Arena y Hielo

Capítulo 2: Las Reglas de la Casa

Leona no durmió en toda la noche. Cada crujido de la vieja mansión la hacía tensarse, esperando que la puerta se abriera y la sombra de Max Hidalgo la expulsara a ella y a Alma a la noche fría. Pero nadie vino. Al amanecer, el agotamiento era un peso muerto en sus huesos, pero la adrenalina la mantuvo en pie. Se duchó con el agua tibia que salía del grifo oxidado, se puso un uniforme que Lidia le había dejado la noche anterior –una falda negra y una blusa blanca, demasiado grandes– y ató su cabello oscuro en un moño severo.

Antes de salir, escribió una nota para Alma: “Estoy en la cocina. No salgas de la habitación. Te quiero”. La dejó sobre la mesita de noche, junto a un vaso con leche y unas galletas que había escondido en el bolso.

La cocina ya bullía de actividad cuando llegó. Lidia movía una sartén enorme sobre la hornalla, el chisporroteo del tocino mezclándose con el aroma a café recién hecho. Dos chicas más jóvenes, a las que Leona no había visto la noche anterior, pelaban frutas en una mesa de acero.

—Ah, la valiente —dijo Lidia sin volverse, pero con una sonrisa en la voz—. Ya me contó Ibáñez que tuviste un encuentro con el señorito anoche. Me dijo que te presentaste en su santuario, lo insultaste y saliste caminando como si tal cosa. De verdad que tienes agallas, o estás loca de remate.

Leona se ató el delantal a la cintura, apretando los nudos con fuerza.

—No lo insulté. Solo dije lo que vi. Y me perdí. No fue a propósito.

—¿Y él qué dijo? —preguntó una de las chicas, la más joven, con ojos muy abiertos.

—Que si volvía a verla fuera de la cocina, la echaría y la dejaría sin opciones en toda Barcelona —intervino Lidia, imitando la voz grave de Max con una mueca—. Vamos, lo de siempre. Ya ha despedido a cuatro en el último mes por mirarlo mal. Pero a ti… a ti no te ha despedido.

Leona se quedó quieta. Era cierto. No la había despedido.

—Quizá es porque sabía que me necesitaban —respondió, aunque en su interior la inquietud se retorcía. El deseo de poseerlo, de dominarlo, había brillado en los ojos de Max Hidalgo la noche anterior, pero también algo más. Algo que la había observado con una intensidad que iba más allá de la simple furia—. O quizá solo quería que me quedara para hacerme la vida imposible.

—Eso seguro —asintió Lidia, sirviendo el tocino en una fuente de plata—. Tú, Leona, te vas a encargar de subirle el desayuno. A ver si con la novedad se le calman los humos.

—¿Yo? —Leona sintió un vuelco en el estómago—. Pero si dijo que no quería verme…

—Justo por eso. Si te ve, se enfadará y quizá se desquite gritando y ya está. Si le subo yo, me amarga el día con sus exigencias y termino yo con la úlcera. —Lidia le tendió la bandeja con un gesto que no admitía réplica—. Quinto piso, al fondo del pasillo principal. No toques la puerta, solo déjala en la mesa que hay en el descansillo y vete. Él saldrá cuando se haya ido.

Leona tomó la bandeja con manos firmes. Era mejor que la rutina. La acción. Podía con eso. Salió de la cocina decidida a no equivocarse de pasillo esta vez. Subió la escalera principal, una estructura de mármol y hierro forjado que serpenteaba hacia arriba como una serpiente de lujo. Cada paso que daba hacía resonar sus zapatos contra los escalones con un eco acusador. Al llegar al quinto piso, el aire se volvió más denso, más frío. El pasillo era una galería de puertas cerradas, todas idénticas, excepto una al fondo que tenía un picaporte de latón con un mecanismo de llave.

Junto a ella, tal como Lidia había dicho, había una pequeña mesa de caoba con un mantel individual bordado. Leona colocó la bandeja con cuidado, alineando la taza de café, el plato con el tocino, los zumos y la prensa doblada. Estaba a punto de retirarse cuando oyó un ruido al otro lado de la puerta. Un golpe sordo, como un puño contra la pared, seguido de un juramento ahogado.

Se quedó inmóvil, la respiración contenida. Luego, el silencio. Y, de repente, la puerta se abrió de golpe.

Max Hidalgo apareció en el umbral, y el impacto de verlo a la luz del día fue diferente a la noche anterior. Su camisa blanca estaba desabotonada en el cuello y mal metida dentro del pantalón. Su cabello, oscuro y ligeramente ondulado, estaba despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él una y otra vez. Las ojeras bajo sus ojos eran dos manchas violáceas. Pero lo que la paralizó no fue su aspecto desaliñado, sino la expresión en su rostro. No era furia. Era un vacío helado que la atravesó, que la evaluó de pies a cabeza con una lentitud que la hizo sentir desnuda.

—¿No te dije que no quería verte? —preguntó. Su voz era ronca, como si llevara horas sin hablar.

—Lidia me pidió que subiera el desayuno —respondió Leona, dando un paso atrás—. Ya lo he dejado. Me voy.

—Espera.

La orden fue un latigazo. Leona se detuvo, odiándose por obedecer.

—Lidia te pidió que subieras el desayuno. Pero te di yo una orden. ¿Cuál de las dos crees que tiene más peso en esta casa?

—La suya —respondió Leona, con una calma que no sentía—. Porque ella me da de comer a mí y a mi hermana. Usted solo me da órdenes.

Los ojos de Max se entrecerraron. Por un momento, Leona creyó que iba a estallar. En lugar de eso, una sonrisa fría y peligrosa curvó sus labios. No era una sonrisa de alegría, sino la de un depredador que acaba de encontrar una presa interesante.

—¿Y qué más? ¿Tu hermana? —dijo, apoyando un hombro contra el marco de la puerta—. Sí, la pequeña Alma. Ocho años, ¿no? Un poco enfermiza, según el informe de Ibáñez. Asma, ¿verdad? Debe ser difícil mantenerla sana en una ciudad como esta, con el aire contaminado, las viviendas precarias…

El miedo helado se convirtió en una furia blanca que le nubló la vista. Dio un paso adelante, cerrando el espacio entre ellos, y el aroma a sándalo y a whisky de la noche anterior se mezcló con un olor a peligro más primario.

—Si tocas a mi hermana… —susurró, con una voz que no reconoció como propia, tan cargada de veneno que hasta Max levantó una ceja—. Si siquiera te acercas a ella, te juro por Dios que esta mansión de mierda se va a convertir en tu tumba. Tendrás que hacer algo más que amenazar con mi empleo para detenerme.




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