–Niña, tú lo que hiciste fue canalizar toda tu furia y tu frustración hacia ese pobre muchacho –le dijo Amanda, sus manos ocupadas sirviendo una ración de ensalada en el plato de Carrie, quien había sido invitada a cenar en el apartamento de la subgerente del resort–, y yo te digo una cosa, yo no creo que eso sea justo.
–Pero es que fue y lo público a los cuatro vientos, como dicen ustedes –alegó la joven instructora de inglés.
Después de dejar a Santiago en aquel quiosco, había tomado un taxi hasta el resort, su mente envuelta en toda clase de pensamientos. Por momentos se decía a sí misma que había sido injusta, pero instantes después pensaba que tenía toda la razón, que su novio la había desilusionado y que debería estar agradecido de que ella no hubiera decidido terminar las cosas en aquel preciso momento.
–No lo publicó… Como tú me contaste, simplemente se estaba desahogando, necesitaba sacarlo de su sistema, de su interior… Es que mira, Carrie, cuando uno le cuenta las cosas a la gente, los problemas, lo que está haciendo, aparte de desahogarse, es buscando una solución, alguien que te de la palabra mágica, el hechizo o el encanto para que todo se arregle así, facilito… Pero cuando no encontramos esa solución, pues vamos y le confiamos nuestro problema a alguien más, pensando que esa persona sí nos va a dar todas las soluciones que necesitamos…, y como lo tuyo no tenía solución, o por lo menos no la tenía aquí en Colombia, pues tu muchacho andaba de un lado para otro esperando a que alguien le dijera algo así como <<tranquilo mijo que ella ya salió de la prisión y mañana llega a Colombia>>. Pero dime tú, ¿quién carajos le iba a decir eso si nadie sabía que tú venías para acá?
Las palabras de Amanda la pusieron a pensar, pero la forma como había sido criada, las costumbres y la cultura con que había crecido, de alguna manera no la dejaban ver que la actuación de su novio había estado por fuera de todo mal. Para ella, al igual que para la gente de su país, la privacidad, los espacios y el tiempo de los demás eran cosas que se debían asumir con el mayor respeto.
–Es que yo pensé que él había aprendido las formas de comportarse, de actuar como un americano…
–¿Americano? Mira, Carrie, americanos somos todos, desde la punta norte del Canadá hasta la Patagonia.
–Bueno, entonces como un estadounidense…
–De pronto tu novio aprendió muchas cosas aparte del inglés, pero no te olvides que él es colombiano y que tú ahora estás en Colombia…, y que, si tu deseo es vivir y trabajar aquí y llevar una vida normal en este país, vas a tener que adaptarte a nuestras costumbres, a nuestra idiosincrasia, a nuestra forma de ser, y eso incluye todo lo que tenga que ver con él.
Carrie llegó a la conclusión de que Amanda tenía razón. Si su deseo era el de quedarse en Santa Marta, en donde se le estaban presentando mejores oportunidades que las que le ofrecía su país, tendría que aprender a convivir, a aceptar las costumbres del lugar y a entender comportamientos como el que Santiago había tenido.
–Creo que tienes razón, pero sé que me voy a sentir muy mal cuando me presente a sus amigos… Todos me van a ver como la expresidiaria.
–Mira, niña, yo no sé mucho de tu país porque aparte de haber ido de vacaciones a Miami, yo no sé cómo será la cosa por allá, pero lo que sí sé es que tenemos que dejar atrás ese mundo de apariencias en que vivimos. ¿Tú crees que para mí ha sido fácil todo el cuento con lo de Kim? –dijo Amanda sentándose a cenar, después de haber servido los platos.
–Pero es que eso casi nadie lo sabe, solo Verónica, Fabio y el otro amigo…
–¿Y te parece pescado?
–No entiendo –Carrie mostró la primera sonrisa de toda la noche.
–Es un dicho colombiano que quiere decir: te parece poco.
–Ya, pero ellos no son tus amigos, son los míos…
–Pero tú eres mi amiga, y como decía un compañero de universidad, <<los amigos de mis amigos son mis amigos>>.
Carrie asintió para después darle un bocado a su comida.
–Escúchame niña, tú eres muy linda, simpática, buena trabajadora, todos aquí te quieren…, y yo no pienso que algo como esa mala experiencia que tuviste en tu país vaya a terminar influyendo en tu vida en Santa Marta, a menos que tú así lo quieras –Amanda la miró directo a los ojos.
–Es lo último que quiero, pero yo no sé cómo vayan a pensar los amigos de Santiago…
–Mira, niña, aquí ya estamos enterados el señor Ramírez y yo, y seguimos queriéndote como lo hicimos desde el primer día.
–Pero ustedes son mayores, ya son gente más seria…
–Carrie, no seas prejuiciada… Tú ni siquiera conoces a los amigos de Santiago, tú no sabes qué tan maduros puedan ser.
–Conozco a Verónica…
–Yo también la conocí, y me pareció una pelada seria, comprensiva... Mira que yo no la vi mirándome raro o diciendo nada la noche que yo estaba con Kim.
–Bueno, puedes tener razón, pero esto no va a ser fácil… –con expresión de resignación en su rostro la linda norteamericana le dio un bocado a su comida.
–Para mí no ha sido fácil el cuento con Kim, pero ahí voy…