Arena y Hielo

Capítulo 5: Besos de Fuego y Sal

La semana que siguió fue de una calma tensa. Max no le exigió que volviera a subirle el desayuno; Lidia retomó esa tarea con un suspiro de alivio. Pero Leona lo veía más a menudo. Aparecía en la cocina cuando ella estaba limpiando, con cualquier excusa: preguntar por el menú, buscar un libro que había dejado olvidado, supervisar el estado de la despensa. Leona sabía que ninguna de esas excusas era real, pero no lo decía. Disfrutaba, en secreto, de esos momentos robados.

Una noche, cuando la lluvia golpeaba los ventanales del jardín con furia, Leona se quedó en la biblioteca de la planta baja después de terminar sus tareas. Lidia le había prestado una novela de misterio, y la penumbra de la estancia, iluminada solo por una lámpara de pie, era el refugio perfecto.

No había oído los pasos. La primera señal de que no estaba sola fue el aroma a sándalo y a whisky.

—¿Te gusta leer? —preguntó Max desde el umbral.

Leona levantó la vista del libro, su corazón dando un vuelco al verlo. Llevaba una camisa de vestir oscura, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes y veteado de venas. Su cabello estaba ligeramente húmedo, como si acabara de salir de la ducha.

—Depende del libro —respondió, marcando la página con un dedo—. ¿Y usted? ¿Usted lee?

—Max —corrigió él, entrando y cerrando la puerta a sus espaldas con un clic suave. El sonido resonó en la habitación como un veredicto—. Y sí. Leo. Mucho. Es lo único que me mantiene cuerdo algunas noches.

—No sabía que la cordura fuera una opción para usted —dijo Leona, con una sonrisa que era más un desafío.

Max se acercó a la estantería más cercana, pasando los dedos por los lomos de los libros con una lentitud deliberada.

—No lo es. Pero uno se aferra a lo que puede. —Se detuvo frente a un ejemplar desgastado y lo sacó—. ¿Has leído a Bécquer?

—Alguna rima suelta en la escuela. Antes de dejarla.

—“Podrá nublarse el sol eternamente…” —comenzó a recitar Max, con una voz grave que vibraba en la penumbra. Se volvió hacia ella, el libro abierto en sus manos, pero sus ojos no miraban las páginas. La miraban a ella—. “Podrá secarse en un instante el mar. Podrá romperse el eje de la tierra como un débil cristal. Todo sucederá. Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón. Pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor.”

El silencio que siguió fue un abismo. Leona sintió que la piel se le erizaba, que la sangre le ardía en las venas. No era solo la poesía; era la forma en que él la decía, como si cada palabra fuera una caricia o una promesa.

—Eso no es justo —susurró ella, sin apartar la mirada de la suya.

—¿El qué? —preguntó él, dejando el libro sobre una mesa y acercándose un paso.

—Usar a Bécquer para… —No supo cómo terminar la frase. Para seducirme. Para desarmarme. Para hacer que me olvide de quién eres.

—No estoy usando a nadie. —Otro paso. Ahora estaban a un metro de distancia—. Solo digo lo que siento. ¿Es un crimen?

—Todo en usted es un crimen, Max Hidalgo —dijo Leona, poniéndose de pie, el libro olvidado en el sillón—. Usted me tiene aquí encerrada. Me chantajea con mi hermana. Me humilla. Y ahora… ¿ahora me recita poesía?

—Te recito poesía porque es la única forma que conozco de decirte que no puedo dejar de pensar en ti —respondió él, con la voz áspera, dando el último paso que los dejó frente a frente—. Que cuando cierro los ojos, te veo. Que cuando abro los ojos, te busco. Y me odio por ello. Te odio por ello. Pero no puedo… no puedo apartarme de ti.

Leona levantó la mano, la apoyó en su pecho para mantener la distancia, pero el contacto fue su perdición. Sintió los latidos de su corazón, rápidos y fuertes, que contrastaban con la calma de su voz.

—Esto está mal —dijo, pero su mano no se apartó—. Todo esto está mal. Usted es mi empleador. Yo…

—Eres la única persona que me ha dicho la verdad desde que Darío murió —la interrumpió él, cubriendo su mano con la suya—. La única que no me ha tratado con miedo o con lástima. La única que me ha mirado a los ojos y me ha llamado cobarde. Y me has llamado perro rabioso. —Una sonrisa torcida curvó sus labios—. Nadie me había llamado perro rabioso antes.

—Porque nadie se atrevía.

—Exacto. —Sus dedos se entrelazaron con los de ella, apretándolos suavemente—. No quiero que te atrevas. No quiero que me tengas miedo.

—Le tengo miedo —susurró Leona, y era la verdad—. Le tengo miedo porque cuando me mira así, olvido que debería odiarlo.

—Entonces ódiame —dijo Max, acercando su rostro al de ella, su aliento mezclándose con el de ella—. Ódiame con la misma intensidad con la que yo te deseo. Pero no me apartes.

La distancia entre ellos se volvió un suspiro. Leona sintió que sus piernas cedían, que el mundo se reducía a los puntos de contacto: la mano de él sobre la suya, el calor de su cuerpo, la mirada oscura que la consumía.

—Si me besas, no habrá vuelta atrás —dijo ella, con un hilo de voz—. No soy una de tus empleadas a las que puedes despedir cuando te canses.

—No quiero despedirte —murmuró él, rozando sus labios con los suyos, un contacto que fue un relámpago—. Quiero que te quedes. Quiero que me destruyas. Quiero…

No terminó la frase. Sus labios se encontraron, y el mundo explotó.

El beso no fue tierno. Fue un choque de desesperación y deseo contenido, de odio transformándose en algo más primitivo. Las manos de Max se enredaron en su cabello, liberándolo del moño, mientras que las de Leona se aferraban a su camisa como a un salvavidas en medio de un naufragio. Él la presionó contra la estantería, y los libros cayeron a sus pies con un estrépito que ninguno de los dos oyó.

Leona mordió su labio inferior, un gesto de furia y placer, y él respondió con un gemido ahogado que la incendió por dentro. Sus cuerpos se ajustaron como piezas de un rompecabezas que no sabían que estaban buscando. El aroma a sándalo, a tormenta, a él, la envolvió, anulando cualquier pensamiento coherente.




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