Arena Negra

Capítulo 15

ABIGAIL:

István corrió hacia mí y en un rápido movimiento me tomó de la mano, obligándome a seguirlo en una carrera frenética.

—Tenemos que salir de aquí.

La tormenta rugía sobre nuestras cabezas mientras nos abríamos paso por el sendero serpenteante que conducía a la iglesia abandonada. Cada paso sobre la tierra húmeda se sentía inestable, como si el suelo quisiera hundirse bajo nuestros pies. Las gotas de lluvia se estrellaban contra mi rostro con violencia, y el viento, cargado de sal y furia, parecía querer arrancarme del mundo.

Pero István no me soltó. Su agarre era firme, protector… desesperado.

Cuando finalmente alcanzamos la iglesia, esta se alzó ante nosotros como una bestia dormida entre la bruma. Los muros ennegrecidos parecían exhalar el aliento de siglos olvidados, y las ventanas rotas observaban como cuencas vacías. Empujé las puertas, que cedieron con un chirrido desgarrador.

Dentro, la oscuridad era más profunda que afuera. El aire estaba impregnado de humedad, polvo y un rastro tenue de incienso antiguo. Las bancas rotas, cubiertas de telarañas, parecían fosas abiertas a medio cerrar.

István cerró la puerta tras nosotros. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Me observó como si necesitara asegurarse de que realmente estaba allí, viva.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz ronca.

—No lo sé —respondí, aun intentando recuperar el aliento—. Este lugar… siempre me dio miedo.

Él avanzó hacia mí, sus pasos resonando con un eco inquietante.

—¿Abandonado desde hace cuánto? —preguntó en voz baja.

—Desde antes de que yo naciera. —Tragué saliva—. Se dice que ocurrió algo aquí. Algo oscuro… algo que hizo que todos perdieran la fe.

István pasó los dedos por el borde astillado de una banca, como si pudiera leer la historia escondida en cada grieta.

—Blackwater Hollow está construido sobre silencios —murmuró—. Y los silencios siempre esconden algo.

—En la playa… hubo un momento antes de que llegaras —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. No vi nada, pero sentí algo. Como si el aire cambiara, como si algo estuviera observándome. ¿Eso fue lo que tú percibiste?

Sus ojos se alzaron hacia mí. No había evasiva esta vez, pero sí una tensión que parecía quebrarle la respiración.

—Abigail, no deberías haber estado allí.

Me crispé.

—No vuelvas a decirme eso —repliqué, dando un paso adelante—. Estoy cansada de tus advertencias crípticas. ¿Qué está pasando? Quiero claridad, István.

Esta vez no retrocedió. Tampoco se cerró. Avanzó hacia mí con una calma inquietante.

—Hay cosas que no puedo decirte —dijo—. No aún.

—Entonces dime algo que sí puedas decirme —exigí—. Tus miradas, tus silencios… tu forma de hablar. Me estás ocultando cosas. ¿Por qué tú y tu familia parecen… distintos?

Él inhaló hondo. Sus ojos diferentes me sostuvieron con una intensidad abrasadora.

—No estamos aquí por accidente —admitió—. Vinimos porque algo está despertando en este pueblo. Algo que necesita ser vigilado.

La piel se me erizó.

—¿Vigilar? ¿A quién?

Él dio otro paso, hasta que casi podía sentir su aliento.

—A ti —susurró—. Estás en peligro.

Mi corazón se detuvo por un instante.

—¿Por qué yo? —pregunté, mi voz temblando.

—Porque estás… en el centro de todo —dijo, rozando mi mejilla con el dorso de sus dedos.

El contacto fue como un latigazo eléctrico. Mi respiración se volvió errática. Él me observaba como si luchara contra algo dentro de sí mismo.

—No deberías confiar en mí —susurró—. Podrías salir herida.

Tragué saliva, sintiendo un calor extraño en el pecho.

—Estoy un poco aburrida de que digas eso.

Sus ojos brillaron.

—Es porque necesitas entenderlo.

Mi pulso golpeaba en mis oídos.

—Estás jugando conmigo —le dije, mi voz entre frustrada y temblorosa—. Con tus advertencias, tus silencios, tus frases como acertijos. Necesito claridad, István. No soy una niña.

Él ladeó la cabeza y su expresión se volvió más oscura, más… humana.

—Está bien —dijo lentamente—. Te daré claridad.

Se acercó aún más, su pecho casi rozando el mío.

—Vine por una razón. No es casualidad que te encuentre donde no deberías estar. No es casualidad que sienta… esto. —Su voz descendió a un susurro—. No soy lo que crees, Abigail. Y lo que te rodea ahora… es apenas el comienzo.

Sentí mis rodillas aflojarse.

—Entonces volveré a preguntas… ¿Qué eres? —insistí.

—Alguien que podría salvarte o destruirte —respondió—. Y aún no sé cuál de las dos cosas terminaré haciendo.

Mi respiración se detuvo. Las palabras se incrustaron en mí como espinas.

—¿Y esperas que me quede tranquila con eso?

—Espero que tengas cuidado —susurró, acercando su frente a la mía sin llegar a tocarme—. Porque si algo te pasa… no sé qué sería capaz de hacer.

Un sonido sordo resonó desde lo profundo de la iglesia. Ambos nos giramos. Las sombras detrás del altar se estremecieron, se movieron.

István se tensó por completo, su postura cambiando en un suspiro. Su mano se extendió frente a mí, protegiéndome sin siquiera mirarme.

—¿Qué es eso? —pregunté, retrocediendo un paso.

Él no respondió. Otra vibración recorrió las piedras. Un crujido húmedo. Un arrastre.

—Abigail —dijo István, sin apartar la mirada de la oscuridad—. Pase lo que pase… no te alejes de mí.

Mi corazón latía con fuerza insoportable.

Las sombras volvieron a moverse.

Algo estaba emergiendo.




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