El plan de Max era simple en teoría, aterrador en la práctica. La noche siguiente, Álvaro había convocado una reunión en la mansión. “Negocios”, había dicho al teléfono, pero Max sabía que era una trampa. Álvaro quería las pruebas, y si no se las daba voluntariamente, las tomaría por la fuerza.
—No quiero que estés en la casa cuando llegue —dijo Max, mientras Leona ayudaba a Alma a dormir en la habitación que habían preparado en el ala de servicio, lejos de las zonas principales.
—Ya hemos hablado de esto —respondió Leona, con la voz baja para no despertar a la niña—. No me voy a esconder.
—No es esconderte. Es protegerte.
—Es lo mismo. —Leona cerró la puerta de la habitación con cuidado y se giró hacia él—. Max, si las cosas se ponen feas, ¿quién va a llevarle las pruebas a ese inspector si yo no estoy?
Max la miró con una expresión que era mitad exasperación, mitad admiración.
—Eres la persona más testaruda que he conocido en mi vida.
—Tú también eres bastante testarudo —respondió ella, con una sonrisa que iluminó su rostro en la penumbra del pasillo—. Por eso funcionamos.
—¿Funcionamos? —preguntó Max, con una ceja levantada.
Leona se puso de puntillas y rozó sus labios con los de él.
—Funcionamos —susurró contra su boca—. Ahora deja de intentar protegerme y empecemos a planear cómo vamos a ganar.
---
La reunión comenzó a las nueve de la noche. Leona observaba desde la biblioteca, con la puerta entreabierta, mientras Álvaro entraba en el salón principal con dos hombres de traje oscuro que no parecían secretarios. Max los esperaba de pie junto a la chimenea, con una copa de whisky en la mano que no había probado.
—Max —dijo Álvaro, con su sonrisa fácil—. Qué gusto verte tan… animado. ¿Has dormido bien últimamente? Las ojeras te quedan mal.
—Dime lo que quieres, Álvaro —respondió Max, sin inmutarse—. No tenemos nada de qué hablar.
—Oh, pero sí tenemos —Álvaro se sentó en el sofá de cuero, extendiendo los brazos a lo largo del respaldo como si fuera el dueño de la casa—. He oído rumores. Cosas desagradables. Que mi hermano pequeño anda investigando viejas historias. Que ha contratado a detectives. Que guarda documentos que no debería tener.
—¿Y qué documentos serían esos? —preguntó Max, con una calma que Leona sabía que era fingida.
Álvaro sonrió, pero sus ojos azules se volvieron duros como el hielo.
—No finjas conmigo, Max. Sé lo de Darío. Sé que has estado husmeando donde no debías. Y sé que tienes algo que me pertenece.
—¿Que te pertenece? —Max soltó una risa corta, amarga—. ¿Crees que la verdad te pertenece? ¿Crees que puedes poseer lo que hiciste?
—Lo que hice —Álvaro se puso de pie con una lentitud que heló la sangre de Leona—. ¿Y qué hice, Max? ¿Cuidar del negocio mientras tú te deshacías en alcohol y culpa? ¿Mantener a esta familia a flote mientras tú te ahogabas en recuerdos?
—Mataste a Darío —dijo Max, y las palabras cayeron en el salón como una bomba—. Manipulaste los frenos de su coche. No para matarlo a él. Para matarme a mí. Y cuando no funcionó, dejaste que yo cargara con la culpa durante dos años.
El silencio que siguió fue tan denso que Leona sintió que se ahogaba. Álvaro se quedó inmóvil, su rostro una máscara perfecta, pero algo en sus ojos cambió. Un brillo, un destello de algo primitivo y peligroso.
—¿Pruebas? —preguntó, con una voz que era miel y veneno—. ¿Tienes pruebas de todo eso, hermanito?
—Las tengo —respondió Max, sacando una memoria USB del bolsillo de su chaqueta—. Aquí están los informes periciales que encargué en secreto. Las declaraciones de los mecánicos que trabajaron en el coche. Las transferencias bancarias que hiciste para pagarles. Todo.
Álvaro soltó una risa, pero esta vez no había humor en ella. Era el sonido de un depredador que acaba de ver a su presa.
—¿Y qué piensas hacer con eso? ¿Llevarlo a la policía? ¿Al inspector Fuentes? ¿Crees que no sé que te has reunido con él tres veces este mes?
Max se puso tenso.
—Sé lo de tus contactos, Álvaro. Sé que tienes a medio cuerpo de policía en nómina. Pero Fuentes no está comprado. Y estas pruebas…
—Estas pruebas —lo interrumpió Álvaro, dando un paso adelante— no van a llegar a ninguna parte. Porque si algo me pasa, si algo le pasa a mi imperio, hay mucha gente que perdería mucho dinero. Y esa gente… —sonrió, mostrando los dientes—. Esa gente es muy mala perdiendo dinero.
Leona vio cómo los dos hombres de traje se movían, cerrando el paso hacia la puerta. Max estaba atrapado.
—No te va a funcionar, Álvaro —dijo Max, con la voz firme, aunque Leona veía cómo sus nudillos blanqueaban alrededor de la memoria USB—. Tengo copias. En lugares que no imaginas.
—¿Copias? —Álvaro levantó una ceja—. ¿Como la que tiene tu nueva novia? ¿La que escondió en su habitación?
El corazón de Leona se detuvo. Lo sabía. Lo sabía todo.
Max dio un paso adelante, pero uno de los hombres se interpuso.
—Si tocas un solo pelo de Leona…
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Álvaro, con una calma aterradora—. ¿Matarme también? Sería un patrón, ¿no? Primero Darío, luego yo. La familia Hidalgo se reduce a un solo heredero. Nuestros padres estarían tan orgullosos.
—No soy como tú —dijo Max, con la voz llena de una furia contenida—. Nunca lo seré.
—No, no lo eres —respondió Álvaro, y de repente su tono cambió, volviéndose casi paternal—. Por eso te he protegido todos estos años. Por eso he dejado que te encerraras en tu torre de marfil. Pero ahora has ido demasiado lejos, Max. Ahora has traído a extraños a nuestra casa. Has compartido secretos de familia con una sirvienta.
—Leona no es una sirvienta.
—¿Ah, no? ¿Qué es entonces? —Álvaro se acercó a Max, y su voz bajó a un susurro que Leona apenas pudo oír—. ¿Tu amante? ¿Tu debilidad? Porque eso es lo que es, Max. Una debilidad. Y yo siempre elimino las debilidades.