ISTVÁN:
La noche cae por completo cuando cruzo el umbral de la casa. La tormenta ha dejado un olor metálico en el aire, mezclado con el aroma húmedo de los bosques que rodean la colina. Aún siento la tensión de los últimos minutos adherida a mi piel, un residuo eléctrico que no logro sacudirme. Mis pasos resuenan en el piso de madera, lentos, calculados, pero cada uno lleva el peso invisible de algo que no logro definir. El sabor de la sangre sigue en mi boca; el labio partido late con cada inhalación.
El rostro de Abigail todavía arde en mi mente, como si la hubiera dejado apenas un instante atrás. Y la voz de Adrián… su amenaza sigue vibrando en mis oídos, golpeando, insistente.
Antes de que pueda ordenar mis ideas, la voz de mi madre corta el aire con precisión quirúrgica.
—István, ¿qué demonios ha pasado? —pregunta Ilona con frialdad, dejando a un lado el cuenco con hierbas humeantes.
La sala está cargada con la presencia de mi familia. Zsófia se apoya contra la pared, brazos cruzados, ojos brillantes de juicio. Viktor, nuestro padre, se mantiene erguido junto a la ventana, con el ceño marcado por una severidad ancestral.
—Un encontronazo —respondo. Paso la lengua por la herida, saboreando hierro—. Nada importante.
Zsófia deja escapar una carcajada seca.
—Llegas aquí con la mirada perdida y el labio partido, y ¿esperas que creamos eso?
No alzo la voz.
—Fue un enfrentamiento con un hombre que no entiende el significado de respeto.
Una chispa de tensión recorre la habitación.
Viktor finalmente se gira hacia mí. Su mirada es una losa.
—¿Te estás dejando distraer por una chica? ¿Una simple humana, István?
La frase se clava en mí más que el golpe de Adrián.
—No es una simple humana —respondo sin pensar. El silencio que sigue es una trampa que yo mismo cavé.
Ilona suspira, agotada.
—Sabes lo peligroso que es involucrarte —dice, moviéndose hacia la mesa con la suavidad de un ritual antiguo—. Llevamos siglos siguiendo un propósito. No puedes permitirte desviarte.
Zsófia se adelanta lentamente, como un depredador curioso.
—¿Qué estás viendo en ella, hermano? ¿Qué hace que pierdas el foco tan rápido?
No cedo terreno.
—Ese hombre… Adrián. Él es un problema.
Viktor entrecierra los ojos.
—Sabemos quién es Adrián —dice con una calma calculada—. Y sabemos más de Abigail de lo que tú podrías imaginar.
La sangre me corre fría.
—¿Qué saben? ¿Por qué no me han dicho nada?
Ilona se acerca. Su mano, firme y templada, aprieta mi hombro.
—Porque no estás listo. Porque un error tuyo nos arrastraría a todos.
—Si esto la afecta —replico—, si ella es parte de lo que estamos haciendo aquí, debería saberlo.
Zsófia ríe de nuevo, incrédula.
—Ni siquiera puedes controlar lo que sientes. ¿Quieres que te digamos más?
Viktor levanta la mano, callándonos a ambos.
—Deja de buscar respuestas donde no las encontrarás. Si realmente quieres protegerla, deberás aprender control. O será demasiado tarde.
Su voz es un presagio. Sin responder, salgo de la sala. Cada mirada que dejo atrás me pesa en la espalda.
Esa noche caigo en un sueño denso, visceral.
Camino por una playa que se expande hacia un horizonte imposible. La arena es oscura, como ceniza húmeda, y se hunde bajo mis pies descalzos. El aire huele a hierro, a tormenta, a algo antiguo que ha despertado. La neblina se abre. Ella emerge.
Abigail.
Pero no la Abigail que conozco. Esta versión de ella es casi luminosa, como si la sombra misma la protegiera. Sus pasos no dejan huellas. Sus ojos, tan profundos, parecen contener un océano sin nombre.
Intento llamarla. Nada sale de mi garganta. Ella me oye igual. Se acerca. Cuando alzo la mano y rozo su mejilla, la calidez de su piel es real… demasiado real para un sueño.
Entonces el cielo se abre. Un desgarrón. Una grieta viva y de ella surge algo que no tiene forma, una criatura hecha de sombra líquida y ojos encendidos, moviéndose con un hambre indescriptible.
El sueño se vuelve denso. El aire espeso. Mi pecho se comprime. Trato de apartarla. No se mueve. Está anclada. Atada a algo que no veo.
"Corre", intento gritar. Nada.
La criatura avanza, descomponiendo el mundo con cada paso. Me interpongo, aunque no sé qué soy capaz de hacer. Cuando finalmente se abalanza, justo cuando la oscuridad nos traga, el sueño se disuelve.
Despierto empapado en sudor. El corazón golpea contra mis costillas. Y la sombra de la criatura sigue allí, en la habitación, en mi mente, en el eco de su nombre.
Abigail.
Hay algo moviéndose alrededor de ella y algo moviéndose dentro de mí. Ninguno de los dos puede ignorarlo por mucho más.
Me quedo sentado en el borde de la cama, respirando hondo mientras intento sacudirme el residuo de ese sueño. El sudor me pega la camisa a la piel y el aire de la habitación parece demasiado denso para mis pulmones. Apoyo los codos en las rodillas y paso las manos por mi rostro, tratando de contener ese temblor involuntario que me recorre.
El sueño no es solo una visión. Lo siento en mis huesos, en la vibración interna que me queda cada vez que algo ancestral intenta abrirse paso hacia la superficie.
Me levanto y camino hacia la ventana. La casa cruje bajo el peso de la tormenta que se disipa, y el olor a lluvia todavía cuelga en el aire. Allá afuera, el bosque se extiende como un mar de sombras ondulantes. Algo se mueve entre los árboles, o quizá soy yo proyectando el miedo que no admito sentir.
Mi mandíbula palpita con cada latido. Puedo sentir el lugar exacto donde Adrián me golpeó. Toco el labio, y aunque la herida es pequeña, la rabia vuelve a encenderse en mí como una chispa.
No por el golpe; por lo que despertó. Por lo que sentí cuando él tomó a Abigail del brazo.
Cierro los ojos. La imagen se repite con precisión obsesiva: ella, atrapada entre nosotros; su respiración entrecortada; el brillo de miedo y confusión en sus ojos cuando Adrián la arrastró consigo. La forma en que su cuerpo tembló no por mí… sino por él. Él, con esa sombra enfermiza de posesión. Algo en mi interior reacciona a eso. Y no debería.
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Editado: 15.08.2026