ABIGAIL:
El sol había comenzado su lento descenso hacia el horizonte, pero las nubes grises de la tormenta aún lo ocultaban, dejando el cielo envuelto en una penumbra inquietante. El viento arrastraba consigo el olor a sal y humedad, un recordatorio constante del mar que envolvía a Blackwater Hollow. Mis pies me llevaron sin rumbo fijo por las callejuelas del pueblo, intentando procesar el caos que había sido la última noche y el día de hoy. Entre la playa, la iglesia, Adrián e István, mi mente era un torbellino.
Había algo sofocante en las palabras de Adrián esa mañana, en su forma de golpear la mesa y de mirarme como si fuera su posesión. ¡Y mis padres! Siempre tan fríos, tan calculadores, pero esa frialdad escondía algo más, algo que no podía entender del todo. El peso de sus palabras todavía colgaba en mi pecho, asfixiándome. Quise escapar, aunque fuera por un rato, aunque no supiera a dónde.
Sin darme cuenta, mis pasos me llevaron hacia un rincón remoto de la playa, uno que casi nadie visitaba. Un muelle viejo y desvencijado se extendía sobre el agua oscura, tambaleándose con cada embate de las olas. Subí a él, dejando que el eco de mis pasos sobre la madera carcomida llenara el silencio. Me senté al borde, dejando que mis pies descalzos se sumergieran en el agua helada. La sensación me hizo estremecer, pero también me trajo un poco de alivio. Necesitaba claridad, pero todo lo que encontraba era confusión.
Los eventos de la noche anterior se mezclaban en mi mente: las historias junto a la fogata, la sensación entre las sombras, la iglesia, la pelea entre István y Adrián. Y luego estaban los sueños. Ese sueño que había tenido, tan vívido, tan aterrador. La conexión con István era innegable, pero me aterraba pensar en lo que significaba.
Un crujido en la madera detuvo mis pensamientos. Giré rápidamente la cabeza y ahí estaba él.
István.
Su figura alta y delgada se recortaba contra el cielo gris, y aunque su expresión era seria, sus ojos, que parecían contener mundos enteros, brillaban con una intensidad que me dejó sin aliento.
—¿Huyendo otra vez? —preguntó con una leve sonrisa, acercándose lentamente.
No respondí de inmediato. En su lugar, lo observé mientras se sentaba a mi lado en el muelle. Su cercanía era casi abrumadora; el calor de su cuerpo contrastaba con el frío del aire. Me sentía expuesta, como si pudiera ver a través de mí.
—No exactamente —contesté finalmente, mi voz apenas un susurro.
István inclinó ligeramente la cabeza, como si esperara que dijera más. Su proximidad me hacía sentir una mezcla de nerviosismo y seguridad que no podía explicar.
—Anoche… —comencé, sin saber cómo poner en palabras lo que me atormentaba—. Tuve un sueño.
—¿Un sueño? —repitió, su tono intrigado.
Asentí, reuniendo el valor para continuar. Le relaté cada detalle: la playa infinita, las sombras, la criatura hecha de ojos y oscuridad, y cómo él había estado allí, intentando protegerme.
Mientras hablaba, vi cómo su expresión cambiaba. Sus ojos se estrecharon ligeramente, y su mandíbula se tensó. Algo en mi relato lo había impactado profundamente.
—Yo… también lo vi —admitió finalmente, su voz cargada de gravedad.
Lo miré, incrédula.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, el corazón latiendo con fuerza.
—Tu sueño, Abigail. No era solo tuyo. Yo también estaba allí.
Su respuesta me dejó sin palabras. ¿Cómo era posible? Intenté procesarlo, pero mi mente no encontraba una explicación lógica. Solo sabía que no estaba mintiendo; lo veía en sus ojos.
—Esto… esto no tiene sentido —murmuré, apartando la mirada hacia el agua.
István se inclinó hacia mí, su mano rozando mi muñeca con una suavidad inesperada. Su tacto envió un escalofrío por mi columna, y cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí como si el mundo a nuestro alrededor desapareciera.
—Quizás nada en este maldito pueblo tiene sentido —dijo en voz baja, sus palabras cargadas de significado.
El aire alrededor de nosotros parecía cargarse con una electricidad silenciosa, como si el mundo hubiera decidido contener el aliento junto conmigo. István se inclinó hacia adelante, su mirada clavada en la mía, y en un instante, todas las voces internas que me advertían que esto estaba mal se desvanecieron. Su cercanía era embriagadora, un imán que tiraba de cada fibra de mi ser.
Su mano subió lentamente, trazando un camino desde mi muñeca hasta mi hombro, dejando un rastro de calor que ardía en mi piel. Cuando finalmente se detuvo en mi rostro, sus dedos acariciaron mi mejilla con una suavidad inesperada, contrastando con la intensidad de su mirada. El contacto era delicado, pero la energía que lo acompañaba era devastadora, como si un torrente de emociones contenidas buscara escapar en ese gesto.
Su otra mano se deslizó con firmeza hacia mi cintura, atrayéndome tanto hacia él, que no quedó espacio entre nuestros cuerpos. Sentí el calor de su pecho contra el mío, la fuerza contenida en sus brazos que me rodeaban con una mezcla de posesión y ternura. Mi respiración se aceleró, entrecortada, mientras el mundo alrededor de nosotros se desvanecía.
Cuando sus labios finalmente encontraron los míos, fue como si el tiempo mismo se fracturara. El primer roce fue lento, casi reverente, pero rápidamente se transformó en algo más voraz, más demandante. Sus labios eran cálidos, suaves pero decididos, explorando los míos con una urgencia que encendió algo dentro de mí que nunca antes había sentido.
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Editado: 15.08.2026