La calma tensa que siguió a la visita de Álvaro fue peor que la tormenta. Max se volvió una sombra en la casa, apareciendo y desapareciendo sin explicación, sus conversaciones telefónicas más crípticas que nunca. Leona apenas lo veía, pero cuando lo hacía, sus ojos tenían un brillo nuevo: no era hielo, era acero.
Una semana después, Max la encontró en el jardín mientras Alma jugaba con un conejo blanco que había bautizado como “Nube”.
—Necesito que hagas algo por mí —dijo, sentándose a su lado en el banco de piedra. Había bolsas oscuras bajo sus ojos, como si llevara días sin dormir.
—¿Qué cosa? —preguntó Leona, con el corazón acelerado.
Max sacó un sobre de su chaqueta y se lo tendió. Era grueso, de papel verjurado, con el sello de los Hidalgo en la solapa.
—En este sobre hay documentos. Escrituras, cuentas bancarias, pruebas de los negocios ilegales de Álvaro. Llevo meses recopilándolos.
Leona tomó el sobre con manos temblorosas, como si fuera una bomba a punto de estallar.
—¿Qué quieres que haga con esto?
—Que lo guardes —respondió Max, con la mirada fija en Alma—. En un lugar seguro. Donde nadie pueda encontrarlo. Si algo me pasa…
—No te va a pasar nada —lo interrumpió Leona, con una ferocidad que la sorprendió.
Max la miró, y por un instante, su máscara se resquebrajó.
—Si algo me pasa —insistió, con una calma que era más aterradora que cualquier grito—, quiero que lleves esto a la policía. No a cualquier policía. Hay un inspector, se llama Fuentes. Es el único que no está comprado. Él sabrá qué hacer.
—Max, esto suena a…
—A una despedida —la interrumpió él, con una sonrisa triste—. Pero no lo es. Es un seguro. Álvaro es peligroso, Leona. Más de lo que crees. Y si descubre lo que tengo contra él…
—¿Qué tienes contra él? —preguntó Leona, con la voz quebrada.
Max la miró a los ojos, y por primera vez, dejó que ella viera todo. La culpa, el miedo, la rabia contenida durante años.
—Pruebas de que el accidente de Darío no fue un accidente —dijo, con una voz que apenas era un susurro—. Álvaro manipuló los frenos del coche. Yo debía haberlo conducido esa noche, pero Darío me pidió cambiarme. Quería impresionar a una chica. Yo… yo le di las llaves.
Leona sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El mundo se detuvo. Alma seguía jugando con el conejo, ajena al terremoto que acababa de sacudir los cimientos de su existencia.
—¿Estás seguro? —preguntó, con un hilo de voz.
—He pasado dos años investigando —respondió Max, con los ojos brillantes de una furia contenida—. Dos años pensando que era mi culpa, que yo había matado a mi hermano. Y todo el tiempo era Álvaro. Álvaro, que quería quedarse con el control del negocio. Álvaro, que siempre había odiado a Darío porque era el favorito de mi madre.
—Pero si él manipuló los frenos… él sabía que tú ibas a conducir —dijo Leona, con la mente girando a toda velocidad—. Quería matarte a ti.
Max asintió, y en sus ojos había una fatiga infinita.
—Sí. Y cuando no funcionó, dejó que yo cargara con la culpa. Durante dos años, me ha visto destrozarme, encerrarme, odiarme. Y todo el tiempo sabía la verdad.
—¿Por qué no lo has denunciado antes? —preguntó Leona, con la voz temblorosa.
—Porque no tenía pruebas suficientes —respondió Max—. Porque me había convencido de que era mi culpa. Porque… —hizo una pausa, y su voz se quebró—. Porque tenía miedo. De enfrentarlo. De descubrir que la verdad no cambiaría nada.
—Pero ahora sí tienes pruebas —dijo Leona, apretando el sobre contra su pecho—. ¿Verdad?
Max asintió lentamente.
—Ahora sí. Pero Álvaro sabe que las tengo. Por eso vino la semana pasada. Por eso te miró así. Está buscando cualquier cosa que pueda usar contra mí. Y tú… —la miró con una intensidad que le robó el aliento—. Tú eres mi punto débil, Leona. Lo sabe. Y lo usará.
Leona sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿Qué quieres que haga?
—Que te vayas —dijo Max, y las palabras cayeron entre ellos como una sentencia—. Tengo un piso en el centro. Está a nombre de una fundación, Álvaro no puede rastrearlo. Lidia te llevará esta noche. Tú y Alma se quedarán allí hasta que esto termine.
—No —respondió Leona, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. No voy a huir.
—Leona…
—No voy a huir —repitió, levantándose del banco, el sobre apretado contra el pecho como un escudo—. Tú me has pedido que confíe en ti. Ahora te toca a ti confiar en mí. No soy una damisela en apuros, Max Hidalgo. He sobrevivido en las calles. He criado a mi hermana sola. No me voy a esconder mientras tú te enfrentas a tu hermano.
Max se puso de pie también, y la distancia entre ellos era un abismo que ninguno de los dos sabía cómo cruzar.
—Si Álvaro te hace daño…
—No me hará daño —lo interrumpió Leona—. Porque vas a estar conmigo. Porque vamos a enfrentarlo juntos.
—No sabes lo que dices —dijo Max, con la voz áspera—. Álvaro no es como yo. No tiene límites. No tiene conciencia.
—Y yo no tengo nada que perder —respondió Leona—. Excepto a ti. Y no voy a perderte por irme a esconderme en un piso vacío mientras tú te juegas la vida.
El silencio entre ellos era un campo de batalla. Alma se acercó corriendo en ese momento, con Nube en los brazos.
—Leona, ¿por qué lloras? —preguntó la niña, con los ojos muy abiertos.
Leona se llevó la mano a la mejilla y descubrió que estaba mojada. No había notado las lágrimas.
—No lloro, cariño —dijo, agachándose para abrazarla—. Es que ha entrado polvo en mis ojos.
Alma la miró con desconfianza, pero no insistió. En lugar de eso, se volvió hacia Max.
—Max, ¿tú también tienes polvo en los ojos? —preguntó.
Max se agachó hasta quedar a la altura de la niña, y por un instante, el hombre duro y frío desapareció, dejando paso a alguien que Leona apenas reconocía.
—Sí —dijo, con una sonrisa temblorosa—. Mucho polvo.