Los días siguientes fueron una montaña rusa de emociones contradictorias. Max se volvió una presencia constante en su vida, pero siempre en los márgenes. Aparecía en la cocina cuando ella estaba sola, dejaba libros en su habitación con notas escritas con letra firme (“Para que sepas que hay más poesía que Bécquer”), y cada tarde se sentaba en el banco del jardín mientras Alma jugaba, observándolas con una expresión que Leona aprendió a leer como lo que era: un hombre aprendiendo a querer de nuevo.
Pero también estaba la otra cosa. Las llamadas telefónicas que Max atendía con voz de acero, saliendo al jardín para que ella no oyera. Las visitas nocturnas de coches negros que se detenían frente a la verja, de hombres con traje que hablaban con Ibáñez en voz baja. Y la advertencia de Lidia, que se repetía en su cabeza como un mantra: El otro disfruta.
Una semana después del beso en el lavadero, Leona tuvo su respuesta.
Estaba ordenando la biblioteca —un intento de Max de darle tareas más livianas que las de la cocina, aunque ella no había dejado de trabajar con Lidia— cuando oyó un coche en la entrada. No era un coche negro más. El motor sonaba diferente, más potente, y los pasos que cruzaron el recibidor eran seguros, arrogantes.
Leona se asomó por la puerta de la biblioteca y vio a un hombre caminando por el pasillo principal como si fuera suyo. Era alto, tan alto como Max, pero con una energía diferente: donde Max era hielo contenido, este hombre era fuego desatado. Cabello rubio oscuro, sonrisa fácil, traje azul marino que costaba más que todo lo que Leona había ganado en su vida.
—¡Max! —gritó, con una voz que resonó en la mansión—. ¿No vas a recibir a tu hermano mayor?
Leona sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Hermano. Max nunca había mencionado tener otro hermano.
Max apareció en lo alto de la escalera, con el rostro pétreo.
—Álvaro —dijo, con una frialdad que heló el aire—. No te anunciaron.
—¿Anunciarme? —Álvaro soltó una risa que no llegó a sus ojos, de un azul tan claro que parecían de hielo—. ¿Desde cuándo un hermano necesita anunciarse? Bajé a ver cómo está la finca. Y a ti, por supuesto. Dicen que llevas semanas recluido. Eso no es sano, Max. Ni para ti, ni para los negocios.
Max descendió los escalones con una lentitud deliberada, cada paso un golpe de tambor en el silencio de la mansión.
—Los negocios están en orden. Puedes consultarlo con Ibáñez.
—Ibáñez es un chupamedias —respondió Álvaro, con desdén—. Yo quiero oírlo de ti. Además —se volvió, y sus ojos recorrieron el recibidor con una lentitud que hizo que Leona se retirara instintivamente hacia la penumbra de la biblioteca—, hay rumores de que tienes… visitantes. Gente nueva en la casa.
Max se detuvo frente a su hermano, y la diferencia entre ellos era como el día y la noche. Mismo porte, misma arrogancia, pero mientras que en Max había una tensión contenida, en Álvaro había una soltura que resultaba casi obscena.
—El servicio siempre cambia. No es noticia.
—No, no. —Álvaro negó con la cabeza, su sonrisa ampliándose—. Hablo de una chica nueva. Una tal Leona. Con una hermana pequeña. Dicen que es… peculiar. Que te tiene en jaque.
El corazón de Leona dio un vuelco. Se pegó a la pared de la biblioteca, deseando ser invisible.
—No tienes nada que hacer con mi servicio —dijo Max, y su voz bajó un tono, adquiriendo un filo peligroso—. Y no tienes derecho a investigar mi casa.
—¿Investigar? —Álvaro se acercó a su hermano, y por un momento, sus rostros estuvieron a centímetros de distancia—. Hermano pequeño, yo tengo derecho a todo. ¿O has olvidado quién lleva el negocio desde que papá huyó? ¿Quién ha mantenido esto a flote mientras tú te ahogabas en tu culpa?
—No he olvidado nada —respondió Max, con la mandíbula tensa—. Especialmente no he olvidado cómo conseguiste mantenerlo a flote. Con préstamos que aún estamos pagando. Con tratos que nos atan a gente que no deberíamos ni nombrar.
Álvaro soltó una risa corta, sin humor.
—¿Y tú qué has hecho? ¿Encerrarte en tu torre de marfil, rodeado de fantasmas? Al menos yo he mantenido el apellido. Al menos yo no me he pasado dos años llorando al hermano muerto mientras el imperio se desmoronaba.
El golpe fue directo. Leona vio cómo los puños de Max se apretaban a los costados, cómo un músculo de su mandíbula saltaba con violencia.
—No te atrevas a hablar de Darío —susurró Max, con una voz que era puro peligro.
—¿Qué vas a hacer? ¿Matarme también? —La pregunta de Álvaro cayó entre ellos como un ladrillo. El silencio que siguió fue tan denso que Leona sintió que se ahogaba—. Eso es lo que dicen, ¿no? Que el pequeño Maximiliano no perdona. Que el pequeño Maximiliano rompe lo que toca.
Max se abalanzó sobre su hermano.
Fue tan rápido que Leona apenas pudo procesarlo. Un segundo estaban frente a frente, y al siguiente Max tenía a Álvaro contra la pared, un antebrazo presionando su garganta, su rostro desfigurado por una furia que Leona nunca había visto.
—Max —dijo Álvaro, con la voz estrangulada pero una sonrisa en los labios—. Qué bonito. Aún tienes sangre en las venas.
—Vete de mi casa —gruñó Max—. Ahora.
—Me iré —jadeó Álvaro—. Pero esto no ha terminado. Voy a vigilar esa nueva chica tuya. Si es tan especial como dicen, quizá me la presente.
Max apretó más, y Álvaro dejó de sonreír.
—Si tocas un solo cabello de su cabeza —susurró Max, con una calma que era más aterradora que cualquier grito—, te juro por Darío que no quedarán ni los cimientos de esta casa para enterrar lo que quede de ti.
Se apartó tan bruscamente que Álvaro cayó de rodillas, tosiendo. Max se enderezó, ajustándose los puños de la camisa, y cuando miró hacia la biblioteca, sus ojos se encontraron con los de Leona.
Ella contuvo la respiración. Había visto demasiado. Sabía que debía desaparecer, correr a su habitación y hacerse la ignorante. Pero sus pies estaban clavados al suelo.