Arenas Blancas

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Carrie se sintió agradecida de lo hecho por Fabio. Aunque el muchacho de los ojos verdes había sido víctima y recibido varios golpes, marchándose sin querer volver a saber nada acerca de ella, entendía cómo su intervención había influido para evitar cometer un gran error. De no ser por el ojo negro de Michael, gracias a uno de los golpes propinados por Fabio, y lo cual los obligó a olvidarse de la diversión y a atender su estado, habría terminado perdiendo su virginidad a manos de alguien a quien muy poco conocía, y de una muchacha a la cual solo había visto una vez, empeorando la situación el hecho de ni siquiera sentirse atraída por las mujeres.

Los minutos de relativa calma, sumados a los consejos de Amanda dirigidos a convencerla de tomar algo diferente a las bebidas alcohólicas y de comerse unos perros calientes, habían logrado traerla de regreso a un estado en el cual era más consciente y responsable de sus actos. Los efectos del licor y la marihuana estaban quedando atrás y ahora solo sentía un leve dolor de cabeza. Recordando los consejos de su madre, continuó tomando agua a la espera de eliminar las molestias y la resaca. Se sintió algo desubicada y llegó hasta ella un grado de tristeza nunca vivido desde su llegada a Santa Marta: había decepcionado a Fabio, se había comportado como una niñita irresponsable e inmadura y sus posibilidades de recuperar a Santiago eran mínimas, por no llamarlas inexistentes.

A pesar de los ofrecimientos recibidos por los otros turistas norteamericanos para continuar bebiendo y bailando alrededor de la fogata, decidió alejarse y dar un pequeño paseo a poca distancia de dónde las olas venían a morir. Refrescó sus pies descalzos con la frescura de las aguas mientras observaba la tranquilidad del paisaje nocturno, adornado por las estrellas, la luna de cuarto creciente y las luces de las embarcaciones fondeadas en la bahía. Giró su cabeza para mirar nuevamente hacia la fogata, solo para ver como Amanda se alejaba hacia el interior del resort en compañía de Kim, muy seguramente en la búsqueda de algo de privacidad. Sintió algo de envidia, pero muy bien sabía cómo era ella la única culpable de no estar acompañada.

Caminó unos cuantos metros, alejándose del sector en el cual se realizaba la fiesta, el agua aun llegando hasta sus tobillos, sumida en sus pensamientos. Ahora entendía el peso de sus culpas. No era la muchacha completamente inocente que había estado en prisión de manera injusta, ni la expulsada de su hogar por un padre cruel e incomprensivo y una madre escasa de carácter. La culpa de su actual tristeza venía desde muy adentro de su ser. Aunque había tratado de arreglar las cosas con Santiago, se sentía como la gran culpable. De haber tenido un poco más de comprensión y paciencia no habría provocado aquella pelea con sus consecuentes resultados. Ahora comprendía perfectamente lo sucedido: su comportamiento con Fabio había obedecido al despecho y no a un verdadero sentimiento de atracción o afecto. Había jugado con él, esperando de esta manera olvidar a Santiago, y lo único conseguido hasta el momento era haberse quedado sin ninguno de los dos. Ya era demasiado tarde para tratar de solucionar las cosas. Penélope era una muchacha hermosa y llena de cualidades, según palabras de Fabio, y con la cual quedaba demasiado difícil competir. Soltó un par de lágrimas, sintiendo solo querer regresar a su bungaló, olvidarse de aquella noche, tratar de descansar y al siguiente día enfrentar su trabajo de le manera nada reprobable como lo venía haciendo.

Dio una última mirada hacia el oscuro océano, giró para fijar los ojos en la fogata y sus compatriotas, ahora a más de cien metros, y empezó a caminar de regreso a su bungaló. Pero no había recorrido más de veinte metros para cuando sus ojos distinguieron un grupo de cuatro muchachos, entre ellos Fabio, caminando por la playa y dirigiéndose hacia ella. A pesar de la oscuridad, pudo notar como varios de ellos portaban palos, además de alcanzar a distinguir algo lo suficientemente claro en sus rostros: sus expresiones, especialmente la del muchacho de los ojos verdes, eran de furia y disgusto y la forma como se movían solo mostraba su ánimo de pelea. Rápidamente llegó a la conclusión de estar ante una situación en la cual Fabio y sus amigos estarían allí para golpear a Michael y a los otros norteamericanos. Jamás pensó en la forma como su comportamiento, influido por el licor y la marihuana, llegara a desatar lo que parecía venirse.

–Carrie, esta vez sí la embarraste –escuchó la voz de Fabio cuando aún se encontraba a más de diez metros–. Pero la vas a pagar… No tenías por qué hacerle eso a Penélope, ella no te ha hecho nada… Y tampoco tenías porque pegarme a mí…

Era evidente el objetivo de Fabio y sus amigos: habían venido por ella, no por Michael ni alguno de los otros muchachos. ¿Pero por qué mencionaba a Penélope? ¿Qué tenía que ver ella en todo esto? ¿Qué le había hecho ella a Penélope, si era esta la que finalmente se había quedado con Santiago? Pero lo mejor era dejar las preguntas para después. Si se quedaba allí, aquellos palos cargados por Fabio y sus amigos terminarían estrellándose contra su cuerpo. Solo había una cosa para hacer y esa era correr; correr lo más rápido posible, correr como nunca lo había hecho en su vida. La ayudó la distancia entre ella y sus perseguidores para tomar algo de ventaja, ¿pero a dónde podría ir? Si regresaba a su bungaló la encontrarían fácilmente, tampoco quería ir hasta la recepción en aras de evitar un escándalo con el cual la única perjudicada sería ella. Solo se le ocurrió tomar un pequeño sendero, el cual rodeaba los alrededores del resort y pasaba por las puertas traseras de la cocina de uno de los restaurantes. En su alocada carrera podía escuchar los pasos y los gritos de los cuatro muchachos, quienes cada vez parecían encontrarse más cerca. El olor a basuras llegó hasta su nariz, las plantas de sus pies se posaron sobre algunos desperdicios llevándola a pensar en lo inconveniente de su costumbre de caminar descalza. Pero fueron unos enormes contenedores de basura los que le dieron la oportunidad de perderlos de vista antes de encontrar una bifurcación. Decidió tomar el camino hacia la izquierda, el cual la alejaba de la cafetería, llevándola hacia las bodegas de alimentos. Metros más adelante, sus piernas aun manteniendo un paso acelerado, volteó a mirar para descubrir como nadie la seguía. Parecía haberlos perdido, lo cual la llevó a desacelerar el paso antes de doblar hacia la derecha, recorrer un poco más de cincuenta metros y esconderse detrás de unas canecas, las cuales se encontraban rodeadas de toda clase de desperdicios. Recobró el aliento perdido y descansó sus piernas, sintiéndose culpable por su manera de proceder. No hubiese querido engañar a Fabio de esa manera, el muchacho de los ojos verdes había sido una buena persona, pero así mismo, ella tampoco merecería ser agredida con palos o de la manera como los cuatro jóvenes lo tenían dispuesto. Parecía ser su rabia de un tamaño tal, que no sería raro si tuvieran decidido acabar con su existencia. Pero también estaba segura de encontrarse envuelta en alguna clase de mal entendido y ad-portas de ser nuevamente víctima de una gran injusticia.




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