Los primeros días en la casa de la costa fueron una agonía de espera. Leona se levantaba con el sol, preparaba el desayuno, paseaba con Alma por los senderos del acantilado, cocinaba, leía, intentaba llenar las horas con actividades que ahogaran el eco de su propia ansiedad. Pero cada noche, cuando Alma dormía, se sentaba junto al teléfono, mirándolo, esperando que vibrara.
Max llamaba todos los días a la misma hora. Eran conversaciones breves, tensas, llenas de lo que no se decían.
—¿Todo bien? —preguntaba él.
—Todo bien —respondía ella—. ¿Y tú?
—Todo bien.
Pero ninguno de los dos creía esas palabras. Leona podía oír la fatiga en su voz, la tensión que se filtraba entre las sílabas. Sabía que no estaba durmiendo, que se pasaba las noches en vela, esperando a Álvaro. Sabía que los hombres de seguridad patrullaban la mansión día y noche, que Fuentes había intensificado la vigilancia, que algo estaba a punto de ocurrir.
El sexto día, la llamada no llegó.
Leona esperó una hora, dos, tres. Cuando el sol comenzó a ponerse, marcó el número de Lidia.
—¿Qué pasa? —preguntó, sin preámbulos, cuando la cocinera atendió.
—No lo sé, niña —respondió Lidia, con una voz que Leona no le había oído nunca: preocupada, tensa—. El señorito salió esta mañana con Fuentes. Dijeron que volverían al mediodía. No han vuelto.
—¿Has llamado a su móvil?
—No contesta. Nadie contesta.
Leona sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
—Voy para allá —dijo, y colgó antes de que Lidia pudiera protestar.
Alma estaba dibujando en la mesa de la cocina, ajena al pánico que recorría las venas de su hermana.
—Alma —dijo Leona, con una calma que no sentía—. Vamos a hacer un viaje.
—¿A dónde? —preguntó la niña, con los ojos muy abiertos.
—A casa. A casa de Max.
Alma sonrió y se levantó de un salto.
—¿Max nos va a enseñar a montar a caballo?
—Sí —dijo Leona, mientras recogía sus cosas con manos temblorosas—. Max nos va a enseñar muchas cosas.
---
El viaje de vuelta a Barcelona fue una pesadilla de carreteras vacías y silencios tensos. Leona condujo el coche que Lidia había dejado en la casa, con Alma dormida en el asiento trasero, y cada kilómetro que avanzaba era un latigazo en el pecho. En su mente, se repetían todas las posibilidades: Max herido, Max desaparecido, Max…
No. No iba a pensar en eso.
Cuando llegó a la mansión, las verjas estaban abiertas. Eso era lo primero que notó. Las verjas que siempre estaban cerradas, que Max mandaba revisar cada noche, estaban abiertas de par en par.
Leona aparcó en la entrada, con el corazón latiéndole tan fuerte que creyó que iba a estallar.
—Quédate aquí —dijo a Alma, con una firmeza que no admitía réplica—. No salgas del coche. Pase lo que pase.
—Leona, tengo miedo —susurró la niña.
—No tengas miedo —respondió Leona, besándole la frente—. Voy a buscar a Max. Vuelvo enseguida.
Salió del coche y corrió hacia la puerta principal. Estaba entreabierta, y el recibidor estaba vacío, pero había señales de lucha: una silla volcada, un jarrón roto en el suelo, un teléfono colgando del cable.
—¿Max? —gritó, con la voz quebrada—. ¿Max?
No hubo respuesta.
Subió las escaleras de dos en dos, hacia el estudio, hacia la habitación de Max, hacia cualquier lugar donde pudiera encontrar a alguien. En el primer piso, encontró a Lidia.
La cocinera estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, una mano en la mejilla ensangrentada.
—Lidia —Leona se arrodilló junto a ella, tomándole la mano—. ¿Qué pasó? ¿Dónde está Max?
—Álvaro —respondió Lidia, con la voz débil—. Llegó hace una hora. Con hombres. Muchos hombres. Se llevaron a Max.
El mundo se detuvo. Leona sintió que el suelo se abría bajo sus pies, que el aire se volvía demasiado denso para respirar.
—¿A dónde? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿A dónde se lo llevaron?
—No lo sé —Lidia cerró los ojos, con un gemido de dolor—. Dijeron algo de la fábrica. La fábrica textil. Donde empezó todo.
Leona se puso de pie, con las piernas temblorosas pero la mente más clara que nunca.
—Llama a Fuentes —dijo—. Diles que vayan a la fábrica. Yo voy para allá.
—No, niña —Lidia intentó levantarse, pero cayó de nuevo—. No puedes ir sola. Álvaro tiene hombres armados. Te matará.
—Si no voy, matará a Max —respondió Leona, con una calma que la asustaba—. Y no voy a permitir que eso pase.
Salió corriendo, sin mirar atrás. En el coche, Alma seguía sentada en el asiento trasero, con los ojos muy abiertos y Nube apretado contra su pecho.
—Alma —dijo Leona, arrodillándose junto a la puerta—. Necesito que seas muy valiente. ¿Puedes?
Alma asintió, con la barbilla temblorosa.
—Lidia está dentro. Está herida, pero va a estar bien. Necesito que te quedes con ella. Que la cuides. ¿Puedes hacerlo?
—¿Y tú? —preguntó Alma, con lágrimas en los ojos—. ¿A dónde vas?
—Voy a buscar a Max —respondió Leona—. Vuelvo enseguida. Te lo prometo.
Alma la abrazó con fuerza, y Leona sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.
—Promételo —dijo la niña, con una seriedad que no era propia de sus ocho años—. Promételo de verdad.
—Te lo prometo —susurró Leona—. Te lo prometo por mi vida.
Se separó de Alma, la ayudó a bajar del coche y la llevó hasta la entrada, donde Lidia ya se arrastraba hacia la puerta.
—Cuídala —dijo a Lidia, entregándole a la niña como quien entrega lo más preciado que tiene.
—Leona… —Lidia intentó detenerla, pero ella ya corría hacia el coche.
El viaje a la fábrica fue un borrón de luces y sombras. Leona conducía como nunca había conducido, esquivando coches, saltándose semáforos, con una única idea fija en la cabeza: llegar. No sabía qué iba a hacer cuando llegara. No sabía cómo iba a enfrentarse a Álvaro y sus hombres. Pero sabía que no podía quedarse de brazos cruzados mientras Max estaba en peligro.