Arena Negra

Capítulo 12

ADRIÁN:

La noche había dejado un residuo extraño en el aire, como si la tormenta hubiera abierto una grieta invisible en el cielo y algo primordial hubiese logrado filtrarse por ella. Mientras caminaba por las calles empedradas del pueblo, sentía ese peso suspendido sobre mí, una opresión antigua que se mezclaba con la humedad aún impregnada en las piedras. Cada paso hacía crujir ligeramente el suelo mojado, como si el pueblo respirara bajo mis botas.

El olor a tierra húmeda y sal marina llenaba mis pulmones. Para cualquiera sería un aroma común, casi nostálgico; para mí, era un recordatorio silencioso de lo que acechaba bajo la superficie. De lo que siempre había acechado. Ese olor me despertaba un impulso visceral, uno que llevaba años intentando contener, moldear, afinar… pero que seguía latiendo bajo mi piel, salvaje como un animal.

La casa Barker apareció ante mí como una sombra familiar, una figura que parecía observarme desde el pasado, siempre vigilante. Cada grieta, cada tabla desgastada, cada ventana empañada tenía una historia que mis padres habían intentado enterrar. Pero la sangre nunca olvida. Y nosotros éramos la prueba viviente de ello.

Entré sin hacer ruido. El silencio era tan afilado que podría haber cortado la oscuridad en dos.

—Llegas tarde, Adrián —dijo mi madre desde el salón, su voz tan suave como una caricia helada.

Eleonora siempre había tenido ese poder: envolver cada palabra con dulzura mientras escondía un filo lo bastante peligroso como para desgarrar el alma de cualquiera. Estaba sentada en su sillón de terciopelo, una figura imponente a pesar de su serenidad. La luz tenue delineaba sus rasgos como si estuviera esculpida en mármol.

—El trabajo me necesitaba —respondí, dejando la chaqueta húmeda en una silla cercana.

—¿El trabajo? —gruñó Gregor desde la mesa del comedor. La voz de mi padre siempre llevaba consigo el eco de un trueno contenido.

No respondí. Él sabía exactamente qué significaba “trabajo”. Mantener el orden. Controlar lo que debía ser controlado. Asegurar que Blackwater Hollow siguiera siendo un tablero estable… incluso si eso significaba sacrificar piezas.

Tomé asiento frente a ellos, sintiendo sus miradas clavarse en mi piel como agujas ardientes.

—¿Y Abigail? —preguntó mi madre con esa suavidad peligrosa. —Está cerca de su vigésimo cumpleaños.

Mi mandíbula se tensó.

—Lo está —respondí.

El nombre de mi hermana siempre desencadenaba algo en esta casa. No un amor normal, no un cariño familiar corriente… sino algo más oscuro. Algo que se arraigaba en nuestra sangre, en nuestro legado, en una tradición que jamás se decía en voz alta.

Gregor bebió un sorbo de café, su expresión insondable.

—Tu vínculo con ella es fuerte. Pero esa fuerza debe demostrarse —dijo con voz grave.

—Es suficiente —contesté, dejando que mi frustración se manifestara apenas.

Abigail era mía. Mi responsabilidad, mi deber, mi destino. Siempre lo había sido. Y no permitiría que nada ni nadie se interpusiera entre nosotros.

Eleonora ladeó una sonrisa apenas perceptible.

—Entonces cumple tu papel, hijo. No dejes que ningún forastero confunda su destino… ni el tuyo.

István. El nombre resonó en mi mente como veneno.

Ese forastero no pertenecía aquí. No pertenecía cerca de ella. Y, sin embargo, Abigail lo había mirado como si… como si él tuviera derecho a ocupar un espacio que era mío por naturaleza, por linaje, por orden.

Me levanté bruscamente. La energía oscura que llevaba horas recorriendo mis venas se agudizó como si una chispa hubiera encendido un cable oculto bajo mi piel.

Subí las escaleras sin mirar atrás y entré en mi habitación. La oscuridad allí tenía un peso distinto, casi tangible. Como si supiera exactamente lo que escondía en mis pensamientos.

Caminé hasta la ventana. Afuera, el pueblo parecía dormido… pero yo sabía que este lugar nunca dormía por completo. Observaba. Esperaba.

Y esta vez esperaba por nosotros.

—¿Puedo pasar? —preguntó la voz de Eleonora.

La puerta se abrió sin aguardar mi respuesta. Mi madre dejó una copa de licor oscuro sobre mi escritorio.

—Tu temperamento siempre ha sido tu mayor virtud y tu mayor peligro —dijo, sentándose en mi cama como si fuera su trono privado—. Pero Abigail es más que un lazo emocional, Adrián. Es… un eje.

La palabra quedó suspendida en el aire, cargada de significados velados.

—No necesito recordatorios —respondí con firmeza.

Eleonora me observó con ojos profundos y oscuros.

—Solo recuerda esto: lo que somos exige sacrificios. Y tú, más que nadie, sabes cumplirlos.

Cuando salió de la habitación, el aroma metálico de su perfume quedó suspendido como un recordatorio de lo inevitable.

Me quedé allí, solo, mirando mis propios reflejos fragmentados en el espejo. La luna iluminaba mi rostro, resaltando cada sombra, cada línea de tensión… y el brillo desigual en mis ojos.

No eran como los de los demás. Nunca lo habían sido.

—Abigail —susurré, sintiendo cómo el peso de su nombre encendía algo profundo en mí.

El tiempo avanzaba. Y cuando llegara el momento, no habría fuerza, ni hombre ni monstruo, capaz de arrebatarme lo que me pertenecía por derecho.

István aprendería eso pronto.

Muy pronto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.