Arenas Blancas

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Nunca las había tenido juntas en el mismo lugar. Nunca había tenido la oportunidad de compararlas de aquella manera. Santiago vio a Carrie salir del consultorio luciendo un semblante algo más tranquilo y relajado, probablemente gracias al reporte entregado por la doctora, el cual parecía haberle devuelto algo de tranquilidad y al mismo tiempo la hacía lucir más atractiva que como la había visto unos minutos antes. Su belleza no tenía discusión, y aunque era consciente de la forma como el agotamiento de la norteamericana podría estar influyendo negativamente, no era suficiente para quietarle un solo grado de atractivo. Pero justo al lado se encontraba su Penélope, quien a su belleza física se adhería su encantadora forma de ser. Era la niña que todos podrían desear, que todos querrían tener en sus brazos, que todos anhelarían para tenerla a su lado en una relación seria y duradera. No comprendía cómo alguien así, poseedora de tantas cualidades, pudo llegar a fijarse en él, como tampoco comprendía el haberla encontrado sin compromiso alguno con algún otro muchacho. Veía a Penélope como la persona reservada y algo introvertida, cualidades ausentes en Verónica, quien, gracias a su forma de ser, más extrovertida y entradora, podría llamar más la atención, pero bien sabía cómo la estudiante de fisioterapia superaba a la antigua rubia en todos los demás aspectos. ¿Pero qué tanto podía Penélope superar a la hermosa Carrie? Fue cuando se fijó en el rostro de tristeza y decepción reflejado en el rostro de la norteamericana mientras caminaba hacia el sitio donde el grupo se encontraba. Su expresión de relativa tranquilidad había cambiado de un momento a otro y la razón no podía ser otra: lo había visto sosteniendo la mano de Penélope. ¿Qué podría hacer? Eran dos hermosas niñas merecedoras del amor y la devoción de cualquiera. Odió encontrarse en aquella situación. No quería herir a ninguna de las dos, aunque parecía ser demasiado tarde para eso.

–Todo está bien, solo me recetó pastillas para el dolor y me mandó a tomar unos exámenes de sangre –dijo Carrie cuando estuvo al lado del pequeño grupo.

–¿Exámenes para qué? –preguntó Amanda.

–Por lo del desmayo…

–No joda, ya se sabe que besaste el piso por el susto que te pegamos, eso no tiene nada que ver con la sangre –opinó Fabio.

–Eso ya se sabe, pero no se lo iba a confesar a la doctora… –Carrie arrugó los labios mientras miraba a Fabio.

–Bueno, tampoco es obligatorio de que te los hagas –dijo Santiago, cuya mano se había desprendido de la de Penélope.

–De pronto me los hago la próxima semana, cuando ya no tenga restos de alcohol en la sangre…

–Ni de maracachafa, porque yo leí una vez que los restos de esa vaina duran casi un mes en el torrente sanguíneo –dijo un sonriente Fabio.

Santiago aún no daba crédito a lo relatado por sus amigos. Carrie había estado injustamente encerrada debido a la marihuana, y ahora parecía estar divirtiéndose a costas de esta.

–Bueno, yo creo que lo mejor es que regreses al resort y descanses, recuerda que mañana hay que trabajar –intervino Amanda, dirigiéndose a Carrie, mostrando una clara intención de apartar a la joven profesora de inglés de los comentarios negativos.

Santiago debía tomar una decisión: tenía la opción de acompañar a Carrie de regreso al resort o de quedarse al lado de Penélope. Conocía perfectamente las consecuencias de su decisión. Hubiese querido tener el poder de dividirse en dos personas, de poderse montar en un taxi al lado de su primer amor, de protegerla y dejarla sana y salva en su bungaló; inclusive sintió ganas de abrazarla, de besarla y darle a entender cómo todo iría a estar bien, de cómo podrían empezar de nuevo y ser felices en uno de los lugares más atractivos del mundo. Pero allí estaba la dulce y hermosa Penélope, pendiente de su mamá, con los nervios de punta y pensando en los riesgos de un posible nuevo ataque por parte de Verónica o de quien hubiese sido responsable de romper el vidrio de su casa. No la podría dejar allí en compañía de Amanda, a quien acababa de conocer, y quien podría abandonar la clínica apenas dieran de alta a la intoxicada norteamericana. Si decidía quedarse con ella, como cualquier novio lo haría, estaría reduciendo enormemente sus posibilidades de volver con Carrie, y si decidía acompañarla hasta el resort, su naciente relación con Penélope podría irse al traste.

–¿No quieres que te espere? –Carrie se dirigió a Amanda.

–Mejor que no, aquí podríamos amanecer… Ve tranquila y descansa. Ven y te acompaño a coger un taxi –Amanda dio un par de pasos hacia la salida antes de que Penélope interviniera.

–Santi, yo creo que lo mejor es que acompañes a Carrie hasta su casa, no sabemos si de pronto a ella también la quieran atacar…

Santiago se sorprendió por el grado de nobleza demostrado por su novia: no solamente le había insistido en la importancia de rescatarla de las manos de Fabio y sus amigos, ahora también se preocupaba por su feliz regreso al resort.

–Pero ¿cuánto crees que te demoren aquí?

–No debería ser mucho… A menos que el médico decida dejar a mi mamá internada hasta mañana.

–Bueno, Penélope, yo me puedo quedar aquí contigo, tampoco me gustaría que tú y tu vieja se queden solas –fueron las palabras de Fabio.

Gracias a lo dicho por Penélope, y al ofrecimiento de Fabio, Santiago se sintió en libertad de acompañar a su primer amor. No tenía idea del tipo de conversación a desarrollar apenas abordaran el taxi, pero al menos no estaría quedando mal con ninguna de las dos muchachas. Lo mejor sería dejar a Carrie tomar la iniciativa y de ahí en adelante proceder de la manera como su instinto se lo indicara. Se despidió con un pico en los labios de su novia, aprovechando la distracción de Carrie, quien a su vez se despedía de Amanda y de Fabio, y segundos después, sintiendo una extraña sensación, se dirigió hacia la puerta de la clínica en compañía de la muchacha norteamericana.




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