La mañana no habría podido ser más larga. Después de haber desayunado una taza de cereal con jugo de naranja, tostadas y té, Carrie había recibido la llamada de la recepcionista del resort, quien le había comunicado que tenía un sobre esperándola en su casillero. Sorprendida por la noticia, al enterarse de que no se trataba de un sobre con el logotipo del resort, el cual podría tener alguna información con respecto a su trabajo, solo se le ocurrió pensar que podría tratarse de una carta de su amiga Sharon, siendo ella y su familia las únicas personas conocedoras de su paradero, además de ser también las únicas que estarían interesadas en comunicarse con ella. Había terminado de desayunar de manera apresurada y había salido corriendo a dictar clase con la idea de recoger la carta antes de almorzar. De haber tenido cinco minutos más la habría recogido antes de dirigirse a su aula de trabajo, pero la trasnochada de la noche anterior había logrado retrasarla a la hora de despertarse y ahora no paraba de pensar, mientras hacía repetir a sus alumnos algunas frases en inglés, cuál podría ser el contenido de aquella misiva.
–Bueno, ustedes cada día lo hacen mejor –dijo Carrie, dirigiéndose a sus alumnos–, creo que para la semana entrante van a estar hablando inglés mejor de lo que yo lo hago –las risas de todos no se hicieron esperar.
Unos minutos después el aula quedó desocupada y se apresuró a dirigirse hacia la recepción. El calor del medio día se sentía en los alrededores, pero no fue suficiente para disminuir el acelerado paso que llevaba. Tenía suficiente tiempo, dado que la clase de la tarde no empezaría antes de dos horas, pero llevaba varios días sin recibir noticias de su amiga, motivo suficiente para sentir que no podía esperar un minuto más. Sin embargo, al ingresar al área del lobby, se llevó las manos a la boca al ver al juez Carver cómodamente sentado a escasos metros de la recepción en compañía de su esposa y del señor Ramírez, gerente del resort. Dio la vuelta tan rápido como pudo y se escondió detrás del tronco de una palmera, desde donde se quedó observando cómo los tres personajes no paraban de hablar. Esperó por un poco más de tres minutos con la ilusión de ver al juez levantarse y alejarse en compañía de su esposa, pero entre más pasaba el tiempo más parecía estar entretenido con la charla del señor Ramírez. Fue cuando empezó a sentir una leve presión en su pecho; los nervios se apoderaron de su ser al no poder responder las preguntas que su mente se hizo: ¿de qué diablos podrían estar hablando?, ¿podría el maldito juez estar hablando acerca de ella?, pero ¿qué podría decirle? Simplemente que había visto hospedada en el resort a una muchacha que alguna vez él mandó a prisión. No podría decirle nada más dado que él no tenía conocimiento acerca de su trabajo en aquel lugar, ¿o sí lo tendría? En un momento determinado llegó a pensar que el señor Ramírez la había visto, pensamiento que desechó instantes después al darse cuenta de que el gerente no volvió a mirar en la dirección en la que ella se encontraba. Maldijo su suerte sin lograr entender por qué se estaba viendo obligada a seguir pagando, así fuera en pequeños detalles que restringían su libertad, por un crimen que no había cometido. ¿Hasta cuándo se vería obligada a vivir con eso? Ya había perdido a su familia, la libertad durante casi un año, el aprecio de algunos compañeros que dudaron de su inocencia, y ahora, ¿qué más tendría que perder? Estuvo escondida detrás de la palmera por cinco minutos más tratando de sonreírle a los que pasaban a su lado y la miraban, unos con expresión divertida y otros de sorpresa, hasta que decidió regresar por donde había venido y buscar refugio en su bungaló. Una vez estuvo de regreso, se preparó un sánduche que consumió junto con un vaso de jugo mientras pensaba que podría llamar a recepción y pedirle el favor a la encargada para que enviara a alguien con la carta a su bungaló. Pensó que no sería lo más correcto, si analizaba que sus compañeros de trabajo estaban allí para servir a los huéspedes y no a los trabajadores. Sin embargo, podría hacer una excepción, aunque fuera una sola vez. Lo pensó por un par de minutos más hasta que su mano hizo contacto con el auricular mientras la otra marcaba el número nueve que la comunicaba con recepción. No tardó en escuchar la voz de la que creía se llamaba Amparo, y con la que nunca había cruzado palabra.
–Hola, ¿eres Amparo?
–Sí, a la orden, señorita Prescott…
¿Había reconocido su acento, o desde la recepción tenían algún tablero que les indicaba de qué bungaló o habitación los llamaban?
–¿Tú me puedes hacer un gran favor? –pensó que su voz no había sonado muy segura.
–Sí, señorita, cuénteme.
–Es que… hay una carta para mí allá en la recepción…, tú crees posible que uno de los botones me la pueda traer a mi bungaló, yo sé que suena feo, pero es que…
–No se preocupe, señorita Prescott, se la mando apenas uno de ellos se desocupe, porque en el momento andan ocupados con la llegada de una excursión de muchachos de Estados Unidos, son como cincuenta.
–Perfecto, Amparo, no te preocupes, yo espero, muchas gracias.
Pero los minutos pasaron y la carta no llegó. Se tomó un vaso más de jugo, trató de concentrarse leyendo los últimos capítulos de su novela, pero viéndose incapaz de concentrarse cerró el libro y se preguntó a sí misma: << ¿pero qué carajos me pasa? Le estoy dando la importancia a una carta como si fuera de… de Santiago…, lo cual es totalmente imposible. Además, no tengo porque seguir haciéndome ilusiones de que él va a reaparecer en mi vida, eso es tan factible como que ese maldito juez no estuviera hospedado en este resort >>. Sus pensamientos se enfocaron en la idea de concentrarse, a partir de ese momento, en olvidarse del pasado y tratar de hacer, de lo que tenía, lo mejor para construirse un mejor futuro. Si algún milagroso día Santiago reapareciera en su vida, haría lo posible por volver a tener una oportunidad con él, pero no podía quedarse pensando en que esto sucedería y perder las oportunidades que se le podrían presentar. Se acordó de Fabio, el muchacho que había conocido la noche anterior. Parecía una buena persona y no estaba nada mal de físico, pero era demasiado pronto para saber si algo podría llegar a nacer entre ellos. Tenía que tomar las cosas con calma, dejar que llegaran solas, a su propio ritmo, a la velocidad que ellas quisieran, sin forzarlas, sin afanarlas. Miró el reloj que mantenía sobre la pequeña nevera para darse cuenta de que faltaban diez minutos para las dos de la tarde, la hora en que debería empezar a dictar su lección de la tarde. Se refrescó la cara, organizó su maquillaje y salió con destino a su lugar de trabajo. Durante el recorrido se encontró con varios grupos de jóvenes de ambos sexos hablando en inglés, los cuales llevaban en sus manos morrales y maletines y parecían estar en la búsqueda de los bungalós asignados para su hospedaje. Uno de ellos, un muchacho que no podría haber sido más atractivo para su gusto, dueño de unos penetrantes ojos azules y un cabello negro que contrastaba con la blancura de su rostro, le preguntó en un mal pronunciado español: