampoco esperaba verte —logré responder, aunque sentía mi corazón golpeando con fuerza.

Se acercó. Cada paso parecía medir la distancia entre nosotros con un cuidado casi ritual. El aroma que lo rodeaba llegó hasta mí: lluvia fresca, madera húmeda y algo más oscuro, como brasas apagándose. Mis sentidos se enturbiaron.

Sus pupilas estaban dilatadas. Demasiado. Algo en su mirada era primitivo, insondable. Un depredador acechando en la penumbra.

—¿Qué buscas, Abigail? —preguntó, cada sílaba cargada de algo que rozaba lo prohibido.

—Respuestas —susurré.

Se detuvo frente a mí. Pude sentir el calor de su cuerpo irradiar contra mi piel húmeda. Alzó una mano lentamente y rozó mi mejilla. Mi respiración se quebró. Un chispazo recorrió mi espina dorsal.

—A veces las respuestas están más cerca de lo que crees —murmuró.

Retrocedí un paso, el corazón desbocado. Mi mente gritaba que me alejara. Mi cuerpo, que me quedara. Estaba atrapada entre dos fuerzas que no entendía.

La tormenta rugió afuera, como si el cielo reflejara el caos dentro de mí.

István dio un paso atrás, la sombra cubriendo su rostro.

—Abigail… ten cuidado con lo que buscas. Podrías encontrar más de lo que esperas.

Y antes de que pudiera decir algo, se desvaneció entre los estantes, como si la oscuridad misma lo hubiera reclamado.

Me quedé sola, con el libro apretado contra mi pecho, la tormenta rugiendo y la certeza de que mi vida acababa de cruzar un umbral invisible. Algo se movía en Blackwater Hollow… y algo se movía dentro de mí.




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