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Capítulo 1: La Entrevista
El olor a encierro y a humedad de la oficina de recursos humanos contrastaba de manera violenta con el lujo que Leona había vislumbrado al entrar en la finca. Los jardines eran una sinfonía verde y meticulosa, las puertas de roble macizo un desafío. Aquí, en cambio, las paredes de piedra fría parecían absorber la luz del sol de junio que luchaba por colarse por la única ventana.
—Tiene un expediente… peculiar, señorita Vargas —dijo el administrador, un hombre de sesenta años con gafas de media luna llamado Señor Ibáñez, repasando un papel frente a él—. Varios empleos temporales. Trabajos de limpieza en hostales, ayudante de cocina… y su último puesto, en un taller de costura, concluyó por el fallecimiento de la propietaria.
Leona mantuvo la espalda recta. Había usado su mejor vestido, un azul marino que ella misma había arreglado y zurcido en las costuras hasta dejarlo impecable. Sus zapatos, aunque limpios, estaban gastados. Pero no era su ropa lo que la delataba; era la tensión en sus hombros, la mirada vigilante de quien está acostumbrada a que la vida le aseste el siguiente golpe.
—La señora Castells fue una buena empleadora —respondió Leona, con la voz firme—. Cerró el taller por enfermedad, y yo estuve a su cuidado hasta el final. Por eso no pude buscar otra cosa antes.
—Lo entiendo, lo entiendo —Ibáñez asintió, aunque sus ojos grises no reflejaban comprensión, solo un cálculo frío—. Pero aquí, la discreción es la máxima norma. La familia Hidalgo no es… bueno, no es un hostal en el Raval. El señor Maximiliano, en particular, es un hombre que valora la rutina, la eficiencia y, sobre todo, la lealtad.
—Soy eficiente y sé ser discreta. —Leona se permitió un tono más cortante del que debía. La mención a su barrio le había rozado la piel como una navaja—. No me importa trabajar de sol a sol. Lo que me importa es que mi hermana pueda vivir aquí conmigo. Eso era parte del trato.
Ibáñez frunció el ceño y ajustó sus gafas.
—Sí, una situación… irregular. El señor Hidalgo no suele permitir personal interno con familiares a cargo. Pero la falta de servicio en la cocina es apremiante. Se le ha acondicionado una habitación en el ala de servicio para usted y la pequeña. Quiero dejarle claro que esto es una concesión extraordinaria.
Una concesión, pensó Leona con amargura. Como si estuvieran haciendo una obra de caridad al dejar que su hermana de ocho años durmiera bajo un techo que no fuera el del coche familiar en el que habían vivido tres meses tras la muerte de la señora Castells. Tragó su orgullo. No era por ella. Era por Alma.
—Lo entiendo. No seré un problema.
—Muy bien. —Ibáñez se levantó, dando por terminada la conversación—. Le presentaré al personal de la cocina. La señora Lidia, la cocinera, le explicará sus tareas. Debe saber que el señor Maximiliano rara vez baja a comer con el servicio. Su comida se sube a su estudio o a su habitación. No debe dirigirse a él a menos que él le hable primero. Y, por favor, mantenga a su hermana en el ala de servicio y el jardín trasero. Las zonas privadas de la casa están estrictamente prohibidas.
Leona asintió, archivando cada regla en su memoria como si fuera un arma. La siguió por un laberinto de pasillos alfombrados, pasando junto a cuadros de antepasados de mirada severa y jarrones chinos que valdrían más que todos los años de trabajo que le quedaban por delante. El silencio era tan pesado como el lujo. No se oía ni el eco de una televisión, ni una radio, ni una risa. Era un mausoleo.
Llegaron a la cocina, un espacio enorme de acero inoxidable y encimeras de mármol que parecía más un quirófano que un lugar donde se cocinaba. El aroma a hierbas y a carne asada era la única prueba de vida.
—Lidia, esta es Leona Vargas, la nueva ayudante. —La presentación de Ibáñez fue fría, funcional—. Se encargará de la limpieza pesada, el lavado y la ayuda en la preparación.
Lidia, una mujer robusta de brazos fuertes y mirada rápida, la evaluó de arriba abajo.
—¿Sabes pelar patatas sin cortarte los dedos, niña? —preguntó, con un acento andaluz que trajo un destello de calidez a la estancia.
—Sé hacer más que eso —respondió Leona, con una media sonrisa.
—Eso ya lo veremos. —Lidia le devolvió la sonrisa, pero se desvaneció al mirar a Ibáñez—. ¿Y la pequeña?
—Se quedará en la habitación de la señorita Vargas hasta que se organicen los horarios. Le he dejado claro a la señorita Vargas las normas. —Ibáñez hizo una pausa, ajustándose la chaqueta—. El señorito Max está de un humor… complicado. Ha despedido a la doncella de su piso. Otra vez. Así que, Lidia, asegúrate de que el desayuno esté en su mesa a las siete en punto, ni un minuto tarde. Y que esta chica no se cruce en su camino.
Con una última mirada de advertencia a Leona, Ibáñez se fue, dejando tras de sí un silencio tenso.
—No le hagas caso —murmuró Lidia, acercándose a Leona y bajando la voz—. Ibáñez es el perro faldero de la familia. Pero el que muerde de verdad es el hijo. Maximiliano. Desde que murió su hermano pequeño, el menor de los Hidalgo, está… —Lidia se llevó un dedo a la sien y lo giró—. Así. Se ha vuelto un tirano. Nadie le dura. Así que, niña, mi consejo es que hagas tu trabajo, bajes la cabeza y, sobre todo, no lo mires a los ojos. Es como un perro rabioso. Si te huele el miedo, te ataca.
Leona sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la cocina. No le importaba el perro rabioso. Había crecido con perros más peligrosos en las calles. Solo necesitaba que este no mordiera a Alma.
—Entendido —dijo, tomando un delantal de un gancho—. ¿Por dónde empiezo?
El resto de la tarde fue un torbellino de fregaderos llenos de cazuelas de cobre, suelos que relucir y un horno que parecía un portal al infierno. Lidia era exigente pero justa, y entre el ruido del agua y el tintineo de los cubiertos, Leona empezó a sentir que aquel lugar, por frío que fuera, podía ser un refugio temporal. Cuando el reloj marcó las ocho de la noche, Lidia suspiró.