Una vez más calmada, y con la seguridad de encontrarse en el interior de su refrescante bungaló, Carrie se sirvió un vaso de jugo y repasó, mientras caminaba de extremo a extremo de la pequeña sala, el cruce de palabras sostenido con el juez Carver. Le había respondido a su pregunta usando el idioma español: <<No entiendo lo que me dice, no hablo inglés>>, a lo que el obeso personaje había dicho, aun utilizando el inglés: <<disculpe, pero usted no parece de por aquí y estoy seguro de haberla visto en algún lado>>, su enfermiza mirada volviendo a recorrer el esbelto cuerpo de la muchacha antes de volver a sembrarse en sus ojos. Recordando los cursos de teatro de la escuela, se había limitado a mirar al hombre empleando una expresión de total incomprensión a la que este había respondido: << ¿No serás alguna de esas muchachas descarriadas que pasaron por mi corte? Sé que nunca olvido una cara bonita…>>. Ante aquellas palabras, le había quedado imposible evitar sonrojarse, lo que había provocado una sonrisa maliciosa por parte del fastidioso hombre, quien justo en ese instante, y para alivio de ella, se vio interrumpido por la malhumorada intervención de la mujer que lo acompañaba. Viendo cómo la pareja se alejaba hacia la orilla del mar, se levantó rápidamente y apresuró su paso, sin querer mirar a nadie ni a nada de lo que la rodeaba hasta que se encontró de vuelta en su bungaló.
Ahora se resistía a tener que permanecer escondida, más cuando se trataba de un asunto del pasado, algo que se había solucionado, algo que debía quedar en el pasado y no regresar jamás. Se dio una ducha, se puso un short y una camiseta, y sin preocuparse por llevar alguna clase de calzado, como estaba acostumbrándose desde su llegada a Santa Marta, salió con rumbo a la recepción del resort.
–Hola, Clara, ¿tú me puedes ayudar en algo?
–Señorita Carrie, ¿cómo está? Con mucho gusto, ¿qué se le ofrece? –le respondió la joven y amable encargada de la recepción.
–Es que… necesito saber cuándo se marcha uno de nuestros huéspedes –Carrie puso su mejor sonrisa.
La recepcionista se inclinó levemente hacia adelante y le susurró al oído:
–Se supone que esa es información privada, pero no importa, dígame de quién se trata.
–El señor Carver, es de los Estados Unidos, creo que está con su esposa.
–¿Lo conoces personalmente? –preguntó la recepcionista al tiempo que miraba los records.
–Por favor no se lo vayas a decir, pero sí, él vive en el pueblo del que yo vengo allá en New Jersey, y pues…
–Sí, aquí lo tengo –dijo Clara, y nuevamente se inclinó para susurrar al oído de Carrie –: y te confieso que no me gusta la manera de mirar de ese señor…
–Así es… Me lo encontré hace un rato en la playa y no me quitaba los ojos de encima, con esa mirada de…
–…viejo verde –la interrumpió Clara provocando una risa conjunta.
–Mira, él está aquí con su esposa, la señora Judith Carver… –Clara miró la ficha firmada por los huéspedes–. Te cuento que llegaron anteayer y se quedan hasta el miércoles.
–Gracias, Clara, te debo una, es que no te imaginas el fastidio que me produce ese hombre.
Siendo domingo, tenía cuatro días más para lidiar con la presencia de aquel individuo. Era fundamental el evitar encontrárselo nuevamente, pero detestaría el verse obligada a quedarse encerrada en su bungaló en sus ratos libres, como si no hubiese tenido suficiente encierro durante el último año de su vida. Probablemente la había reconocido, pero podría estar pensando que simplemente se trataba de un huésped más, y mientras las cosas se mantuvieran así, no habría problema alguno. Desechó su plan de salir a almorzar a alguna de las cafeterías, en las cuales tenía el privilegio de comer gratis, y prefirió prepararse un sánduche para después sentarse a ver una película. Se entretuvo viendo <<El Regreso del Jedi>> para después quedarse dormida, sueño que sería interrumpido por alguien que tocó a la puerta, unos minutos antes de las seis de la tarde. Se levantó rápidamente del sofá y al abrir se encontró con uno de los botones, quien le informó el deseo del gerente del resort por conocerla. Le informó que este había regresado de su viaje y al verse en la necesidad de partir nuevamente al día siguiente, solo le quedaba el domingo a esa hora para entrevistarse con ella.
–Gracias, ¿y en dónde me espera?
–Está en la cafetería principal, pero como usted no lo distingue, si quiere la espero y la llevo hasta él.
Carrie se refrescó la cara, acomodó su cabello y algo de maquillaje lo mejor que pudo, y en vista de que era su jefe al que iba a conocer, prefirió ponerse unas sandalias. Recorrió el sendero en compañía del muchacho hasta llegar al borde de la cafetería.
–Señorita, el señor Ramírez es el que está de camisa azul clara en aquella mesa al lado de las matas –dijo el botones antes de dejarla sola en uno de los extremos de aquel lugar desprovisto de paredes. A la distancia, logró observar que se trataba de un hombre de mediana edad, probablemente bordeando los cincuenta, de contextura delgada, cabello oscuro con algunas canas en los costados y un rostro agradable. Se encontraba solo, con un vaso que parecía contener un jugo de color blanco, y estaba entretenido mirando un periódico. Carrie miró a su alrededor, asegurándose de la ausencia del juez Carver; al no verlo por ningún lado sintió el alivio necesario para cubrir la distancia que la separaba de su jefe. Le faltaban solo un par de pasos para llegar a la mesa cuando el gerente levantó la mirada y le ofreció lo que Carrie consideró una linda sonrisa. No solamente eran perfectos sus dientes, también su rostro continuaba siendo igual de agradable a como lo había juzgado desde la distancia. Pensó en que si ella fuese algunos años mayor no tendría inconveniente en salir con ese apuesto hombre, pero jamás se había sentido entusiasmada o atraída por hombres mayores, y mucho menos si se trataba de su jefe y pudieran tener la misma edad de su padre.