Al bajarse del taxi, algo le ordenaba correr lo más rápido posible, como si una voz interior le advirtiera el no tener derecho a perder ni un solo segundo. Pero el vigilante de la portería de Arenas Blancas no lo dejó entrar, a pesar de sus ruegos y explicaciones acerca de encontrarse ante una situación de vida o muerte. El hombre se limitó a llamar al bungaló de la profesora de inglés y al no obtener respuesta alguna confirmó su ya tomada decisión.
–¿Puede llamar a algún jefe suyo, como a un supervisor o algo así? –era la única opción aún disponible.
–En las oficinas no hay nadie, ellos cierran a las siete… –sin embargo, el vigilante volvió a tomar el citófono para regresarlo a su puesto unos segundos después.
–No contesta nadie, es que ya es muy tarde –dijo el hombre mirando su reloj.
Sin despedirse del vigilante, Santiago se alejó de la portería pensando en la única manera de llegar a la playa: se vería obligado a bordear los terrenos del resort y acceder por uno de los pequeños caminos, aunque estos podrían estar bastante alejados y escasos de iluminación. Sin embargo, nada lo podría detener. Aunque Carrie ya no era su novia, su deber estaba en evitarle una agresión nacida de una injusticia.
Corrió, como si de batir el record de los olímpicos se tratara, olvidando totalmente la lesión sufrida en su rodilla, hasta llegar a la esquina en la cual se terminaban los terrenos del resort. Dobló hacia su izquierda para encontrar, tal y como lo había imaginado, un angosto y oscuro camino de tierra. A su derecha encontró terrenos baldíos y a su izquierda la continuación de la malla metálica encargada de resguardar al lujoso resort. Aunque corría el riesgo de tropezar con alguna piedra o un palo atravesado, no aminoró la velocidad y tuvo la suerte de encontrar, unos cincuenta metros más adelante, un sector con la suficiente iluminación gracias a un poste de luz instalado en el interior del resort. Pero esta luz solo lo acompañó por unos pocos metros más, después de los cuales se volvió a encontrar sumido en total oscuridad. Cada vez sentía más el deber de tratar de encontrar, cuanto antes, bien fuera a Fabio y sus amigos, o a la muchacha norteamericana. Nuevamente aquella voz interior, respaldada en lo relatado por Amanda, y en una premonición nacida en su interior, le indicó la necesidad de no perder ni un segundo. Sin embargo, la suerte no parecía estar de su lado: menos de cien metros después de haber dejado el área iluminada, tropezó con la raíz atravesada de un árbol de mango, el cual estaba sembrado en el terreno baldío adyacente al resort. Sintió la manera cómo su rodilla golpeaba contra el suelo, para su fortuna, no siendo esta la golpeada unos días antes. Sintió un dolor fuerte pero no lo suficiente para detenerse en su intento de encontrar a la norteamericana. Se puso de pie tratando de olvidar la molestia y continuó corriendo, viéndose su velocidad algo reducida. Era consciente de los riesgos y de las consecuencias a sufrir en caso de una nueva caída: sus rodillas no aguantarían un nuevo golpe y su intento de salvar a Carrie se echaría a perder. Sin embargo, no podría asumir el paso de un inseguro anciano o llegaría a la playa demasiado tarde, si en realidad no lo era ya.
Asumió un trote algo más calmado, su respiración algo agitada, su mente repartida entre la molestia por el nuevo golpe y el peligro al cual estaba expuesta la muchacha de los ojos claros. Un par de minutos más tarde encontró nuevamente otra zona iluminada, gracias a un nuevo poste de Arenas Blancas. No sabía con exactitud cuantos metros habría recorrido, o la distancia aún por recorrer antes de llegar a la playa, aunque hasta sus oídos ya llegaban los sonidos del mar. Aunque su ritmo era acelerado, en él permanecía la sensación de no estar avanzando. Sentía la impresión de estar recorriendo un camino interminable, una ruta sin fin. Volvió a entrar en terrenos oscuros en donde únicamente los ruidos de la noche lo acompañaban. Fue cuando empezó a dudar: si Amanda le había hablado de una parranda en la playa, ¿por qué no escuchaba la música? ¿Podría haber terminado todo y ya sería demasiado tarde para hacer algo? La inquietante idea logró acelerar su corazón; no quería ni pensar en lo que Fabio y sus amigos le hubiesen podido hacer a Carrie. La vida de la linda muchacha parecía no querer salir de una espiral de desgracias. Se sintió en parte culpable de lo ocurrido. Si hubiese decidido buscarla, responder a su llamada en lugar de pasar el tiempo con Penélope, muy posiblemente no estaría tratando de jugar al súper héroe y la muchacha norteamericana no se encontraría en riesgo alguno.
Continuó trotando, teniendo el cuidado de no volver a tropezar y caer sobre la superficie de tierra y pequeñas piedras, con la suerte de encontrar, algunos metros más adelante, otra área iluminada, esta vez por una potente farola ubicada en la parte superior de una pequeña bodega. Pero cuando se fijó en la malla encargada de separar al lujoso resort de los terrenos baldíos, encontró un orificio lo suficientemente grande para colarse a través de este. ¿Sería mejor continuar por el camino hasta ganar la playa o tratar de llegar a través de los senderos internos de Arenas Blancas? Se decidió por lo segundo, teniendo en cuenta cómo podría alejarse de la oscuridad y de los posibles peligros. No tardó en encontrarse al otro lado de la malla, dirigiéndose en la misma dirección en la cual había estado corriendo durante los últimos minutos. Se adentró en zonas claramente diseñadas para los trabajadores y el mantenimiento del resort y no para sus elegantes turistas. Se trataba de un sector compuesto por bodegas, cuartos de basuras, contenedores y pequeñas oficinas, afortunadamente iluminado en su totalidad. Un par de minutos después, avanzando en medio de un laberinto de contenedores y pequeñas construcciones, fue cuando escuchó las primeras voces.