Casi que había olvidado lo que era besar. Podría contar más de año y medio desde la última vez que lo había hecho, con aquel compañero de la escuela que había salido durante un mes. Se trataba de una de aquellas relaciones que habían significado muy poco, pero que en su momento ayudaron a sacarla del aburrimiento. Había pasado los últimos minutos relatándole a Santiago los detalles de su horrible experiencia, pero desde el momento en que él la había besado las palabras pasaron a un segundo plano y ahora sentía que no quería dejar de hacerlo.
Al bajarse del taxi que la había traído hasta El Rodadero recordó, no solamente por qué no lo había podido olvidar, sino también la razón por la cual se había fijado en él desde el primer momento, aquella lejana tarde en el aula de clase de Mr. Roberts. Definitivamente era un muchacho bastante atractivo, y con una energía sumamente especial. No se trataba del estilo de energía irradiada por Fabio, quien daba la impresión de no querer quedarse quieto un solo segundo. Era una energía positiva que irradiaba la sensación de armonía, tranquilidad y seguridad, la de alguien en quien se podría confiar plenamente. Y precisamente era eso lo que ahora buscaba. La pérdida de su libertad, seguida por la de su familia, no había sido nada fácil. Era consciente de la gran ayuda prestada por el papá de Sharon, sin la cual le habría sido imposible seguir adelante, pero ahora sentía que el complemento perfecto lo encontraría en alguien como Santiago. No se trataba simplemente del muchacho apuesto y buena persona que sería fácil de encontrar, sabía que se trataba de algo mucho más profundo, de algo que seguramente solo se veía una vez en la vida, algo que no podría dejar escapar.
–Creo que estuve cerca de sufrir un infarto apenas escuché al juez Carver dictar la sentencia –Carrie, tomando un descanso de lo que había sido uno de los momentos más especiales de su vida, continuó con el relato de los sucesos ocurridos un año atrás–. Recuerdo que no podía parar de llorar… Inclusive me atreví a decirle que estaba cometiendo una gran injusticia, pero el tipo se limitó a mirarme y con su maldita sonrisa me dijo que si no me callaba aumentaría mi sentencia… Mi abogado de oficio, porque mis padres nunca quisieron contratar a alguien que me defendiera, se limitó a tomarme por el hombro y decirme que hubiera podido ser peor, que me hubieran podido dar cinco años, y que, si me portaba bien, podría salir en un año, pero yo nunca me porté bien…
–Entonces, ¿cómo saliste antes? –preguntó Santiago, su brazo izquierdo alrededor de su cintura mientras su mano derecha apretaba suavemente la rodilla de la niña de sus sueños.
–Espera, que no hemos llegado a ese punto…
–Perdona… –Santiago le dio un pico en la mejilla antes de que ella continuara.
–Ese día en la corte entré en un estado de shock, de histeria, cuando me llevaban por un angosto corredor de regreso a la van que me devolvería a la prisión… –Carrie pasó saliva antes de continuar–. Ahí fue cuando comprendí el tamaño de mi desgracia… Siempre había tenido la esperanza de que las cosas se aclararan, de que la maldita Julie y ese narcotraficante dirían la verdad y el juez me declararía inocente y podría regresar a casa… Pero no fue así, ellos se mantuvieron en la versión de que la bolsa de marihuana era mía…
–Pero tengo entendido que a ellos también los condenaron, eso fue lo que dijo Sharon, además yo no volví a ver a ese par en la escuela…
–Sí, en ese momento su patraña no les sirvió de nada, el juez dijo que ellos eran igualmente culpables… Dijo que eran cómplices, que la bolsa había estado a la vista de todo el mundo y que ellos habrían podido denunciarme –Carrie se puso de pie súbitamente, caminó los pocos metros que la separaban del agua, se mojó las piernas hasta la altura de las rodillas, se giró para ofrecerle una amplia sonrisa a Santiago, y regresó a sentare a su lado.
–Creo que necesitaba refrescar mis piernas –alcanzó a decir antes de darle un beso al que ahora empezaba a considerar como su novio.
–A ellos les dieron los mismos dos años que a mí, con la diferencia de que sus padres estuvieron presentes en la corte y se gastaron una pequeña fortuna pagándole a sus abogados.
–¿Pero a Julie la mandaron al mismo sitio donde tú estabas?
–Sí, y creo que ahí tuve mi pequeña venganza… Bueno, la verdad es que yo no hice nada, pero me divertí bastante viendo como las demás la trataban… Ella era nueva en aquella prisión, mientras que yo ya llevaba un mes, ya sabes, sus padres habían pagado la fianza, entonces ella solo había estado en el calabozo de la estación por unas pocas horas. Pero cuando llegó a aquel sitio, no paraba de quejarse por todo y como es muy vanidosa, las otras no la dejaban en paz, como dicen aquí, siempre se la montaban…
–Es lo menos que se merecía –Santiago la miró a los ojos para después llevar su atención a los pequeños barcos que, a la distancia, empezaban a prender sus luces.
–Las demás se las arreglaban para que las guardianas le asignaran los peores trabajos… Más de una vez la vi limpiando los baños, cosa que a mí nunca me tocó. Se quejaba por la dureza del colchón, de la almohada, porque se le partían las uñas, porque el traje naranja le quedaba pequeño, y entre más se quejaba más duro se la ponían las demás.
–¿Y tú hablabas con ella?
–Solo hablamos dos veces. La primera fue el segundo día de ella en ese sitio. Le pregunté la razón por la que me había hecho eso y me dijo que ya no importaba, que por estar en la camioneta de Greg cuando nos detuvieron, igual me hubieran condenado. Pero yo le insistí, le dije que las dos habríamos podido decir la verdad y que así solamente el verdadero culpable habría sido condenado…