Los primeros siete días bajo el régimen de Max Hidalgo fueron un ejercicio de resistencia.
Cada mañana, Leona subía la bandeja del desayuno al quinto piso. Cada mañana, él encontraba una nueva forma de hacerle la vida imposible. Si el café estaba un grado más frío de lo que le gustaba, la obligaba a bajar a por otro. Si el periódico no estaba doblado exactamente en la sección de economía, se lo devolvía sin una palabra, esperando con los brazos cruzados mientras ella lo reordenaba. Una vez, cuando ella dejó caer una cucharilla al suelo, él se inclinó lentamente, la recogió, y se la tendió sin dejar de mirarla a los ojos, con una sonrisa tan gélida que Leona sintió que le escocía la piel.
Pero ella nunca se disculpaba. Nunca bajaba la mirada. Cumplía sus órdenes con una eficiencia robótica que parecía exasperarlo aún más que si se hubiera quejado.
—¿No tienes nada que decir? —le espetó una mañana, después de que ella rehiciera la cama por tercera vez porque él había declarado que las esquinas no estaban “a escuadra”—. ¿De verdad te conformas con esto?
Leona alisó la última esquina de la sábana con la palma de la mano, enderezó la espalda y lo miró.
—Usted me preguntó si quería quedarme. No me preguntó si quería ser feliz. —Dejó la frase flotando en el aire, un pequeño puñal envuelto en calma—. Si no necesita nada más, bajaré a preparar la comida de mi hermana.
La mandíbula de Max se tensó. Por un instante, el hombre altivo y controlado pareció tambalearse. Hubo un destello de algo en sus ojos, algo que no era ira, antes de que la máscara volviera a caer.
—Vete —dijo, con la voz áspera.
Pero esa noche, Leona encontró una caja de medicamentos para el asma de marca extranjera, de las más caras, apoyada en la puerta de su habitación. Sin remitente. Solo una caja blanca con el nombre de Alma escrito con letra firme y angulosa.
Leona sostuvo la caja entre sus manos, sintiendo el peso de su generosidad anónima como un puñetazo en el estómago. No era una disculpa. No era un gesto amable. Era un mensaje: Yo sé lo que necesitas. Yo puedo dártelo. Dependes de mí.
Esa noche, mientras Alma dormía, Leona lloró de rabia durante horas.
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El cambio no se produjo de golpe, sino a través de pequeñas fracturas.
Una tarde, una semana después de su llegada, Leona llevaba la bandeja del almuerzo cuando oyó voces alteradas desde el interior del estudio. La puerta no estaba del todo cerrada, y la voz de Max, cargada de una furia que nunca había dirigido a ella, retumbaba en el pasillo.
—…no me importa lo que cueste, ¡encuentra a ese hijo de puta! Le dije que se mantuviera alejado, le dije que si volvía a acercarse a la familia…
Otra voz, más grave y conciliadora, respondió algo que Leona no pudo distinguir. Luego, un golpe seco, como un puño contra la madera, y un silencio tenso.
Leona dudó. Sabía que debía retirarse, esperar a que la tormenta pasara. Pero sus pies se movieron por inercia, o quizá por una curiosidad malsana. Al acercarse, la puerta se abrió de golpe y un hombre salió, casi chocando con ella. Era mayor que Max, de unos cincuenta años, con un traje impecable y una expresión de frustración mal disimulada. La miró como si fuera un mueble fuera de lugar y se alejó sin disculparse.
Max estaba de espaldas a la puerta, con las manos apoyadas en el escritorio, la cabeza gacha. Su respiración era agitada. Cuando oyó el tintineo de la bandeja, se irguió y giró sobre sus talones con una violencia contenida.
—¿Qué quieres? —su voz era un gruñido.
—El almuerzo —dijo Leona, entrando y dejando la bandeja en la mesa auxiliar. Sus ojos recorrieron el estudio, deteniéndose en el teléfono colgado fuera de su base, en los papeles esparcidos por el suelo. Algo había ocurrido. Algo que tenía a este hombre de hierro al borde del colapso.
—Déjalo y vete —ordenó, pero su voz no tenía la fuerza habitual.
Leona debió haberse ido. Era lo inteligente. En lugar de eso, se quedó.
—¿Está bien? —preguntó. La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla, cargada de una preocupación genuina que la sorprendió a ella misma.
Max levantó la cabeza y la miró. La furia seguía allí, pero debajo, como un río subterráneo, había un dolor tan antiguo y profundo que Leona sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Por un segundo, no vio al tirano. Vio a un hombre destrozado.
—¿Te importa? —preguntó él, con una ironía que no lograba ocultar el temblor en su voz—. ¿O es que quieres un aumento de sueldo para hacer de enfermera?
—No me importa un aumento de sueldo —respondió Leona, con sinceridad—. Y no, no me importas tú. Pero… —hizo una pausa, luchando contra sus propios instintos—. Pero sé lo que es tener el mundo encima y que nadie pregunte si estás bien.
Max la observó durante un largo momento. Luego, sin previo aviso, soltó una risa corta y amarga que no alegró sus ojos.
—Qué mundo tan poético el tuyo, Leona. Yo no tengo el mundo encima. Yo maté a mi hermano. —La declaración cayó entre ellos como un ladrillo. Leona se quedó sin aliento—. Sí, ya lo has oído. Ese es el gran secreto de la familia Hidalgo. No fue un accidente. Yo conducía. Yo me bajé del coche sin un rasguño. Él… no.
El silencio se volvió insoportable. Leona quería decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Max caminó hacia la ventana, dándole la espalda. La luz de la tarde delineaba sus hombros anchos, pero su figura parecía encogida, derrotada.
—¿Por qué me lo cuentas? —susurró Leona.
—Porque ahora lo sabes —dijo él, sin volverse—. Y porque quiero que sepas exactamente qué tipo de monstruo tienes enfrente. Para que dejes de mirarme con esos ojos de perra callejera que espera que le den un hueso. No hay nada bueno aquí, Leona. Solo un asesino y la chica que depende de él.
Leona sintió que su corazón se aceleraba. No era el odio lo que sentía ahora. Era algo más complejo, más aterrador. Era el reconocimiento de un dolor que entendía. Ella también había perdido a alguien. También cargaba con culpas que no le pertenecían.