ABIGAIL:
Las calles de Blackwater Hollow estaban muertas, sofocadas por un silencio que nunca presagiaba nada bueno. Pero dentro de mí, todo era caos.
Corría con el corazón martilleando en mis costillas, con el aire frío de la noche arañándome las mejillas mientras intentaba darle sentido a lo imposible. István. Su cercanía abrasadora, sus palabras veladas en advertencias, la tensión entre nosotros como un hilo a punto de romperse… Y ese maldito collar.
El mismo símbolo; el mismo que tenía el anillo que encontré.
Subí las escaleras de casa con el aliento roto, cerrando la puerta tras de mí como si con ello pudiera encerrar el miedo y la confusión. Apoyé la espalda contra la madera, tratando de calmar la tormenta en mi mente, pero fue inútil. El sueño volvió a mí con la fuerza de una premonición.
Una playa infinita. Sombras monstruosas alzándose desde el agua. Ojos dispares mirándome como si pudieran ver dentro de mi alma.
István… mi pulso se desbocó. Sacudí la cabeza y me dirigí a la estantería, donde había dejado el viejo libro de mitología que encontré días atrás en la biblioteca. La encuadernación de cuero estaba gastada, las páginas amarillentas olían a humedad y abandono. Un saber olvidado.
Con manos temblorosas, lo abrí y pasé las hojas hasta que mi mirada tropezó con una ilustración: un escudo grabado con un emblema idéntico al del collar de István. Al del anillo.
Mi garganta se cerró. El texto era críptico, escrito en un idioma arcaico, pero alguien había garabateado una traducción en los márgenes:
"Guardianes del equilibrio. Cazadores de sombras. Su juramento: proteger la luz del avance de la oscuridad. Pero en las sombras también yace el precio que deben pagar."
Leí las palabras una y otra vez.
Guardianes. Cazadores.
Era demasiada coincidencia. No podía ser una coincidencia. Apreté los dientes y cerré el libro de golpe. Emily. Pensé en su obsesión por las desapariciones, en las pistas que había seguido con más determinación que nadie. Si alguien podía ayudarme a entender, era ella. Deslicé el libro en mi bolso y salí de casa en silencio.
La niebla había engullido las calles. Los faroles apenas podían atravesarla, su luz distorsionada en formas irreales. La humedad me calaba hasta los huesos, pero no me detuve. No podía detenerme.
Cuando llegué a la casa de Emily, toqué la puerta suavemente. Al principio. Luego, más fuerte. El pestillo se corrió y la puerta se abrió con un chirrido.
Emily se quedó en el umbral, despeinada, con los ojos hundidos en sombras. Me miró como si supiera que traía preguntas. Como si temiera las respuestas.
—No esperaba verte tan pronto —murmuró, cerrando la puerta tras de mí.
La sala estaba sumida en penumbra, iluminada solo por una lámpara tenue. Sobre la mesa, un desorden de papeles, documentos viejos y fotografías desvaídas formaban un mapa de conspiraciones. Emily me tendió una taza de té, pero su mano tembló al hacerlo.
—Emily, necesito saber lo que encontraste sobre las desapariciones —dije, sacando el libro de mi bolso y abriendo la página con el símbolo—. Esto… ¿lo has visto antes?
Sus ojos se abrieron como si la hubiera golpeado.
Y luego, el miedo.
—Sí —susurró.
Se inclinó sobre la mesa, pasando las páginas de una libreta con movimientos frenéticos hasta dar con algo. Un recorte de periódico. Una fotocopia de un mural antiguo. Un informe olvidado en los archivos del pueblo.
—Este símbolo aparece en varios registros antiguos. Lo vi en un mural oculto en la iglesia abandonada, en documentos viejos… Pero no es solo eso, Abigail. Este símbolo está conectado a algo más grande.
Sacó otro puñado de papeles, esta vez más viejos, más oscuros. Mis ojos recorrieron las palabras:
"Ritual antiguo." "Entidad desconocida. Se alimenta de esencia vital."
El frío me recorrió la columna.
—Lo que descubrí —dijo Emily, con la voz trémula— es que cada vez que comienzan las desapariciones… una nueva familia llega al pueblo. Siempre. Diferentes nombres, diferentes caras. Pero siempre llegan antes del primer caso.
Sentí que la habitación se hacía más pequeña.
—¿Crees que los Kováts tienen algo que ver con esto? —pregunté, con la garganta seca.
Emily me sostuvo la mirada.
—No lo sé. Pero sé que no son como nosotros. —Sus palabras fueron un filo cortante. —¿Por qué están aquí ahora? El tiempo lo confirma, Abigail. Ellos no vinieron por casualidad.
Un nudo de hielo se formó en mi estómago. Las advertencias de István. Su mirada, como si quisiera decirme algo que no podía.
—¿Y si están aquí para detenerlo? —murmuré.
Emily dejó caer los papeles sobre la mesa, frustrada.
—¿Detener qué? Esto no es una película, Abigail. Nadie está aquí para salvarnos. Si estuvieran aquí para ayudar… ¿por qué las desapariciones no han parado?
El peso de su lógica se hundió en mi pecho. Pero aun así, algo en mí se resistía a creerlo.
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Editado: 15.08.2026