Arena Negra

Capítulo 16

ISTVÁN:

Las sombras de la iglesia se adensan, como si el edificio respirara un aire antiguo que se exhala desde cada grieta. La humedad cubre las paredes de piedra, impregnándolo todo con un olor a tiempo detenido; el silencio, denso y vigilante, vibra con un eco lejano de la tormenta que dejamos atrás. Siento a Abigail a mi lado: apenas tiembla, no por frío, sino porque su mente aún intenta comprender lo que ocurrió en la playa. Ella solo vio las olas levantarse y devorar la fogata, pero yo percibí algo más profundo agitándose bajo la superficie. Aun así, confía en mí, y eso pesa más que cualquier amenaza.

—No te alejes —susurro sin apartar la vista del rincón donde algo se movió.

—No pienso hacerlo —responde, aunque su voz deja ver que lucha por mantener la calma.

El ruido vuelve, un arrastre húmedo, un roce áspero contra la piedra, esta vez más claro. No proviene del altar. Viene de detrás.

Giro el cuerpo de inmediato y coloco un brazo frente a Abigail, listo para enfrentar lo que sea que salga de las sombras. Pero no aparece una criatura.

Aparece Adrián.

Empapado por la lluvia, con la chaqueta de cuero pegada al torso y el cabello goteando sobre la frente, avanza por el pasillo con pasos firmes, marcando territorio. Sus ojos brillan con una intensidad feroz, una chispa que no pertenece a ningún hermano protector, sino a alguien que ya decidió quién es el enemigo.

Su mirada viaja de mí a Abigail y vuelve a mí. Ahí se queda, afilándose.

—Vaya escena —dice con una voz cargada de filo—. Mi hermana y el desconocido, escondidos en una iglesia abandonada. Muy apropiado.

Abigail tropieza hacia atrás y choca con mi brazo. Su respiración se acelera.

Adrián sonríe, pero su sonrisa es una mueca fría.

—¿Eso haces ahora, Abby? ¿Esconderte detrás de cualquiera?

—Adrián, para —murmura ella—. Solo hablamos, no pasa nada.

Él ladea la cabeza.

—¿Hablar? Ah, claro. Porque todos vienen a este lugar a hablar. ¿De qué exactamente? ¿De ti, Abigail? ¿De tus nuevas… decisiones?

Doy un paso adelante y me planto entre ellos.

—No está en peligro conmigo.

Adrián deja escapar una carcajada seca que rebota en las paredes.

—¿Y por qué diablos tendría que creerte? Apareces justo cuando este pueblo empieza a desmoronarse. Curiosa coincidencia, ¿no?

Su tono y sus ojos destilan un odio que no nace de mí, pero que busca apuntarme como objetivo.

—No soy una amenaza —respondo manteniendo la calma.

—Para mí lo eres —dice sin pestañear—. Y para ella más aún. Abigail no sabe distinguir entre peligro y distracción.

La palabra "distracción" cae como un golpe.

Abigail aprieta los puños.

—No soy tu propiedad.

Veo cómo algo se rompe dentro de él.

—Nunca dije que lo fueras —replica con voz baja y peligrosa—, pero sí soy quien te protege. Y sé lo que te conviene.

—¿Y crees que eso significa decidir por ella? —interrumpo.

Esta vez sí gira hacia mí. No con el cuerpo. Con algo más primitivo.

—Lo mejor sería que desaparecieras.

Da un paso más, y la tensión entre nosotros se vuelve un hilo listo para quebrarse. Abigail extiende una mano, temblorosa, como si pudiera detener el mundo.

—Adrián, por favor…

Él no la escucha.

—¿Qué vas a hacer? —pregunto—. ¿Golpearme para callarme? Inténtalo.

Sus ojos arden. Y entonces lo hace. Su puño impacta mi rostro con un golpe seco que retumba por toda la iglesia. El ardor explota desde la mejilla hasta el oído, pero mis pies permanecen firmes.

Abigail grita.

—¡Adrián, ya basta!

Levanto una mano hacia ella sin dejar de mirar a su hermano.

—¿Eso es todo lo que tienes? —pregunto con un tono que aún más lo enfurece.

Adrián respira entrecortado. Sus manos tiemblan, no por miedo, sino por esa necesidad destructiva que vibra bajo su piel.

—Te dije que te mantuvieras lejos —escupe.

—Y yo te dije que no decides por ella.

El silencio cae como una losa. Abigail respira rápido y tiene lágrimas contenidas en los ojos; quiere intervenir, quiere huir, pero no puede hacer ninguna de las dos cosas.

Adrián extiende la mano hacia ella, intentando sonar suave, aunque la furia sigue asomando entre sus dedos.

—Abigail. Vámonos.

Ella me mira. Luego lo mira a él. Sus ojos piden respuestas que todavía no puedo darle.

—Abigail —repite él, más bajo, más oscuro—. No lo diré otra vez.

Ella da un paso hacia su hermano. No por obediencia, sino porque está agotada. Porque tiene miedo. Porque no sabe qué es peor: quedarse o irse.

El gesto me atraviesa como una lanza.

Adrián la toma del brazo con demasiada fuerza, lo suficiente para arrancarle un pequeño jadeo.

Doy un paso instintivo, pero él me lanza una mirada que dice: "Atrévete y te destruyo".

—No te acerques a ella otra vez —advierte con una voz afilada como un cuchillo—. Si lo haces, no habrá advertencias. Solo consecuencias.

La puerta se cierra de golpe tras ellos, el eco resuena como un trueno encerrado en piedra. Me llevo una mano a la mandíbula y siento el calor del golpe. Pero no es el dolor lo que me preocupa.

Abigail se va con él.
El mar despierta.
Y lo que viene hacia nosotros esta noche… volverá.

Esto apenas empieza.




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