Arena Negra

Capítulo 14

ABIGAIL:

La noche había mutado en una criatura expectante, como si la playa completa respirara con un pulmón inmenso y enfermo. La fogata, antes un simple punto cálido en la distancia, ahora rugía como un animal herido en el centro de la arena negra. Las llamas subían en espirales que parecían querer alcanzar las nubes bajas, iluminando rostros que no recordaba, murmullos que no me incluían y risas que chocaban como cristales rotos contra mi interior. La brisa marina traía sal, humo y algo más profundo, algo que parecía arrastrar la memoria de quienes habían desaparecido.

Di varios pasos, sintiendo cómo la arena fría cedía bajo mi peso. Cada grano se pegaba a mis zapatos como si intentara detenerme, aferrarse a mí. Era una noche que pedía prudencia, que advertía, que observaba.

—¡Abby! ¡Abby, aquí! —La voz de Kara rompió el susurro del viento. Su suéter rojo parecía encenderse bajo el reflejo del fuego—. ¡Pensé que te arrepentirías a último minuto!

Mantuve la sonrisa tensa, dibujada como una máscara.

—Solo… tuve dudas —confesé.

Kara río con ese entusiasmo que siempre me había desconcertado. Antes de poder pensarlo dos veces, me tomó del brazo con una confianza que yo no sentía.

—Vamos, no te quedes ahí parada como un espectro.

Me arrastró con suavidad hacia el círculo. Sentí todos los ojos sobre mí, evaluándome, etiquetándome en silencio. La protegida de Adrián. La chica rara. La solitaria que nunca se unía a nada.

Me senté en la arena húmeda, cruzando las piernas para dar una apariencia de tranquilidad que no poseía. El calor de la fogata me golpeó de frente, pero no logró espantar el frío que llevaba en el pecho. Observé las chispas elevarse, creando constelaciones efímeras que morían antes de nacer.

Las conversaciones alrededor eran demasiado animadas. Parecía que todos estaban intentando olvidar algo. O taparlo.

—¿Supieron lo de Emily? —dijo un chico de cejas gruesas y sonrisa torcida—. Juro que la escuché diciendo que Reed desapareció frente a sus ojos. ¡Puff! Como en un truco barato de magia.

Las risas estallaron. Algo dentro de mí se crispó.

—Tal vez… deberían ser más cuidadosos con lo que dicen —murmuré, aunque mi voz salió más firme de lo esperado.

El chico me observó, ladeando la cabeza.

—¿Y tú qué sabes, Abby? Emily vive en su propio mundo.

Sentí mis manos cerrarse sobre la tela de mi abrigo.

—No inventaría algo así.

Silencio tenso. Kara intervino, incómoda.

—Vamos, chicos. Nadie quiere hablar de cosas feas.

Pero las palabras ya habían quedado en el aire, como humo venenoso. Me esforcé por relajar los hombros, pero fue allí cuando lo vi. Una sombra se movió entre las rocas. Alta. Inmóvil. Observándome.

Lo supe de inmediato.

István.

El fuego reflejó un destello en sus ojos heterocrómicos cuando emergió de la oscuridad, como si hubiera estado esperando el momento exacto para revelarse. Nadie más pareció notar su llegada. Era como si su presencia existiera en otro plano, uno donde solo él y yo habitábamos.

Se acercó al círculo con un andar silencioso, felino.

—Quizás no deberías hablar de lo que no comprendes —dijo, respondiendo al comentario del chico burlón.

El tono bastó para que todos callaran. Kara, intentando no mostrar nerviosismo, le extendió una bebida.

—Hey, nuevo… estamos contando historias de terror. ¿Tienes alguna?

Él negó con suavidad antes de sentarse. Pero eligió hacerlo justo frente a mí. Sus ojos me encontraron de inmediato.

El mundo pareció inclinarse ligeramente.

Intenté mirar la fogata, pero mi atención volvía a él una y otra vez, como si hubiera un hilo invisible sujetándome del pecho.

Las historias comenzaron. Voces que describían sombras en la niebla, criaturas en el bosque, el mar tomando lo que quiere. La arena crujía bajo el peso del miedo colectivo. Yo escuchaba, pero todo se sentía lejano.

—¿Por qué estás aquí? —pregunté finalmente, incapaz de resistir la incógnita.

Él sostuvo mi mirada.

—Porque tú estás aquí.

Mi respiración se detuvo por un segundo.

—No deberías acercarte tanto —añadió.

—¿Por qué? —mis dedos se hundieron en la arena.

Su expresión se ensombreció.

—Porque algunas verdades queman más que el fuego.

No podía seguir allí, atrapada bajo el peso de su mirada. Me levanté y caminé hacia la orilla, donde el mar golpeaba con un ritmo irregular, inquietante. El viento llevaba agua salada que se adhería a mi piel.

Me incliné para tocar el agua. Helada. Vibrante. Sentí un pulso. No mío. Del mar.

—Abigail —su voz a mis espaldas fue un roce, una advertencia, un llamado.

Él se acercó. Pude sentirlo antes de verlo.

—No deberías estar sola —susurró.

—No lo estoy —respondí, aunque temblaba.

Su mano rozó mi muñeca. Un contacto mínimo. Pero el mundo pareció detenerse un instante.

—Te advertí —dijo, su voz cargada de algo que no entendí.

—Entonces dime la verdad —exigí, girándome hacia él—. ¿Qué eres?

Sus ojos brillaron con una profundidad imposible.

—Algo que no deberías conocer.

Su mano llegó a mi cintura. Firme. Precisa. Como si temiera que la marea me arrancara de la tierra.

—Eres un peligro para ti misma —murmuró.

—¿Y tú? —respiré—. ¿Qué eres para mí?

Él sostuvo mi mirada, y por un segundo creí que todo a mi alrededor desaparecería.

—Una advertencia —repitió.

El mundo contuvo el aliento.

István inclinó su rostro hacia el mío, pero antes de que pudiera rozar mi piel, alargó el instante con palabras que parecían emerger de un abismo más profundo que el propio mar.

—No entiendes lo que haces cuando me miras así —susurró, la voz tensa, casi dolida.

Tragué saliva.

—¿Y cómo te miro?

—Como si buscaras algo en mí que no existe —respondió él—. Como si no temieras lo que podría hacerte.

Mi pecho ardió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.