Arena y Hielo

Capítulo 10: Arena y Hielo

Las semanas que siguieron fueron un ejercicio de equilibrio en el filo de una navaja.

Max redobló la seguridad de la mansión. Contrató a un equipo de vigilancia privada, cambió las cerraduras, instaló cámaras en todos los accesos. Leona sabía que era para protegerla a ella y a Alma, pero se sentía más atrapada que nunca. La mansión, que alguna vez había sido un refugio, se había convertido en una jaula dorada.

Álvaro no volvió a aparecer, pero su presencia se sentía en cada rincón. Las llamadas anónimas al teléfono de la casa. Los coches negros que se detenían frente a la verja y se alejaban sin que nadie bajara. La sensación constante de ser observada.

—Está esperando —dijo Max una noche, mientras cenaban en la cocina después de que Alma se hubiera dormido—. Esperando que bajemos la guardia.

—No vamos a bajarla —respondió Leona, aunque sus manos temblaban sobre la taza de té—. ¿Verdad?

Max tomó sus manos entre las suyas.

—No —dijo, con una determinación que Leona no le había visto desde los primeros días—. He estado hablando con Fuentes. La investigación avanza. Tiene a dos de los hombres de Álvaro dispuestos a declarar. Es cuestión de tiempo.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Leona.

—No lo sé —admitió Max—. Pero mientras tanto, tengo que asegurarme de que estás a salvo.

—Y tú —dijo Leona, apretando sus manos—. También tienes que estar a salvo.

Max sonrió, una sonrisa cansada pero real.

—Me estás volviendo blando.

—Blando no —respondió ella, acariciando su mejilla—. Humano.

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La noche en que todo cambió, Leona estaba en la habitación de Alma, leyéndole un cuento. La niña se había quedado dormida con Nube entre los brazos, su respiración suave y regular. Leona apagó la luz y salió al pasillo, donde Max la esperaba apoyado contra la pared.

—¿Duerme? —preguntó.

—Como un angelito —respondió Leona, y por un momento, la normalidad de la escena fue tan abrumadora que sintió que las lágrimas le picaban en los ojos.

Max notó su emoción.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo ella, negando con la cabeza—. Es solo que… a veces olvido que esto no es normal. Lo de nosotros. Lo de Álvaro. Tener que vivir con miedo.

—No tendría que ser así —dijo Max, con la voz áspera—. Si no fuera por mí…

—Si no fuera por ti, estaría durmiendo en un albergue con Alma, o peor —lo interrumpió Leona—. Así que no empieces otra vez con la culpa. Ya hemos superado esa fase.

Max la miró, y en sus ojos había algo que Leona no había visto nunca: vulnerabilidad pura.

—¿Y si no puedo protegerte? —susurró—. ¿Y si Álvaro…

—No va a pasar —dijo Leona, tomando su rostro entre las manos—. Porque vas a ganar. Porque eres más fuerte que él. Porque no tienes nada que demostrar, y él lo tiene todo.

Max cerró los ojos y se inclinó hacia su caricia.

—¿Cómo puedes tener tanta fe en mí?

—Porque te conozco —respondió Leona—. He visto lo peor de ti. Y también he visto cómo te levantas cada mañana, cómo intentas ser mejor, cómo cuidas de Alma como si fuera tuya. Eso no lo hace un monstruo. Eso lo hace un hombre.

Max abrió los ojos, y en ellos había una tormenta de emociones. La besó entonces, con una pasión que era un río desbordado, y Leona respondió con la misma intensidad, sintiendo cómo el miedo se transformaba en algo más, algo que ardía y sanaba al mismo tiempo.

—Ven conmigo —susurró Max contra sus labios—. Esta noche, no quiero estar solo.

Leona asintió, sin palabras, y lo siguió por el pasillo vacío, escaleras arriba, hasta la habitación de Max en el quinto piso. Era la primera vez que entraba allí desde aquel primer día, cuando él la había amenazado con dejarla sin trabajo. Ahora la puerta se abría para ella, y el hombre que la esperaba al otro lado no era el tirano de hielo que había conocido, sino alguien que temblaba tanto como ella.

La habitación era grande, austera, con paredes de piedra vista y una cama de hierro forjado. Las cortinas estaban abiertas, y la luna llena bañaba el suelo de plata.

—No es muy acogedora —dijo Max, con una sonrisa nerviosa—. Nunca me preocupé por decorar.

—No importa —respondió Leona, tomando su mano—. Lo importante está aquí.

Max la miró, y por un instante, el tiempo se detuvo. Luego, con una lentitud que era una pregunta y una respuesta, comenzó a desabrochar los botones de su blusa. Leona correspondió, deshaciendo los de su camisa, sintiendo cómo la piel de él ardía bajo sus dedos.

Cuando quedaron desnudos frente a frente, la luz de la luna trazaba mapas de plata sobre sus cuerpos: las cicatrices de Leona en las costillas, la marca de una quemadura en el hombro de Max, las líneas de batalla que la vida había grabado en ellos.

—No soy hermoso —susurró Max, desviando la mirada.

—Eres perfecto —respondió Leona, guiando su rostro de vuelta hacia ella—. Porque eres real. Porque estás aquí.

El primer contacto fue un temblor, un encuentro de pieles que se reconocían después de una vida de buscar. Max la besó con una ternura que contrastaba con la fuerza de sus manos en su espalda, y Leona se entregó a él como se entrega el mar a la orilla, con un vaivén que era lucha y rendición al mismo tiempo.

Cuando se unieron, no fue una conquista ni una rendición. Fue un encuentro, dos almas rotas encajando sus piezas afiladas con el cuidado de quien sabe que el dolor también puede ser un camino hacia el placer. Max la sostenía como si fuera a romperse, y Leona se aferraba a él como si fuera su única ancla en medio de la tormenta.

Después, cuando el fuego se apagó y solo quedaron las brasas, permanecieron abrazados en la penumbra, con los latidos de sus corazones marcando un ritmo común.

—Nunca había… —comenzó Max, con la voz ronca—. No sabía que podía ser así.

—Ni yo —respondió Leona, acariciando su pecho—. Pero lo es. Contigo.

Max la abrazó más fuerte, y ella sintió cómo sus hombros temblaban.




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