Arenas Blancas

34

Santiago estaba tratando de distraer su mente mediante la lectura de una novela de la segunda guerra mundial. Aunque el tema le llamaba la atención, su verdadera intención era la de no seguir rompiéndose la cabeza con los pensamientos de Carrie y de Verónica. Hubiese sido genial tenerla fácil, poder concentrarse en la rubia de Santa Marta y olvidarse por completo de la muchacha norteamericana. Sin embargo, las cosas nunca eran fáciles o por lo menos, en ciertas ocasiones, la gente misma se encargaba de complicarlas pudiendo no hacerlo. La ruta sencilla, la más directa, era la de ennoviarse con la rubia y pasar la página de su historia con la norteamericana; pero si Carrie estaba en Santa Marta, en el mismo momento en el que él también estaba, existiendo miles o millones de lugares a los que ella habría podido ir después de su paso por la prisión juvenil, era un hecho que significaba algo importante, especial, dictado por el destino, y eso no se podía dejar pasar. Solo le quedaba tener un poco más de paciencia y esperar a ver si Carrie aparecía. Volvió a mirar las páginas de su libro, pero fue interrumpido por la presencia de su hermana.

–¿No que es una gringa la que le gusta?

–La que vino no era Carrie, era Verónica, una vieja de aquí que está detrás de mí –le respondió Santiago a su hermana.

–Pero esa pelada está bonita…

–Yo sé… –respondió Santiago, poniendo el libro que estaba leyendo sobre su mesa de noche con la idea de prestar mayor atención a las palabras de Carolina.

–¿Y qué? ¿Ya lo llamó la gringa? –Carolina se sentó al borde de la cama.

–No, nada, quien sabe si ya le hayan entregado la carta…

–Santiago, han pasado veinticuatro horas, imposible que no.

¿No será que se la entregaron, pero ya se devolvió a Nueva Jersey y no tuvo tiempo de llamarme? –era una posibilidad que había estado rondando la mente de Santiago durante las últimas horas.

–¿Cuál se devolvió? No ve que ella está trabajando en ese sitio…

Un más que sorprendido Santiago se incorporó con la agilidad de un gato, su rostro mostrando una expresión de total incredulidad.

–Usted me está tomando del pelo, con eso no se juega.

–¿Acaso mi mamá no se lo dijo?

–No, para nada, ¿cómo así que Carrie está trabajando en Arenas Blancas?

–Pues cuando llegamos, la vieja de la recepción estaba como perdida, como que no sabía quién era su tal Carrie, pero al momentico llegó otra loca y le dijo que era la nueva profesora de inglés.

–¿Está segura de eso?

–No, es que a mí me pagan por venir aquí a decirle mentiras a usted… Pues claro que estoy segura, yo pensé que mi mamá se lo había dicho –Carolina subió el tono de voz.

–No tenía ni idea –dijo Santiago, su sonrisa desplegada de oreja a oreja, su corazón empezando a latir a mayor velocidad–, ¡pero eso sí es un milagro! Es que es demasiada coincidencia… En serio que no lo puedo creer…

–Pero si no lo ha llamado… —Carolina arrugó los labios y se rascó la cabeza.

–Pues sí –dijo Santiago sintiendo la manera cómo se volvía a desacelerar.

–Oiga, ¿y si usted va hasta allá? —Carolina movió la cabeza indicando la dirección de Arenas Blancas.

–¿Con esta rodilla así? –Santiago se miró la inflamación de la rodilla, la cual había disminuido casi que en su totalidad; para quien no estuviera enterado de su caída le sería difícil descubrir que algo había pasado en aquella pierna.

–No le estoy diciendo que se pare ahorita mismo y coja para allá, pero por ahí en dos días, el jueves… –Carolina puso su mirada en la rodilla afectada.

–Como quien dice, pasado mañana.

–¡Uy, sabe contar! –dijo ella antes de mostrar una leve sonrisa.

–¿Usted me puede llevar? Es que ni modos de trotar así y me da como vaina coger bus, y pues de caminar… ni pensarlo.

–Para eso están los taxis, allá afuera hay varios; pasan frente a este edificio y lo pueden dejar en la puerta de ese resort.

–Es que no es por tirármelas de nada, pero es que de la entrada de Arenas Blancas hasta la recepción hay que caminar un resto, en cambio si llego en carro se puede parquear más cerquita.

–Pues maneje usted, ¿no le parece?

–Es que me da vaina con la rodilla, no la quiero mover mucho.

–Tiene razón… —Carolina miro a su alrededor antes de decir —: pues si insiste, yo le digo a mi mamá que nos preste el carro el jueves por la tarde y vamos, pero me gasta helado, y de dos sabores.

–Le gasto lo que quiera.

–Que conste –dijo Carolina torciendo la boca.

–Seguro, no se preocupe, con tal de volver a ver a Carrie, lo que sea…

–¿Y si la gringa ya anda con alguien? ¿No disque es un bombón?

–No sería raro… Pero sí, es divina, más que divina.

—Uy, la objetividad del enamorado.

—No, es que en serio: tiene la mezcla perfecta, y su modo de ser era genial.

–Pues ojalá todo se le dé, porque si no, ahí sí le tocaría conformarse con la que vino hace un rato.




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