Arenas Blancas

58

Nunca se había divertido tanto como en aquel momento. La música vallenata, interpretada por un conjunto de cuatro hombres, no paraba de sonar; una enorme fogata iluminaba el corazón de la fiesta, los norteamericanos bebían cerveza y ron como si fuese el último día de fiesta en el resto de sus vidas, y Fabio, como era su costumbre, no descansaba en su función de hacerla reír mientras le enseñaba nuevos pasos de baile. Solo quería saber de diversión, el tema de Santiago totalmente olvidado o guardado en el rincón más recóndito de su mente. Le agradó sentirse abrazada por el muchacho de los ojos verdes, sentirse besada con el furor y la pasión sentida anteriormente con los besos de Santiago, pero no con los de aquellos muchachos de su lejana New Jersey. Pensó en las diferencias entre aquellos muchachos de su país y los de estas tierras calurosas y llenas de sabor. Era como comparar el día con la noche, la sal con el azúcar o la risa con el llanto. La vida en todo se esplendor se disfrutaba en Santa Marta, donde las cosas se acercaban a la perfección, donde había sido bienvenida por todos, donde las preocupaciones por un pasado rodeado de rejas y murallas no existían, donde sus pies descalzos eran bienvenidos en todo lado, haciéndola sentir totalmente libre, dueña de su destino y creadora de su espontaneidad.

–Niña, acompáñame al baño, ya no aguanto más –le dijo Amanda, interrumpiendo su baile y sus pensamientos.

Al alejarse de Fabio, Carrie la recriminó mientras sentía los efectos del licor en su cabeza.

–¿No tienes a Kim para que te acompañe?

–Solo era una disculpa… ¿Tú qué diablos andas haciendo con ese man?

–Divirtiéndome como nunca, creo que ya era hora…

–¿Y no arreglaste las cosas con Santiago? –preguntó Amanda una vez estuvieron dentro del baño.

–Lo he buscado como loca, pero no lo he podido encontrar, y lo llamé esta tarde, le dejé razón con la mamá… pero no me respondió la llamada en toda la tarde… Yo sinceramente creo que ya no le importo.

–¿Cómo puedes decir eso? Seguramente andaba ocupado, qué se yo, por la calle o algo así y no pudo llamarte…

–Si yo le interesara… lo habría hecho –Carrie meneó la cabeza rápidamente.

–Mira, si tú lo llamaste esta tarde, y llegaste a esta fiesta a las ocho…, pueda que a esa hora todavía no hubiera llegado a su casa, hasta de pronto en este mismo momento te está llamando –dijo Amanda mientras se miraba al enorme espejo del lujoso baño.

–Pero es que en estos días tampoco ha tratado de buscarme –alegó Carrie.

–¿Y quién fue la que se puso brava?, ¿quién fue la que lo dejó ahí tirado en ese restaurante? –preguntó Amanda volteando a mirar a su compañera.

–Pero tenía mis razones… –Carrie recordó haberse arrepentido de su comportamiento aquella tarde, de sus esfuerzos por tratar de contactar a Santiago y de hacer lo posible para volver a estar lo mejor posible. Sin embargo, quería defender su comportamiento de aquella noche ante su amiga, quería, de alguna manera, disculparse por la forma como estaba llevando las cosas con Fabio.

–Mira, niña, haz lo que quieras, Fabio no me cae mal, pero creo que haces mejor pareja con Santiago, y no creo que deberías botar todo a la basura.

–Solo me estoy divirtiendo, además Fabio sabe que Santiago existe…

–Bueno, no sé cómo es que estás manejando tus cosas, además no conozco muy bien a Fabio, pero ten cuidado, los hombres en Colombia son muy celosos y machistas –dijo Amanda antes de abandonar el baño.

De regreso a la playa, Carrie no dudó en recibir de Michael una copa de aguardiente y de conseguir una nueva lata de cerveza antes de encontrarse nuevamente con Fabio. Vio la situación presentada por Amanda como algo para resolver al día siguiente, pero por el momento solo quería divertirse, disfrutar de la fiesta y volver a creer en un mundo lleno de libertades, aunque en el fondo de su corazón y de su mente, viera la situación como un claro comportamiento de despecho.

–Brindemos, mi Carrie –dijo Fabio, estrellando su lata de cerveza contra la de Carrie antes de tomar un pequeño sorbo y darle un beso en los labios.

El licor y la música no paraban, el ambiente de fiesta era inigualable y ya no eran solamente los norteamericanos quienes disfrutaban de la celebración; algunos otros huéspedes del lujoso resort se habían incorporado, bailando, tomando y compartiendo como si fuesen viejos conocidos. Amanda, unos metros más apartada del centro de la hoguera, se besaba con Kim sin importar el pensamiento o los comentarios de los demás. Carrie recibía todo el licor ofrecido por sus coterráneos y por Fabio, y de no haber sido por su continua actividad física, bailando, saltando alrededor del fuego y corriendo por los alrededores en compañía del joven de los ojos verdes, el licor habría tenido grandes efectos sobre su cuerpo. Sin embargo, reconocía su estado de embriaguez, aunque era consciente de no existir mejor sitio para estar en aquel estado, como las playas de Santa Marta. Pero, además, sentía ganas de experimentar todo aquello nunca vivido. Le parecía triste haber estado presa en una cárcel de su país, cuando esta era apenas la segunda vez en su vida en la cual el licor tenía efectos en su cabeza; o el no haber probado alucinógeno alguno, siendo estos los causantes de su presente; o de haber pasado un mes entero en una celda de castigo cuando nunca se había acostado con nadie. Todo aquello estaba disponible en aquel momento; había sufrido mucho, debía tratar de olvidar y gozar su vida tal y como lo hacían los demás jóvenes de su edad. Si Santiago no estaba presente, era problema de él, pero ella no podía quedarse durante toda su juventud esperando hasta el momento en el cual el apuesto muchacho se dignara a buscarla o a responder sus llamadas. Lo quería muchísimo; aquellos cuatro hermosos días habían bastado para desarrollar un sentimiento nunca experimentado, pero todo indicaba, a pesar de las palabras pronunciadas por Amanda en el baño, la falta de interés por parte de él y muy seguramente sus deseos para envolverse de alguna manera con aquella atractiva fisioterapeuta.




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