–Creo que sí le va a salir eso… –Santiago recibió una copa de aguardiente de Jennifer, quien parecía haber reemplazado a Alan en la función de repartidora del licor. Verónica se tomó uno doble antes de que su amiga continuara su camino.
–¿Crees o ya es seguro?
–Lo único seguro es que nos vamos a morir.
–Y que te voy a dar duro si no me contestas como debe ser… –Santiago pensó que cuando ella bromeaba se veía más atractiva.
–Mi hermana me dijo que sí le había salido, pero hasta no hablar con el que es, no podemos estar seguros.
Verónica se puso de pie, caminó los tres metros que los separaban de la mesa de comidas y licores, tomó una de las botellas de aguardiente, un par de copas plásticas, y regresó a sentarse junto a su amigo.
–Parece que quieres beber esta noche…
–A esta hora el licor es lo único que alimenta –dijo ella, sirviendo el par de copas. Hicieron un pequeño brindis antes de tomarse el contenido. Santiago empezaba a sentir los primeros efectos del alcohol y le hubiera gustado pararse y empezar a dar vueltas alrededor de la fogata al ritmo de la alegre música que sonaba, pero era consciente de los días que aún faltaban para que su rodilla pudiera ser exigida de esa forma.
–Ven acá, ¿tú qué estabas hablando con Penélope? –preguntó Verónica mientras servía dos nuevos tragos.
–Nada, bobadas…
–Bueno, si no me quieres… contar –ella le pasó la copa, brindaron una vez más y bebieron.
–Pues, nada, solo me dijo que hace como un año Fabio andaba detrás de ti, pero que tú no quisiste nada.
–Fabio es lindo, ¿pero tú te imaginas a alguien como yo andando con él? No, cariño, tanto él como yo necesitamos gente más calmadita, alguien como tú…
–Supongo, es que los dos son bien acelerados.
–Eso sería tronco de tormenta, solo peleas… –Verónica se puso de pie, fue hasta la mesa de pasabocas, agarró un paquete grande de papas fritas y regresó para ofrecerle a su amigo.
–Gracias –dijo Santiago tomando un puñado del paquete.
–Pero yo sé que todavía le gusto, de eso estoy segura.
Santiago prefirió no hablar sobre la gringa de California, aquella mencionada por Fabio durante los últimos días; no quería quedar como el más chismoso de todos.
–Ni idea… ¿Por qué crees?
–Mira, yo sé que la otra noche trató de besar a la pelada de California, pero es que tampoco le puedes pedir a alguien como él que se quede quieto, más aún cuando sabe que conmigo nada que ver… Entonces él tiene su vía libre.
–¿Y qué tal es la californiana?
–Full gente, demasiado para Fabio –Verónica soltó una pequeña risa–, pero ya tú sabes, imagínate que ella tampoco le hizo caso.
–Sí, algo así me contó.
–Así como tú no me haces caso a mí –Verónica mostró una expresión en su rostro en donde se mezclaba la tristeza con la picardía.
–Nica –Santiago tomó la botella de aguardiente, sirvió una nueva ronda y le pasó una de las copas a ella–, tómate eso primero. Verónica recibió la copa y sin esperar a brindar se la tomó de un solo sorbo.
–Creo que ya me está cogiendo –Verónica sonrió y puso su mano en el muslo de Santiago.
–Te está cogiendo… y entonces tú me tienes que coger –Santiago era consciente de su parco comportamiento, algo que ella no se merecía, pero no paraba de recordarse a sí mismo la necesidad de aclarar las cosas con la niña de sus sueños antes de tratar de envolverse con alguien más. Además no sabía si el efecto del licor estaba logrando aquel efecto que algunos llamaban <<embellecedor>>, el cual hacía que todas las mujeres se vieran un poco más atractivas de lo que en realidad eran; sabía perfectamente que Verónica no necesitaba de ello, lo mismo que Jennifer y Penélope, pero mirando a la distancia la manera como se movía la dueña de casa al bailar, como si jugara con las llamas de la fogata y estuviera practicando alguna clase de ceremonia extraña, le pareció que ella también sería una buena posibilidad en caso de que Carrie decidiera acabar con todo.
–Entonces no te cojo porque tú estás muy ocupado mirando a Penélope –Verónica retiró su mano antes de continuar–. Mira, si quieres, ella está libre, ve y la invitas a bailar.
–No puedo bailar, Nica, ¿recuerdas mi rodilla? –Santiago blanqueó los ojos.
–¿Entonces te la llamo?, como para que venga acá y charles con ella…
–Te está cogiendo el licor…
–Pues mejor, ¿no te parece? O dime un plan más bacano que ahogar las penas de amor en licor y en frente del que te las causa… –Verónica sirvió una nueva ronda e instantes después los dos desocuparon las pequeñas copas.
–Nica, mira, es que te tengo que contar algo –Santiago sabía que ella era una buena persona con la que no era justo jugar.
–¿Y ahora qué disculpa me vas a sacar?
–Mira, ¿es que te acuerdas de la pelada gringa de que te hablé la otra vez?
–Sí, con la que la ley te dañó el caminado cuando la encanaron.