La furia se adueñó de Carrie. La rabia invadía todo su ser. No lo podía creer. Santiago se había negado a pasar la noche con ella. ¿Acaso no todos los hombres buscaban eso?, ¿o eran los colombianos totalmente diferentes? Era algo difícil de creer. ¿Acaso no dominaba el machismo a los hombres latinos? Solo quedaba una respuesta –pensó mientras se deshacía de la ropa para ponerse la camiseta tipo esqueleto con la cual solía dormir –: Santiago se había enamorado de Penélope y aquellos apasionados besos en el taxi no habían significado nada para él. De lo contrario habría accedido fácilmente a quedarse con ella. Ahora entendía la cruel e inobjetable verdad: lo había perdido. Su maldita impulsividad, la cual había adquirido en la prisión juvenil, la había condenado a perder a quien más quería en este mundo. Ya no podría hacer mayor cosa. Si él no había reaccionado al máximo ofrecimiento que una mujer podría hacerle a un hombre, ya no quedaba nada por hacer. Lo mejor sería olvidarlo, dedicarse a su trabajo, a tratar de conocer otra gente, a enfocarse en dejar de sufrir. Si antes había sufrido por estar encerrada en una cárcel, era el momento de parar de sufrir por un amor no correspondido. Pero su aparentemente firme determinación no sirvió para detener el llanto, el cual la acompañó hasta quedarse profundamente dormida.
El dolor de cabeza la acompañó durante la ducha y el desayuno. Lo llamaban guayabo y simplemente era una de las consecuencias del licor ingerido la noche anterior. Todo había sido una locura: el trago y la marihuana, haber estado ad-portas de acostarse con Michael y su amiga, la pelea del norteamericano con su amigo, la persecución por parte de Fabio y sus compañeros, su desmayo, la ida a la sala de urgencias de la clínica y finalmente el haber sido rechazada por Santiago. Demasiadas cosas para una sola noche y todo esto sin contar con el ataque realizado a Penélope y su mamá, la mujer ahora convertida en el principal motivo de su sufrimiento.
Se vio obligada a tomar dos vasos de jugo de naranja antes de salir hacia el aula de trabajo. Las horas de la mañana, dictando clases de inglés, pasaron tan lentamente como aquellas horas en las cuales había estado encerrada en la celda de castigo de la prisión juvenil. Durante el descanso volvió a tomar un par de vasos de jugo y trató de entretener su mente conversando con algunos de sus alumnos. Pero su cabeza se rehusaba a dejar de pensar en Santiago. Ya no sabía si lo amaba o lo odiaba. Recordaba sus últimas palabras, aquellas pronunciadas al bajarse del taxi aquella madrugada: <<Mañana te busco, cuídate>>. ¿Pero podría quedarse esperando, o estaría perdiendo el tiempo? ¿Llegaría una llamada suya o se aparecería por el resort en las horas de la tarde? Nuevamente pensó, al igual de como lo había hecho la noche anterior, en su necesidad de poner fin a su sufrimiento. Su felicidad no podía seguir dependiendo de un muchacho al cual parecía no importarle o por lo menos no importarle lo suficiente. Mantener viva una ilusión podría ser, a largo plazo, lo peor para su ánimo, aunque también era consciente de la imposibilidad de eliminarlo de su mente de un día para otro. Pero solo era cuestión de tiempo, ese remedio encargado de curar todos los males del alma y del espíritu. No lo buscaría, procuraría no pensar en él, se concentraría en su trabajo, trataría de divertirse en otras cosas, de aprovechar su amistad con Amanda y de hacer lo posible por conocer otra gente.
–¡Carrisita! –la llamó Amanda cuando las dos muchachas se encontraron en una de las cafeterías del resort.
–¿Supongo que eso significa algo así como pequeña Carrie?
–Sí, exacto, aunque sonó como un término venezolano –respondió Amanda mientras con un gesto de la mano invitaba a su amiga a sentarse a la mesa ocupada por ella.
–¿Venezolano? –preguntó Carrie mientras tomaba asiento.
–Sí, eso en Venezuela quiere decir niña pequeña, o algo así…
–Bueno, creo que ya no soy tan pequeña –Carrie hizo un esfuerzo por sonreír.
–Obvio, pero no es para que te vuelvas a meter en cosas como las de anoche –aunque Amanda parecía recriminarla, su tono era dulce y comprensivo.
–Creo que más que todo, andaba despechada, como dicen ustedes… ¿Pero al fin qué pasó con Kim?
–Todo bien. Le dieron de alta como quince minutos después de que te fuiste, menos mal no pasó a mayores, y hoy anda visitando la Quinta de San Pedro Alejandrino con los otros gringos –alcanzó a decir Amanda para el momento en el cual el mesero llegó con su almuerzo. Carrie aprovechó la presencia del mesero para ordenar un arroz con pollo, acompañado por un jugo de mango, antes de preguntar a su amiga:
–¿Eso es el sitio donde murió el libertador Bolívar?
–Exacto, él era como el George Washington de ustedes, y pues preciso vino a morir aquí. Es un sitio bonito, tienes que ir en un día en que no tengas trabajo.
–Si me acompañas… voy. Porque no conozco a nadie más que lo pueda hacer –Carrie arrugó los labios.
–Pues claro que te acompaño, pero oírte hablar así me pone triste…
–Es la verdad, Amanda. Con el grupo de Fabio las cosas no salieron como deberían y Santiago… Bueno, Santiago ya se sabe que está enamorado de Penélope –Carrie meneó lentamente la cabeza.
Amanda achinó los ojos y apretó los labios antes de volver a hablar.
–Mmmm, yo no estaría tan segura…
–¿Por qué lo dices?