Las horas siguientes fueron un torbellino de llamadas telefónicas, declaraciones a la policía y visitas al hospital. El rostro de Max tenía una costilla fracturada, tres puntos en la ceja y un ojo amoratado que lo hacía parecer un boxeador después de una mala pelea. Pero estaba vivo. Esa era la única verdad que importaba.
Fuentes apareció en la sala de urgencias cuando aún estaban limpiando las heridas de Max. Era un hombre de mediana edad, con cara de cansancio y ojos que lo habían visto todo.
—Lo tenemos —dijo, sin preámbulos—. A Álvaro y a sus hombres. La confesión que grabó la señorita Vargas es suficiente para cerrar el caso. Y las pruebas que nos dio usted, señor Hidalgo… —negó con la cabeza—. Su hermano no vuelve a salir.
Max estaba sentado en la camilla, con la camisa manchada de sangre y una mirada perdida que Leona no le había visto desde los primeros días.
—¿Qué pasará con él? —preguntó, con la voz ronca.
—Será juzgado —respondió Fuentes—. Por la muerte de Darío Hidalgo, por intento de homicidio contra usted, por asociación ilícita… la lista es larga. Si todo sale bien, pasará muchos años en prisión.
Max asintió lentamente, como si las palabras tardaran en llegar a su cerebro.
—¿Y mi madre?
Fuentes intercambió una mirada con Leona.
—Su madre está bien. Lidia la ha tranquilizado. No sabe nada de lo ocurrido.
—Mejor así —murmuró Max.
Cuando Fuentes se fue, Max se quedó en silencio, mirando la pared blanca del hospital. Leona se sentó a su lado y tomó su mano.
—¿Estás bien? —preguntó, aunque sabía que no lo estaba.
—No lo sé —respondió él, con honestidad—. Creía que cuando esto terminara, me sentiría aliviado. En cambio, me siento… vacío.
—Es normal —dijo Leona, acariciando sus dedos—. Has estado dos años obsesionado con esto. Ahora que se acabó, tienes que aprender a vivir sin esa obsesión.
Max la miró, y en sus ojos había una vulnerabilidad que le partió el corazón.
—¿Y si no sé cómo?
—Aprenderás —respondió ella—. Yo te enseñaré. Como prometí.
Max sonrió, una sonrisa cansada pero real.
—¿Y si no soy bueno aprendiendo?
—Entonces te obligaré —dijo Leona, con una sonrisa que iluminó la penumbra de la sala—. Te obligaré a ser feliz aunque no quieras.
Max soltó una risa débil y apretó su mano.
—Trato hecho.
---
Cuando volvieron a la mansión, el amanecer estaba tiñendo el cielo de tonos rosas y naranjas. Alma salió corriendo a recibirlos, con Nube en los brazos y el pijama arrugado.
—¡Max! —gritó, lanzándose a sus brazos—. ¡Leona dijo que iba a buscarte y te ha encontrado!
Max la levantó con cuidado, haciendo una mueca de dolor que Leona fue la única en notar.
—Sí —dijo, con una voz que era un susurro—. Me ha encontrado.
—¿Te has hecho daño? —preguntó Alma, tocando su ojo amoratado con una delicadeza que hizo que Leona sintiera un nudo en la garganta.
—Un poco —admitió Max—. Pero ya me voy a poner bien.
—Mi abuela decía que cuando te haces daño, hay que poner algo frío —dijo Alma, con la seriedad de quien comparte un conocimiento ancestral—. ¿Quieres que te ponga algo frío?
—Sí —respondió Max, con una sonrisa que era lágrimas y luz—. Me encantaría.
Alma salió corriendo hacia la cocina, y Leona se acercó a Max, rodeándolo con un brazo.
—Vas a estar bien —susurró—. Todos vamos a estar bien.
Max apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.
—Lo sé —dijo—. Contigo, lo sé.
---
Los días que siguieron fueron de una reconstrucción lenta. Max tuvo que enfrentarse a los abogados, a la prensa, a los socios que de repente querían distanciarse del apellido Hidalgo. Pero también tuvo tiempo para otras cosas. Para sentarse en el jardín con Alma y enseñarle a montar a caballo. Para leerle poemas a Leona en la biblioteca. Para aprender a coser, con torpeza de principiante, mientras ella reía a su lado.
Una tarde, mientras caminaban por la playa cerca de la casa de la costa —la que ahora visitaban los fines de semana, cuando Max podía alejarse de los negocios—, él se detuvo y la miró con una intensidad que le aceleró el pulso.
—¿Qué pasa? —preguntó Leona, con el agua fría lamiéndoles los pies.
Max metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó algo que brillaba bajo el sol. Era un anillo. Pequeño, sencillo, con una piedra azul que recordaba el color del mar.
—Sé que es pronto —dijo, con una voz que temblaba ligeramente—. Sé que hay mil razones por las que debería esperar. Pero también sé que no quiero esperar. No quiero perder un solo día más sin que sepas que quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Leona miró el anillo, y luego a él, y luego el anillo otra vez.
—Max…
—No tengo que ser rico —la interrumpió él, con una prisa que delataba su nerviosismo—. Podemos vender la mansión, la fábrica, todo. Podemos vivir aquí, en la playa, con los conejos de Alma y las tazas de colores de tu abuela. Podemos…
—Cállate —dijo Leona, y lo besó.
El beso fue salado, por el mar, y dulce, por las lágrimas que corrían por sus mejillas. Max la abrazó con fuerza, olvidando las costillas, olvidando el dolor, olvidando todo excepto el calor de su cuerpo contra el suyo.
Cuando se separaron, él le puso el anillo en el dedo con manos temblorosas.
—¿Es un sí? —preguntó, con la voz quebrada.
—Es un sí —respondió Leona, con una sonrisa que iluminó su rostro como el sol iluminaba el mar—. Por supuesto que es un sí.
Detrás de ellos, Alma corría por la orilla, persiguiendo olas, con Nube II —el nuevo conejo que Max le había regalado— saltando a su lado. Y en algún lugar de Barcelona, Álvaro esperaba su juicio, y la mansión de los Hidalgo se vaciaba de fantasmas, y el mundo seguía girando.
Pero en ese momento, en esa playa, con las manos entrelazadas y los pies en el agua, Max y Leona no pensaban en nada de eso. Solo pensaban en el ahora. En el futuro que habían construido juntos, ladrillo a ladrillo, desde el odio más profundo hasta el amor más inesperado.