–Mira que tú debes estar lleno de hembritas buenas como para que no te hayas quedado con esa pelada –las palabras del conductor del taxi le llegaron a Santiago para interrumpir sus pensamientos.
–No tanto, lo que pasa es que ella estaba medio borracha y así no aguanta –respondió Santiago a sabiendas de estar mintiendo. Carrie ya no era víctima de los efectos del licor o de las drogas, pero no querría compartir sus pensamientos con un desconocido. Muchos habrían aprovechado la oportunidad de irse a la cama con una muchacha dueña de la hermosura poseída por la norteamericana, más aún si nunca habían estado con alguien, pero no se perdonaría a sí mismo el traicionar a Penélope. De aquella experiencia le quedaba la seguridad de no haber olvidado a Carrie, algo por demás imposible de lograr en tan corto tiempo. Pero de igual manera se reafirmaba la impulsividad de la niña acostumbrada a caminar descalza: nuevamente había salido corriendo sin dar la oportunidad de ninguna clase de respuesta o comentario. Nuevamente se preguntó si Carrie siempre habría tenido ese defecto o si sería algo adquirido durante su tiempo en prisión. Era algo difícil de saber y más aún cuando ella no parecía tener la paciencia suficiente cuando de discutir temas complicados se trataba.
–Mira que, si yo tuviera a alguien así, eeerda… yo no dejaba escapar la oportunidad… Así la hembrita esté borracha, no ves que a ellas les gusta aquello más que a uno…
Pero Santiago sabía perfectamente cómo hubiese terminado su relación con Penélope en caso de haber aceptado. A pesar de haber sido una gran tentación, estaba convencido de haber actuado de la manera correcta. Además, algo en su interior parecía decirle que una nueva oportunidad se presentaría más adelante, para el momento en el cual pudiera ver las cosas de una manera más objetiva y distante de las emociones de aquella noche.
Descendió del taxi, frente a la clínica de El Rodadero, después de haber pagado seis mil pesos. Caminó apresuradamente hacia su interior para encontrar a Penélope dormida al lado de Fabio, quien se encontraba distraído ojeando una revista de farándula. De Amanda no había señal por ninguna parte.
–Primo, ¿cómo te fue con la gringa? –la pregunta de Fabio despertó a Penélope, quien se enderezó y miró a su novio antes de sonreírle.
–Normal, ahí la dejé en la entrada principal de Arenas Blancas –Santiago se sentó al lado de Penélope, le dio un pico en los labios, trató de ocultar las emociones sentidas minutos antes, miró a su novia a los ojos y preguntó –: ¿Y cómo van por aquí? ¿Cómo sigue tu mamá?
–La van a dejar en observación, el doctor dice que parece que por los nervios se le subió la tensión, pero ya le dieron algo para bajársela y está bien, pero que es mejor que pase la noche aquí –respondió Penélope.
–¿Y seguro está bien?
–Sí, mi Santi, ella se quiere ir, pero le está haciendo caso al doctor.
–Pues es como lo mejor, creo que aquí puede estar más tranquila… Pero ¿qué pasó con Amanda y la otra gringa?
–Ya le dieron de alta y se fueron hace como cinco minutos, por poco te las encuentras en la puerta –respondió Fabio.
–Bueno, menos mal –Santiago mostró una pequeña sonrisa.
–Primo, yo no sé cómo vamos a organizar esta vaina, pero esta hembrita no se puede quedar sola en su casa… –Fabio se puso de pie y fue a dejar la revista sobre una pequeña mesa.
–No, yo me quedo aquí esta noche –alegó Penélope.
–Yo le digo que tiene que descansar bien –dijo Fabio–, su vieja está bien y ella no saca nada quedándose en estas sillas incómodas.
–Eso es verdad, nenita, por qué no vamos a mi casa y te quedas allá, en el estudio hay un sofá cama… –Santiago agarró la mano de su novia.
–Hazle caso al viejo Santi, en serio que no sacas nada quedándote aquí.
Luego de haberse despedido de la mamá de Penélope, los tres muchachos salieron de la clínica. Caminaron las pocas calles, vacías a esa hora, hasta llegar al frente del edificio donde Santiago habitaba. Fabio se despidió, no sin antes desearles buena suerte y pidiéndoles contactarlo en caso de necesitar cualquier ayuda.
–Mira que ese mal entendido casi acaba con la buena salud de Carrie –comentó Penélope mientras sus ojos observaban a Fabio, alejándose calle arriba.
–Eso y el hecho de que se pusiera a tomar y a fumar marihuana como una desesperada…
–Amanda me dijo que era que está despechada.
–Culpa de ella, ¿quién le manda a ser tan impulsiva? –preguntó Santiago, pensando como su manera de referirse a Carrie podría alejar a Penélope de cualquier posible sentimiento de celos.
–Parece que atraes a las intensas y a las impulsivas –bromeó Penélope, adhiriendo a su rostro una expresión algo pícara.
–Y a la más linda, dulce y tierna de todas –dijo Santiago antes de abrazarla y besarla en los labios.
–Oye, Santi, a mí me da pena con tu familia quedarme aquí, ¿qué van a pensar?
–Mi hermana te adora y mis papás son frescos, no te preocupes por eso.
–Santi… ¿Y si mejor nos vamos para mi casa? –la propuesta de ella venía acompañada de un tono indescifrable: ¿le estaba proponiendo pasar la noche juntos, tal y como lo había hecho Carrie unos minutos antes?, ¿o era simplemente la reacción de una niña a la cual le faltaba la confianza suficiente para pernoctar en el sofá del apartamento de una familia relativamente desconocida?