Arenas Blancas

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–Mi amor… ¿te puedo decir mi amor?, ¿o voy a quedar como toda una intensa? –le preguntó Penélope a Santiago.

Se encontraban caminando hacia la avenida principal de El Rodadero con la intención de buscar un taxi en el cual la linda niña regresaría a su casa.

–Me puedes llamar como quieras –Santiago apretó la mano de la dulce niña.

–Gracias… –sonrió ella antes de continuar–: pero no es necesario que me acompañes hasta mi casa, solo estarías gastando tu plata en el recorrido de regreso.

–¿En verdad crees que voy a dejar a una niña tan linda coger un taxi sola a las once de la noche?

–Mi amor, casi siempre me toca, no ves que la mayoría de mis amigos viven aquí en El Rodadero o en la ciudad… Yo soy de las pocas que vive por Posos Colorados.

–Pero ahora eres muy importante para mí y no me perdonaría si algo malo te pasara.

Algunos minutos más tarde, Santiago despidió a Penélope en la puerta de su casa con un apasionado beso y la promesa de verse con ella al día siguiente. Tomó el mismo vehículo para regresar a su apartamento y cuando este lo dejó frente a la portería, se encontró con la sorpresa de ver a Verónica parada frente al pequeño sendero de entrada, y quien parecía haberlo estado esperando.

–Nica, ¿qué haces aquí?

La antigua rubia lo saludó con un pico en la mejilla, acompañado de una enorme sonrisa.

–Ven acá, ¿tú sabías que en este mismo edificio vivió un tío mío?

–No, no me lo habías dicho… –Santiago se fijó en sus shorts rosados y en la ombliguera blanca de tiritas, conjunto perfectamente adaptado para hacer lucir su bella figura.

–Bueno, ya lo sabes…

–¿No está como tarde para que andes por ahí sola? –Santiago miró su reloj, el cual marcaba las once y veinticinco de la noche.

–Es verdad, pero es que todo el mundo anda perdido –Verónica arrugó los labios.

–¿Cómo así?

–Todos los manes, Alan, Edwin, Fercho, como que andan por Posos Colorados donde una vieja que me cae mal. Jennifer salió esta mañana para Barranquilla y no ha regresado, Penélope debe estar en su casa, pero eso está muy lejos y Fabio se fue para Arenas Blancas…

–¿Para Arenas Blancas? ¿Y eso?

–A visitar a la gringa –Verónica mostró una pequeña sonrisa–, se ve que tú no eres el único interesado en ella...

–¿Y es que le gusta? –Santiago conocía la respuesta a su pregunta, pero sería más interesante tratar de adquirir más información.

–Me imagino, pregúntaselo a él, yo no me iría hasta allá por alguien que no me atrae…

–¿Él qué te ha dicho?

–No mucho… Ya sabes que él andaba detrás de mí, entonces me imagino que prefiere no contarme mayor cosa… Pero dijo que como tú ya peleaste con ella, pues que el campo está libre…

Santiago analizó las palabras de Verónica como muy ciertas: el alejamiento empezaba a mostrar sus consecuencias. Carrie era una niña muy linda y atractiva como para permanecer sola durante mucho tiempo, especialmente en Colombia, país en donde se apreciaba mucho la belleza de la gente de otras razas, y en donde cualquier hombre poco tímido no tardaría en destinar sus esfuerzos para conquistarla. Por otro lado, su envolvimiento con la linda Penélope no le permitía protesta alguna. De alguna manera sintió como la decisión había sido tomada y de cómo un futuro con su compañera de clase de Nueva Jersey perdía posibilidades con el paso de los minutos.

–Bueno… Supongo que las cosas son así… Santiago arrugó los labios, su mirada enfocada en un grupo de alegres turistas, quienes pasaban por la acera del frente.

–Creo que el destino va a terminar por unirnos –dijo Verónica sin quitarle los ojos de encima.

Santiago pensó en contarle acerca de su naciente relación con Penélope, pero en vista de la amistad entre las dos muchachas, prefirió dejarlo para después.

–Nunca se sabe lo que nos depara el destino…

–Oye, si ya no está la gringa, ¿por qué no me das una oportunidad? –Penélope mostró una atractiva sonrisa.

–No puedo saltar de una pelada a otra como si me estuviera cambiando de camisa –alegó Santiago.

–No sé… ¿Por qué no me dices la verdad de frente y me confiesas de una vez por todas que yo no te gusto ni poquito?

–Tú eres linda, muy querida y todo…, excepto por la patada que me diste la otra noche, pero no sé… Es que mira, las cosas no se pueden forzar…

–Santi, siempre vas a tener una disculpa, primero era lo del contrato de tu papá, después lo de la gringa falsa y ahora sales con esto…

–Tómalo con calma –Santiago advirtió el tono medianamente agresivo de su amiga.

–¿Sabías que eres el primer man que me rechaza?

–¿En serio? –Santiago lo sabía, pero era mejor escucharlo de ella.

–Nunca nadie me dijo que no… Ni aquí ni en Bogotá.

–Mira, yo no sé si te debería decir esto –Santiago miró hacia su alrededor antes de continuar–, pero es que, de alguna manera, los tiempos no se dieron contigo y pues yo ahora… estoy andando con alguien más…




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