La tensión entre Leona y Max se convirtió en el aire que respiraban. Durante los días siguientes, sus encuentros fueron una coreografía tensa de miradas esquivas y silencios cargados. Max ya no la provocaba con sus órdenes absurdas, pero su presencia se había vuelto más abrumadora que nunca. La observaba. Leona lo sentía en la nuca cuando subía las escaleras, en la espalda cuando salía de la habitación, en cada rincón de la mansión que parecía vigilarla con sus ojos oscuros.
Él había empezado a bajar. No a la cocina, pero sí al jardín trasero por las tardes. Leona lo veía desde la ventana de la despensa mientras pelaba patatas o lavaba la loza: una figura solitaria que caminaba entre los setos perfectamente recortados con las manos en los bolsillos, la mirada perdida en el horizonte. Y una tarde, sin saber muy bien cómo, Leona se encontró allí también.
Alma jugaba en un pequeño columpio que Lidia había insistido en instalar (“Una niña necesita ser niña, carajo”), su risa aguda rompiendo el silencio sepulcral de la finca. Leona la vigilaba desde un banco de piedra, un libro de cocina abierto en el regazo que no leía.
—No sabía que habías traído un pájaro a mi jardín.
La voz de Max la sobresaltó. Levantó la vista y lo encontró de pie a unos metros, con las manos detrás de la espalda, observando a Alma con una expresión que Leona no supo descifrar.
—No es un pájaro. Es mi hermana —respondió, cerrando el libro—. Y el jardín es el único lugar donde le dejaron jugar.
—No le he prohibido nada. —Max se acercó un paso, su mirada aún fija en Alma—. Fue Ibáñez. Él tiende a… interpretar mis deseos de forma exagerada.
—Ah, ¿entonces no le importa que estemos aquí? —preguntó Leona, con un dejo de ironía.
Max finalmente la miró, y por un instante, la frialdad habitual en sus ojos se suavizó.
—Hoy no.
Se sentó en el otro extremo del banco, dejando un espacio considerable entre ellos. Leona sintió que sus músculos se tensaban, pero no se movió. El olor a madera de sándalo y a peligro la envolvió.
—¿Le duele la cabeza? —preguntó él de repuesta, señalando el libro con un gesto.
—No. Estaba buscando recetas que no requieran ingredientes caros. Para cuando… —Se detuvo, mordiéndose el labio—. Para cuando me vaya.
Max frunció el ceño.
—¿Tienes pensado irte?
—Todos tenemos pensado irnos en algún momento, señor Hidalgo —dijo Leona, con la mirada fija en Alma, que ahora canturreaba una canción infantil mientras se balanceaba—. Este no es mi hogar. Es solo un lugar donde estoy de paso.
—¿Y qué es un hogar para ti?
La pregunta la tomó por sorpresa. Leona se volvió a mirarlo, buscando el sarcasmo, la trampa, pero su rostro estaba serio, casi vulnerable.
—Un lugar donde no te echen si cometes un error —respondió, después de un silencio—. Donde la gente te conoce y no le importa que tengas las uñas sucias o la ropa remendada. Un lugar… —su voz se quebró ligeramente—. Un lugar donde no tienes que estar siempre en guardia.
Max la observó en silencio. El viento movió su cabello oscuro, y por un segundo, la luz del atardecer iluminó su rostro de una manera que suavizó sus rasgos duros. Parecía más joven. Más humano.
—Yo tuve un hogar —dijo, con la voz baja—. Antes de que Darío… antes del accidente. Mi madre cantaba en la cocina por las mañanas. Mi padre leía el periódico en voz alta para fastidiarla. Y Darío… Darío siempre estaba riendo. Era un idiota, pero te hacía reír aunque no quisieras.
Leona sintió un nudo en la garganta. Era la primera vez que él hablaba de su hermano sin ira, sin la obsesión enfermiza de la habitación prohibida. Era un recuerdo, puro y humano.
—¿Qué pasó con ellos? —preguntó en voz baja—. Con sus padres.
Max soltó una risa amarga.
—Mi padre no pudo soportar la culpa. Se fue a Suiza con su amante seis meses después del funeral. Mi madre… mi madre encontró refugio en el clóset de los licores. Ahora apenas sale de su ala de la casa. Cuando sale, no me reconoce. Cree que sigo siendo un niño y que Darío va a llegar de la escuela en cualquier momento.
La imagen de esa mujer, atrapada en un pasado que no existía, le apretó el pecho. Era fácil olvidar, en medio de la opulencia, que esta mansión también era una prisión para sus habitantes.
—Lo siento —dijo Leona, y esta vez lo dijo en serio.
—No quiero tu lástima, Leona. Ya te lo dije.
—No es lástima —respondió ella, encontrando sus ojos—. Es… que también sé lo que es perderlo todo. Mis padres murieron cuando yo tenía doce. Alma nació después, pero mi madre… no sobrevivió al parto. Mi padre murió de una infección en la calle, un mes antes de que ella naciera. Nunca supe cómo se llamaba.
Max se giró hacia ella, y por primera vez, no había máscara en su rostro. Solo una curiosidad genuina.
—¿Y cómo lo hiciste? —preguntó—. ¿Cómo sobreviviste?
Leona se encogió de hombros, aunque el gesto le costó.
—Robando. Durmiendo en portales. Trabajando en sitios donde no me pedían papeles. La señora Castells, la dueña del taller de costura, me recogió cuando tenía quince. Me enseñó el oficio. Me dio un techo. Fue… fue lo más parecido a un hogar que he tenido.
—¿Y por qué no te quedaste con su taller?
—Porque ella murió, señor Hidalgo. Y yo no tenía dinero para mantenerlo. Ni papeles para heredarlo. Así que… —hizo una pausa, con una sonrisa triste—. Así que aquí estoy. En su jardín, soñando con un lugar que no existe.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue un silencio de reconocimiento, dos almas rotas que se miraban a través del abismo de sus diferencias.
—Llámame Max —dijo él de repente.
Leona parpadeó.
—¿Qué?
—Max. No señor Hidalgo. No me llames como si fueras Ibáñez. —La miró con una intensidad que le aceleró el pulso—. Tú no eres como ellos. No te mereces que te traten como a una sirvienta.
—Pero lo soy —respondió Leona, aunque una parte de ella se rebelaba contra sus propias palabras—. Esa es la realidad.