Arena y Hielo

Capítulo 6: Pacto de Sangre

El beso en la biblioteca se convirtió en un secreto a voces.

Leona despertó al día siguiente con los labios aún hinchados y una certeza helada en el estómago: había cruzado una línea de la que no podía regresar. Se vistió con manos temblorosas, ató su cabello con más fuerza de la necesaria y bajó a la cocina antes del amanecer. Lidia la miró con ojos entrecerrados, pero no dijo nada. En la mansión Hidalgo, el silencio era la moneda de cambio más valiosa.

Max no apareció en toda la mañana. Su desayuno fue subido por una de las chicas, y Leona se encontró a sí misma revisando el reloj cada cinco minutos, una parte de ella anhelando verlo, otra parte deseando huir a un país sin extradición.

Fue al atardecer cuando él la encontró.

Leona estaba en el lavadero, frotando una mancha de vino tinto de un mantel de lino con más fuerza de la necesaria. El agua estaba caliente, sus manos enrojecidas, y su mente a mil kilómetros de distancia. No oyó la puerta abrirse. Solo sintió la presencia antes de que él hablara.

—¿Siempre maltratas la ropa blanca con esa furia, o es que hoy estás especialmente enfadada conmigo?

Leona se giró tan rápido que el agua jabonosa salpicó el suelo. Max estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. Vestía de negro, como siempre, pero había algo diferente en su postura. Una tensión que no era amenaza, sino incertidumbre.

—No estoy enfadada —respondió Leona, secándose las manos en el delantal—. Estoy intentando averiguar cómo se sale de un error sin que te despidan.

Max se irguió lentamente, sus ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que le erizó la nuca.

—¿Fue un error? —preguntó, y había algo en su voz, una vulnerabilidad apenas disimulada, que la desarmó.

Leona abrió la boca para decir que sí. Era lo correcto. Lo sensato. Pero las palabras se negaron a salir.

—No lo sé —admitió, con un suspiro—. Pero sé que no debería haber pasado. Usted es…

—Max —la interrumpió él, dando un paso adelante—. Después de lo de anoche, creo que podemos dejar los formalismos.

—Max —repitió ella, y su nombre le supo a pecado en la lengua—. Tú eres mi jefe. Dependo de ti para mantener a mi hermana. Esto no es… no puede ser.

—¿No puede ser qué? —Él siguió acercándose, y ella retrocedió hasta que las baldosas frías del lavadero chocaron contra su espalda—. ¿No puede ser que sintieras lo mismo que yo? Porque te aseguro, Leona, que lo que sentí anoche no fue un error. Fue lo más real que he sentido en dos años.

—Eso es lo que me asusta —susurró ella, levantando la barbilla en un gesto de desafío que no lograba ocultar el temblor de sus manos—. No sabes nada de mí. No sabes de dónde vengo, lo que he hecho para sobrevivir…

—Sé que cuidas de tu hermana como si fuera lo único que importa. Sé que trabajas más horas de las que deberías y nunca te quejas. Sé que me dijiste la verdad cuando todos los demás me mienten. —Max levantó una mano y rozó su mejilla con los nudillos, un contacto tan suave que contrastaba con la tormenta en sus ojos—. ¿Qué más necesito saber?

—Que podría romperte —dijo Leona, con una ferocidad que la sorprendió a ella misma—. Que no soy buena. Que he hecho cosas que…

—Yo maté a mi hermano —la cortó él, con una calma aterradora—. ¿Crees que algo de lo que hayas hecho puede compararse con eso?

Leona lo miró, y por un instante, el odio que había alimentado durante semanas se transformó en algo más profundo. Comprensión. Reconocimiento. Dos almas condenadas que se miraban a través del abismo de sus propias culpas.

—No fue tu culpa —dijo ella, con la voz quebrada.

—Eso no cambia que me levanto cada noche gritando su nombre. —Max bajó la mano, dando un paso atrás, como si necesitara distancia—. Así que si crees que puedes romperme, Leona, te has quedado corta. Ya estoy roto.

El silencio entre ellos era un campo de batalla. Leona sintió que el suelo se movía bajo sus pies, que todas las certezas que había construido para protegerse se desmoronaban una a una.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó, y su voz sonó pequeña, incluso para ella.

Max la miró durante un largo instante. Luego, hizo algo que ella no esperaba: sonrió. No era la sonrisa fría y peligrosa de las primeras semanas. Era una sonrisa cansada, casi triste, que le iluminó el rostro de una manera que le robó el aliento.

—No lo sé —admitió—. Pero quiero descubrirlo. Y quiero que tú también quieras descubrirlo.

—Es una locura —susurró Leona.

—Completamente —asintió él—. Pero he descubierto que la cordura está sobrevalorada.

Se acercó de nuevo, esta vez con una lentitud que le permitió a ella apartarse si quería. Leona no se movió. Cuando sus labios rozaron los de ella por segunda vez, fue un beso diferente al de la biblioteca. No era fuego ni desesperación. Era una pregunta, un pacto sellado con saliva y aliento entrecortado.

Leona respondió con la misma incertidumbre, abriéndose a él como una flor que no sabe si el sol que la acaricia la hará crecer o la quemará. Sus manos se enredaron en su cabello, las de él en su cintura, y por un momento, el lavadero dejó de ser un cuarto frío y se convirtió en el centro del universo.

Cuando se separaron, Max apoyó la frente contra la suya.

—Esto no va a ser fácil —dijo, con la voz ronca—. Hay cosas que no sabes. Cosas sobre mi familia, sobre lo que está pasando fuera de esta casa…

—No me importa —respondió Leona, y se sorprendió al descubrir que lo decía en serio—. Sólo… no me mientas. No te he mentido yo a ti.

Max se apartó, y por un instante, algo oscuro cruzó por sus ojos. Un fantasma, un secreto, una promesa a punto de romperse.

—No te mentiré —dijo finalmente—. Pero no puedo contártelo todo. No todavía. Hay cosas que debo arreglar antes.

—¿Arreglar? —Leona frunció el ceño, una alarma apagada encendiéndose en su pecho—. ¿Qué cosas?

Max tomó su rostro entre las manos, con una ternura que contrastaba con la dureza de sus rasgos.




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