Los días que siguieron a esa primera noche juntos fueron un remanso de paz inesperada. Álvaro había desaparecido, los coches negros dejaron de rondar la verja, y por primera vez en meses, Leona sintió que podía respirar. Pero sabía que era la calma antes de la tormenta. Max también lo sabía; lo veía en la forma en que revisaba las cámaras de seguridad cada mañana, en las llamadas susurradas que atendía en el jardín cuando creía que ella no escuchaba.
Una semana después, Max la llevó al ala este de la mansión, donde nunca había estado. Era un pasillo más oscuro, más frío, con olor a cera y a flores marchitas.
—¿Dónde estamos? —preguntó Leona, mientras él detenía ante una puerta de roble tallado.
—En el santuario de mi madre —respondió Max, con la voz tensa—. Necesito que la conozcas. Antes de que… antes de que pase algo.
Leona sintió un nudo en el estómago. Había oído hablar de la señora Hidalgo, pero nunca la había visto. Nadie la había visto en meses, excepto Lidia, que le subía la comida tres veces al día.
Max abrió la puerta con una lentitud que revelaba su reticencia. La habitación estaba a oscuras, las cortinas echadas, y el aire olía a alcohol y a algo más, algo que Leona reconoció como el aroma de una enfermedad larga, de una vida que se consume en la penumbra.
—¿Max? —una voz temblorosa salió de la penumbra—. ¿Eres tú?
—Soy yo, madre —dijo Max, acercándose a un sillón junto a la ventana—. He traído a alguien que quiero que conozcas.
Leona se acercó con pasos cautelosos y vio a la mujer que había sido la matriarca de los Hidalgo. Era imposible calcular su edad; su rostro, que debió haber sido hermoso, estaba surcado de arrugas profundas, y sus ojos, de un azul pálido como los de Álvaro, tenían una mirada perdida, como si miraran algo que solo ella podía ver.
—¿Es Darío? —preguntó la señora Hidalgo, con una esperanza que partió el corazón de Leona—. ¿Ha vuelto Darío?
Max se agachó junto al sillón y tomó las manos de su madre entre las suyas.
—No, madre. Darío no ha vuelto. Es Leona. Te he hablado de ella.
—Leona —repitió la mujer, con la mirada fija en ella—. ¿Eres la que cuida a la niña?
—Sí, señora —respondió Leona, con la voz suave—. Cuido de Alma.
—Alma —la señora Hidalgo sonrió, una sonrisa fantasmal que apenas curvó sus labios—. Qué bonito nombre. Como el alma. Como las almas que se pierden en el purgatorio.
Max apretó las manos de su madre con una ternura que Leona nunca le había visto.
—Madre, Leona es importante para mí. Por eso quería que la conocieras.
Los ojos de la señora Hidalgo se fijaron en Max con una lucidez repentina, como si hubiera emergido de la niebla.
—¿Importante? —preguntó, y su voz era más clara ahora, más presente—. ¿Como fue Darío importante?
—Diferente —respondió Max, con una sonrisa triste—. Pero importante.
La mujer lo miró durante un largo instante. Luego, sus ojos se volvieron hacia Leona, y en ellos había algo que no era la locura que todos suponían. Era un conocimiento antiguo, un dolor que reconocía al dolor.
—Cuídalo —dijo, con una voz que era un susurro y una orden—. Mi hijo mayor es un monstruo, y mi hijo pequeño se está convirtiendo en un fantasma. Cuida al que todavía puede salvarse.
Leona sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—Lo haré —prometió, sin saber muy bien qué la impulsaba—. Lo cuidaré.
La señora Hidalgo asintió lentamente, y sus ojos volvieron a perderse en ese lugar lejano donde Darío aún vivía y la familia Hidalgo aún era una familia.
—Darío quería ser médico —murmuró—. Decía que iba a curar a todos los niños enfermos. Era tan bueno… tan bueno…
Max se puso de pie, con el rostro descompuesto.
—Vámonos —dijo a Leona, con la voz ronca—. Ya es suficiente.
Salieron de la habitación en silencio, y Max cerró la puerta con cuidado, como si temiera que el ruido pudiera romper a su madre en mil pedazos.
—Lo siento —dijo, apoyando la frente contra la pared del pasillo—. No debí traerte. No está bien.
—No te disculpes —respondió Leona, acariciando su espalda—. Necesitaba verla. Para entender.
—¿Entender qué?
—Entender de dónde viene tu culpa —dijo Leona—. Y por qué te castigas tanto.
Max se giró hacia ella, y por un instante, vio al niño que había sido, el que había perdido a un hermano y a una madre el mismo día.
—A veces la miro y me pregunto qué habría pasado si hubiera sido yo quien condujera aquella noche —susurró—. Si ella habría perdido al hijo que le importaba.
—No digas eso —lo reprendió Leona, con una firmeza que la sorprendió—. Tú también le importas. Lo he visto en sus ojos.
Max soltó una risa amarga.
—En sus momentos de lucidez, quizá. El resto del tiempo, soy un extraño. El hijo que sobrevivió cuando debió morir el otro.
—No debió morir ninguno —dijo Leona, tomando su rostro entre las manos—. Y lo que pasó no fue tu culpa. Nunca lo fue. ¿Cuándo vas a creértelo?
Max la miró a los ojos, y por un momento, la armadura de hielo que había construido durante dos años se resquebrajó del todo.
—Cuando tú me lo dices —respondió, con una honestidad brutal—. Solo cuando tú me lo dices.
Leona lo besó entonces, con una ternura que era también una promesa. Y en el pasillo oscuro del ala este, con el olor a cera y a flores marchitas impregnando el aire, Max Hidalgo dejó caer por fin la última pieza de su armadura.
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Esa noche, mientras cenaban en la cocina con Alma, Max hizo una pregunta que dejó a Leona sin aliento.
—¿Has pensado alguna vez en quedarte? —preguntó, con la mirada fija en su plato, como si no se atreviera a mirarla a los ojos—. No como empleada. Sino… como algo más.
Alma, que estaba dibujando en una servilleta, levantó la cabeza.
—¿Como una princesa? —preguntó, con los ojos muy abiertos—. ¿Leona va a ser una princesa?
Max sonrió, y fue una sonrisa que Leona guardaría en la memoria para siempre.