Arenas Blancas

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Amaneció decidida a hablar con Santiago. Había pasado la noche soñado con él; ella estaba navegando en una pequeña canoa, la cual se alejaba cada vez más de la costa, su mirada fija en él, quien, parado sobre las arenas de la playa, le hacía señales con los brazos, indicándole su deseo de hacerla regresar. Pero la canoa se alejaba cada vez más y ella no podía hacer nada para evitarlo. Santiago se lanzó al agua, nadando rápidamente hacia la canoa, pero la distancia parecía ser cada vez mayor. Llegó el momento en el cual la costa había desparecido y Santiago se veía cada vez más alejado, sumido en la tristeza de su infructuoso nado. Despertó en las horas de la madrugada sintiendo una enorme tristeza, afectada por el mal sueño al punto de no poder volverse a dormir. Al terminar las clases de la mañana, se dirigió a la cafetería más cercana, pidió una lasaña con jugo de mango para su almuerzo y se dirigió a su bungaló con la idea de llamarlo. Tomó el teléfono, marcó el número, pero nadie contestó la llamada. Algo de tristeza y ansiedad la invadieron. Llegó a pensar cómo la suerte parecía estar en su contra; los momentos destinados a buscarlo no habían dado los resultados deseados, como si alguna fuerza del destino estuviese dispuesta a no darle esa oportunidad. Volvió a marcar minutos antes de las dos de la tarde, con la intención, en caso de lograr conseguirlo, de al menos cuadrar una cita para las horas de la tarde a sabiendas de ya no tener el tiempo suficiente para resolver las cosas por vía telefónica. Pero el resultado fue exactamente el mismo al de una hora antes, obligándola a regresar a clase en medio de una creciente amargura.

Sintió algo de alegría al mirar el reloj ubicado encima del tablero del aula de clases, el cual marcaba las cuatro de la tarde. Despidió a sus alumnos y corrió hasta su bungaló, encontrándose en el camino con Amanda, viéndose obligada a detenerse y saludarla.

–Esta noche tus compatriotas hacen una fogata en la playa y van a traer un grupo vallenato.

–¿Y estás invitada?

–Sí, Kim me invitó y me pidió el favor de avisarte…

Carrie no tenía idea de la manera como se desarrollarían los acontecimientos de esa noche con respecto a Santiago: si lograba hablar con él y arreglar las cosas, estaba segura de preferir pasar un rato a su lado en lugar de ver como sus compatriotas se embriagaban al ritmo de la música vallenata. Sin embargo, preferiría estar allí si todo llegase a fallar con el muchacho dueño de sus pensamientos.

–Gracias, me parece interesante… ¿y cómo van las cosas con ella?

–¡Kim es lo más lindo que hay! Pero me pone triste que solo les quedan dos días, pasado mañana se regresan… –Amanda mostró una expresión en donde la tristeza dominaba.

–Bueno, entonces trata de aprovechar el tiempo que te queda.

–Es a las ocho, justo en la playa de aquí al frente –Amanda estiró su brazo en la dirección del mar, el cual no se alcanza a ver desde aquel punto, debido a las construcciones y la densa vegetación de senderos y jardines.

–Trataré de ser puntual –dijo Carrie antes de despedirse, su mente concentrada en regresar a su bungaló y agarrar el aparato telefónico. Bastaron tres timbradas antes de escuchar la voz de una mujer al otro lado de la línea. Después de saludar e identificarse, y al enterarse de estar hablando con la mamá de Santiago, solo tuvo la opción de dejarle un mensaje. Según las palabras de la señora, él se encontraba en la calle en compañía de su hermana. Se despidió amablemente con la ilusión de recibir su llamada en el curso de la tarde o inclusive su visita. Sería necesario pasar el resto del día en el bungaló, algo antipático teniendo en cuenta la cantidad de atracciones ofrecidas por el resort. Sería una tarde aburrida, pero necesaria si tenía en cuenta los sentimientos negativos de los últimos días, los cuales debía tratar de eliminar lo antes posible. Aunque no sabía cuál podría ser el resultado de la charla, estaba decidida a darle una última oportunidad a la relación. Si en realidad Santiago prefería estar con Penélope, tal y como lo venía creyendo, sería menor su culpa, más aun sabiendo cómo había dedicado su tiempo libre a tratar de encontrarlo con el fin de pedirle excusas.

Se dio una rápida pero refrescante ducha, vistió los acostumbrados pantalones cortos y la camiseta vieja, pinta generalmente destinada para estar en casa, se sirvió un vaso de limonada y se sentó a leer una novela. Sin embargo, era poca su concentración, levantando la mirada cada cinco minutos para fijarse en el reloj. Unos minutos antes de las seis, escuchó como tocaban a la puerta. Se puso de pie y corrió a abrir, con la ilusión de encontrar a Santiago al otro lado del umbral. Pero su decepción no habría podido ser mayor al encontrar a Michael, aquel apuesto muchacho de los ojos claros con el cual había intercambiado un par de palabras el día de la llegada del grupo de norteamericanos. Llevaba pantaloneta y camiseta azules, ropa perfecta para resaltar el color de sus ojos. Su sonrisa no habría podido ser más grande, ni su saludo más amable.

–Hola, Kim me dijo que te podría encontrar aquí… Me da pena molestarte, pero solo quería asegurarme de tu asistencia esta noche a nuestra fogata.

Era una enorme sorpresa; no se trataba de un amigo, ni siquiera de un conocido, solo era alguien a quien había ayudado a ubicar su bungaló unos días antes. Pero no se podía dudar de su simpatía y mucho menos del atractivo de su rostro.

–Haré lo posible… Me dijeron que era a alrededor de las ocho… –Carrie mostró su mejor sonrisa, su mente deseando no poder cumplir con el significado de sus palabras.




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