Arenas Blancas

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Nunca pensó tener que pasar la mayor parte del día en un hospital. La idea de Santiago, para ese lunes, había sido la de ir trotando hasta el resort Arenas Blancas, acercarse a la recepción y preguntar por la señorita Carrie Prescott. Volverla a ver, darle un enorme abrazo, escuchar todo acerca de lo sucedido desde el último día en que se habían visto en la lejana Nueva Jersey, y si todo iba de acuerdo con lo deseado, estar abrazándola, parado junto a ella mientras la besaba y miraban juntos el atardecer. Pero la realidad había sido otra. Pocos minutos después de las nueve de la mañana, cuando apenas había recorrido un par de cuadras en su camino hacia el resort, empezó a sentir un suave dolor en la rodilla golpeada la tarde anterior, molestia que con el paso de las calles fue recrudeciendo hasta convertirse en algo tan fuerte que lo obligó a detenerse. Le costó un esfuerzo enorme regresar a casa y una vez estuvo allí, los pañitos alternados de agua caliente y fría aplicados por su mamá no lograron rebajar el dolor ni la pequeña inflamación. Preocupada como toda madre, no dudó en llevarlo al hospital en donde después de más de una hora de espera logró que el médico de urgencias se fijara en su problema, ordenando inmediatamente que le fuese tomado un scanner de rodilla. Para su buena suerte, no había sufrido ningún tipo de traumatismo, la leve hinchazón presentada se debía al golpe recibido y lo único necesario para su recuperación consistía en tomar unas pepas desinflamantes y guardar completo reposo por los siguientes tres días.

–Si no te quedas quieto, se te puede complicar, así que mantén esa pierna quieta al menos hasta el viernes –fue lo que dijo el doctor antes de retirarse.

Santiago no lo podía creer: estaba agradecido al conocer el corto alcance de su lesión; no era como la de aquellos futbolistas que se veían obligados a esperar durante una larga recuperación de seis meses o más, pero él no tenía tres días, no tenía dos, necesitaba contactarla, necesitaba que Carrie se enterara de su presencia en Santa Marta, necesitaba verla como fuera.

Aquella noche, sintiéndose depresivo y con la tristeza a flor de piel, y después de haber marcado el número telefónico de Fabio varias veces, solo para que su hermano le informara que este había salido con Alan, llegó a la conclusión que tendría que ser su madre la que lo ayudaría. Había pensado en hablar con Fabio y pedirle el favor de dejarle una nota a Carrie en la recepción del lujoso resort, pero mientras su amigo no aparecía, la niña de sus sueños podría estar en aquel preciso momento alistando maletas para salir temprano al siguiente día hacia los Estados Unidos y su única oportunidad de volverla a encontrar se perdería para siempre. Aprovechó que su mamá se acercó a preguntarle cómo estaba para pedirle el favor.

–Necesito un favor inmenso, mami.

–Con mucho gusto, ¿de qué se trata? –dijo ella sentándose frente a él con expresión de amabilidad en su rostro.

–Es muy urgente que a una amiga le llegue una nota de mi parte…

–Explícamelo mejor, no te entiendo.

Sabía que tendría que contar todo lo que había sucedido si quería lograr la colaboración de su mamá, pero no quería que ella pensara mal de Carrie, como ya algunos lo habían hecho. Decidió omitir la información acerca de su detención, inventando que por aquellos días la niña que lo trasnochaba debió realizar un viaje de emergencia, siendo aquel el motivo que había dado al traste con todo lo planeado.

–Te gusta mucho, ¿verdad?

–Sí, pero no es solo eso, ¿no crees que es todo un milagro que, de todos los sitios en el mundo para ir de vacaciones, preciso esté aquí en Santa Marta?

–Escribe la nota y después de comer voy hasta allá, total en carro no creo que me demore más de diez minutos.

Siempre había agradecido tener una mamá comprensiva; sabía que era el resultado de haber sido un muchacho juicioso, alejado de los vicios, de la parranda excesiva, además de estar enterado que tanto sus padres como su hermana se morían por verlo salir con una muchacha. ¿Pero qué le podría escribir? Necesitaba las palabras precisas, algo que fuera certero y convincente, que no sonara ridículo, que mostrara su interés, pero sin dejarle saber que no había parado de pensar en ella. Tomó una hoja de papel, se quedó mirando las aspas del ventilador dando vueltas sobre su cabeza y después de unos minutos se decidió a escribir:

Carrie,

Creo que esto te va a parecer un milagro. Soy Santiago, tu amigo colombiano que estaba de intercambio en New Jersey hace un poco más de un año. El mismo con quien ibas a salir a cine y a comer pizza aquel viernes en que todo se dañó. Por aquellas coincidencias de la vida, estuve ayer en el resort en que estás hospedada y te vi cerca de una de las piscinas. Salí corriendo detrás de ti pero me caí y me pequé durísimo en una rodilla y ahora la tengo hinchada y no me puedo mover sino hasta el viernes. En serio quiero verte antes de que regreses a tu país, te dejo mi número telefónico abajo y mi dirección en El Rodadero. Por favor llámame apenas puedas.

Besos y abrazos.

Por haberla escrito en inglés, no estuvo seguro hasta haberla revisado más de cuatro veces; luego la dobló, la metió en un pequeño sobre de bordes azules y rojos, escribió el nombre de ella y le dio un pico después de cerrarla. Tuvo que contenerse lo que más pudo para no afanar a su mamá, quien parecía moverse en cámara lenta mientras servía la cena de todos, con excepción de la de su padre por encontrarse este en una reunión de trabajo en el centro de la ciudad. Se le pusieron los pelos de punta al ver cómo su hermana mayor, sin estar enterada de lo que sucedía, prolongaba la charla de sobremesa con los cuentos de sus amistades. Finalmente, un poco después de las ocho, su mamá tomó las llaves del auto, recibió la carta, la guardó en su cartera y salió con rumbo al resort en compañía de su hija, quien no paró de burlarse desde el momento en que se enteró del asunto. Ahora solo era cuestión de esperar. Calculó que en cosa de quince minutos su carta estaría en el casillero de la habitación de Carrie, serían otros diez minutos mientras la llamaban y se acercaba a recogerla y máximo otros diez mientras la leía y le marcaba. Total, cuarenta y cinco minutos, o de pronto algo más si el encargado de la recepción andaba algo ocupado. Trató de entretenerse con la televisión, pero al poco tiempo se dio cuenta que era infructuoso. No lograba concentrarse en nada, solo pensaba en su mamá y su hermana conduciendo hacia el resort, hablando con la persona encargada de la recepción y en la sorpresa de Carrie al leer la carta. Cuarenta y cinco minutos después, y sin haber recibido llamada alguna, trató de convencerse a sí mismo que tendría que ser más paciente. Seguramente ella estaba por fuera de su habitación y aún no la habían podido contactar desde la recepción, o el tráfico hacia el resort podría estar pesado, o inclusive podría estar paseando por El Rodadero o por el centro de la ciudad, o podría haberse marchado de regreso a su país en las primeras horas del día. No, eso sería tener demasiada mala suerte; una vez más pensó que si el destino había hecho que lograra verla en Arenas Blancas, sería por algo importante que les tenía preparado.




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