Arena y Hielo

Capítulo 12: El Ojo de la Tormenta

La felicidad duró tres semanas.

Fueron días de una normalidad que Leona nunca había imaginado posible. Max pasaba las mañanas trabajando en su estudio —aunque ahora la dejaba entrar para hacerle compañía mientras revisaba documentos— y las tardes las dedicaba a Alma, a quien estaba enseñando a montar a caballo en el picadero que llevaba años abandonado. Leona los veía desde la ventana de la cocina, con una sonrisa que no podía reprimir.

Pero todo cambió una noche, cuando Max recibió una llamada que lo hizo palidecer.

—¿Estás seguro? —preguntó al teléfono, con la voz tensa—. ¿Cuándo?

Leona estaba sentada en el sofá de la biblioteca, leyendo un libro que él le había recomendado. Al ver su expresión, cerró el libro y se incorporó.

—¿Qué pasa?

Max colgó y se pasó una mano por el rostro.

—Álvaro ha desaparecido —dijo, con la voz plana—. Nadie sabe dónde está. Ni sus abogados, ni sus socios, ni sus hombres de confianza.

—¿Desaparecido? —Leona sintió un escalofrío—. ¿Qué significa eso?

—Significa que ha dejado de jugar con las reglas —respondió Max, con la mandíbula tensa—. Significa que va a atacar, y no quiere que nadie sepa cuándo ni cómo.

Leona se levantó del sofá, con el corazón latiéndole con fuerza.

—¿Qué hacemos?

Max la miró, y en sus ojos había una determinación que la heló.

—Tú y Alma se van de aquí. Mañana mismo. Tengo una casa en la costa, en un pueblo pequeño donde nadie las encontrará. Fuentes me ha dado un contacto allí, un policía local de confianza.

—No —respondió Leona, con la misma firmeza de siempre—. Ya hemos hablado de esto.

—Leona, por favor —Max se acercó a ella, tomándole las manos—. Esta vez es diferente. Si Álvaro ha desaparecido, significa que está planeando algo. Y no voy a arriesgarme a que tú y Alma estén aquí cuando ocurra.

—Y tú —dijo Leona, aferrándose a sus manos—. ¿Qué vas a hacer tú?

—Voy a quedarme —respondió Max, con una calma que era más aterradora que cualquier grito—. A esperarlo. A terminar esto de una vez.

—No —Leona sintió que el pánico le agarraba la garganta—. No voy a dejarte aquí solo.

—No estaré solo —dijo Max, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Tendré a Fuentes, a la seguridad… y a mi conciencia, que me ha hecho buena compañía estos años.

—No es gracioso —lo reprendió Leona, con las lágrimas ardiéndole en los ojos—. No puedes pedirme que me vaya mientras tú te quedas a enfrentarte a él.

—Puedo —respondió Max, con una ternura que le rompió el corazón—. Y lo hago. Porque si algo te pasara, Leona, no podría vivir con eso. Ya he perdido demasiado. No voy a perderte a ti también.

Leona quiso protestar, quiso decirle que era una idiotez, que ella no era una princesa que necesitaba ser rescatada. Pero las palabras se atascaron en su garganta cuando él la abrazó, apretándola contra su pecho con una fuerza que le quitó el aliento.

—Prométeme que te irás —susurró contra su cabello—. Prométeme que la llevarás a un sitio seguro.

—No voy a prometerte nada —respondió Leona, con la voz quebrada—. Porque si te prometo que me voy, es como si aceptara que no voy a volver a verte.

Max separó su rostro del de ella, y en sus ojos había una determinación férrea.

—Vas a volver a verme —dijo, con una convicción que casi logró convencerla—. Esto va a terminar, y vas a volver. Y entonces… entonces ya no tendremos que separarnos nunca.

Leona lo besó con una desesperación que sabía a despedida, y él respondió con la misma intensidad, como si quisiera grabar en su memoria el sabor de sus labios, el calor de su cuerpo, el latido de su corazón.

Cuando se separaron, ambos temblaban.

—Mañana —dijo Max, con la voz ronca—. Lidia las llevará al amanecer. Antes de que nadie sepa que se han ido.

—Mañana —repitió Leona, como si la palabra fuera un juramento.

---

No durmieron esa noche. Pasaron las horas abrazados en la cama de Max, hablando de todo y de nada. Él le contó cómo era Darío, con sus risas fáciles y su manía de coleccionar cosas inútiles. Ella le contó cómo había conocido a la señora Castells, y cómo la anciana le había enseñado a coser mientras le cantaba canciones de su tierra.

—Cuando esto termine —dijo Max, cuando el cielo comenzaba a clarear—, quiero que me enseñes a coser.

Leona soltó una risa temblorosa.

—¿Tú? ¿El heredero de los Hidalgo, cosiendo?

—Quiero saber hacer algo con mis manos —respondió él, con una sonrisa que era más un gesto de valentía que de alegría—. Algo que no sea destruir.

Leona apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón.

—Te enseñaré —prometió—. Y tú me enseñarás a montar a caballo. Y a leer poesía. Y a ser…

—¿A ser qué?

—A ser feliz —susurró ella—. Porque nunca lo he sido. No de verdad. Hasta ahora.

Max la abrazó más fuerte, y por un momento, el mundo exterior dejó de existir. Solo estaban ellos dos, en esa habitación que había sido una prisión y ahora era un refugio, aferrándose a los minutos que les quedaban antes de que el amanecer los separara.

Cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana, Max se levantó con una lentitud que revelaba su reticencia.

—Es hora —dijo, con la voz ronca.

Leona asintió, sin encontrar palabras. Se vistió en silencio, con movimientos mecánicos, como si su cuerpo actuara independientemente de su voluntad. Max la observaba desde la puerta, con una expresión que era puro dolor contenido.

—Voy a despertar a Alma —dijo ella, al pasar junto a él.

Max la detuvo con una mano en el brazo.

—Leona…

Ella se giró, y él la besó una última vez, con una suavidad que contrastaba con la urgencia de los besos anteriores. Fue un beso de despedida, pero también de promesa.

—Vuelve a mí —susurró él contra sus labios—. Por favor.

—Siempre —respondió ella, con la certeza de quien acaba de hacer un juramento—. Siempre volveré a ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.