ABIGAIL:
El camino de regreso a casa es un corredor silencioso donde solo se escucha el chapoteo húmedo de nuestros pasos sobre la tierra empapada. Adrián camina delante, rígido como una sombra tensada al borde del desgarro. Incluso la neblina parece apartarse de él, como si presintiera su humor.
Yo sigo detrás, con el corazón enredado en imágenes que intento ordenar: el golpe, el crujido, la mirada de István. Todo parece sacudido, como si el aire del pueblo hubiera cambiado de densidad.
Adrián empuja la puerta con fuerza apenas llegamos, el golpe resonando por toda la casa. La luz cálida del vestíbulo no le suaviza la expresión; si acaso, la vuelve más dura.
Se gira hacia mí de inmediato, como si hubiese retenido el aire solo para soltarlo en forma de reproche.
—¿Qué demonios creías que estabas haciendo, Abigail? —su voz es baja, pero afilada, llena de una furia que no necesita alzar el volumen para intimidar—. ¿Sabes en qué clase de peligro te metes al acercarte a él?
La indignación me sube como un chispazo.
—¡No hice nada malo! —le respondo, incapaz de controlar mi propio temblor—. Él no me lastimó. No tienes derecho a hablar como si supieras algo que yo no.
Sus ojos brillan de rabia contenida.
—Sé más de lo que imaginas —escupe—. Y si escuchases, si no te empeñaras en desafiarme como una niña caprichosa, entenderías que estoy evitando que te dañen.
Me atraviesa un escalofrío. No por sus palabras, sino por su tono… esa mezcla de autoridad, necesidad y algo más, algo oscuro que nunca sé cómo nombrar.
—Entonces explícame —le exijo—. ¡Dime qué sabes! ¿Qué significa “él no es quien crees”? ¡Dime qué sabes de István! ¡Dímelo de una vez!
Un músculo le tiembla en la mandíbula. Por un segundo, creo que va a responder. Pero su mirada se endurece.
—No es asunto tuyo —dice, cortante—. Solo confía en mí.
Una risa amarga se me escapa.
—¿Cómo quieres que confíe si nunca dices nada? —le replico—. ¡Todos ustedes hablan en susurros, se miran como si yo fuera un problema que resolver… pero nadie me explica nada!
—No entiendes lo que está en juego.
—¡Entonces hazme entender!
Adrián avanza un paso, demasiado cerca, demasiado invasivo. Su sombra cubre la mía en la tenue luz.
—Te estoy protegiendo —murmura, pero su voz suena más a una reclamación que a una preocupación—. Siempre lo he hecho. Pero parece que lo has olvidado.
Ese “siempre” se clava como un anzuelo en mi piel.
—Proteger no es lo mismo que encerrar —susurro.
Sus ojos se oscurecen de un modo que me hace retroceder sin querer.
—Sube, Abigail —murmura con una calma tan forzada que duele—. Antes de que sigas diciendo cosas que no entiendes y termines empeorándolo todo.
No me muevo de inmediato; su tono me arde lo suficiente como para mantener la poca dignidad que aún me aferro a sostener.
—No hasta que me digas qué sabes de István.
Él aprieta los dientes. Luego… la voz se le vuelve fría.
—Lo suficiente para no querer verlo cerca de ti.
Nada más. Ni un dato, ni una pista. Otra pared.
Subo las escaleras sintiendo su mirada clavada en mi espalda como un peso húmedo.
En mi habitación, cierro la puerta con un suspiro roto. El anillo que encontré descansa sobre la mesa, su brillo apagado como el ojo de una criatura que finge dormir. Lo tomo entre mis dedos y lo siento… frío, demasiado vivo.
Me tumbo en la cama, pero mi mente no descansa. El recuerdo de Emily me golpea con fuerza: sus ojos asustados, su voz quebrada mientras decía: “Nada aquí es casualidad”. ¿Y si tenía razón? ¿Y si todo está conectado: las desapariciones, el mar, el anillo, ¿István… yo?
Cuando el sueño finalmente me alcanza, no trae descanso.
Camino por una playa infinita bajo un cielo que parece desgarrarse en luces y sombras. La arena fría se mezcla con el aire pesado, cargado de olor a sal y a hierro. Cada paso que doy hace crujir el suelo como si susurrara nombres olvidados. El mar delante de mí no es agua: es un espejo roto que refleja versiones distorsionadas de mí misma.
De la niebla emerge una figura.
István.
Su presencia es casi irreal. Sus ojos, uno azul profundo, el otro gris tempestuoso, brillan como si guardaran secretos de otro mundo. No escucho sus palabras, pero su boca se mueve, formando sonidos que siento más que oigo. Algo me empuja hacia él, una atracción que no obedece a la lógica. Cuando estoy a su lado, su mano se eleva, rozando mi rostro con una ternura que me rompe por dentro.
El cielo cruje.
Una grieta luminosa se abre sobre nosotros. Y de ella surge una sombra deforme, un ser sin contornos definidos, con ojos que brillan como brasas húmedas. Se mueve como una ola viva que arrasa todo a su paso.
Intento correr, pero mis pies están clavados. István intenta apartarme, pero una fuerza invisible me mantiene en su lugar.
La criatura se lanza sobre nosotros.
Despierto con un grito ahogado.
Estoy empapada en sudor frío. La tormenta sigue rugiendo afuera, pero no sé si el temblor en mis manos viene de ella o de lo que vi en ese sueño. Me abrazo las piernas, intentando recuperar el aire.
Bajo al amanecer. La casa huele a café y tensión. Adrián está sentado, recto, inmóvil, como si llevara horas esperándome.
—¿Te divierte desaparecer en medio de la noche, Abigail? —dice sin apartar la mirada de su taza—. ¿Te das cuenta de cómo nos haces ver?
—No tienes derecho a pedirme explicaciones —le respondo, cansada, harta—. No soy una niña. Voy a cumplir veinte.
Levanta los ojos hacia mí y su expresión es una mezcla de ira y… algo parecido al dolor.
—Eres parte de esta familia. Y hay cosas que debes respetar.
En ese momento entran mis padres.
Eleonora parece tallada en mármol, impecable y distante. Gregor, imponente, ocupa el espacio como una sombra sin fisuras.
—Abigail —dice mi madre con su voz suave y envenenada—, esto no es una cuestión de edad. Es cuestión de responsabilidad.
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Editado: 15.08.2026