–¿Estás segura de querer hacer eso? –le preguntó Amanda a Carrie desde la cómoda silla, detrás del escritorio de su pequeña pero confortable oficina.
–No tengo otra salida, si me acusan con el señor Ramírez…, voy a quedar sin empleo y sin nada –contestó Carrie, sentada al otro lado del escritorio.
–No sé… Podríamos inventar algo… Que simplemente te equivocaste de puerta…
–Alguien que trabaja aquí no podría equivocarse de sitio, no sonaría creíble.
–Pero eres nueva, a cualquiera le podría pasar… –alegó Amanda.
–¿Y si deciden ir a la policía? Amanda, ya estuve encerrada casi por un año, no creo que resistiría tener que volver a prisión…
–En Colombia nadie va a la cárcel por ese tipo de cosas, aunque sí podrías perder tu empleo –Amanda apretó los labios, su mirada perdida.
–No conozco mucho, por favor ayúdame –la expresión de súplica en el joven rostro de la linda norteamericana no podría haber sido más convincente.
Amanda se puso de pie, le dio la vuelta al escritorio, se quedó mirando un afiche en el cual se veía a una familia disfrutando de las playas del lujoso resort y dijo:
–Me pone a pensar el escándalo que se podría armar… No sería muy conveniente para el resort, y si Ramírez descubre que te ayudé en esto y que todo fue planeado, creo que las dos estaríamos buscando un nuevo empleo…
Carrie era consciente del riesgo al cual se estaban exponiendo. Algo en el fondo de su cabeza la llevó a pensar en la forma como se hubiesen desarrollado las cosas de haberse acostado con Michael y su amiga la noche anterior. No sabía cómo se podría estar sintiendo, pero al menos hubiera evitado aquel sentimiento de tristeza y desolación causado por la negativa de Santiago y además no se estaría enfrentando al dilema de tratar de resolver un problema con el riesgo de perder su empleo y de hacérselo perder a su única amiga.
–A veces pienso que sería mejor emborracharme, acostarme con Michael y salir de este problema…
–Mira, Carrie, no digas esas cosas –dijo Amanda llevando su atención desde la imagen del afiche al rostro de su compañera–. No quiero darte un discurso de moralidad y buenas costumbres. El sexo muchas veces es solo eso… sexo. Algo que hacemos para disfrutar y pues usualmente tratamos de hacerlo con alguien que realmente nos guste, pero otras veces, como casi te ocurre a ti anoche, terminamos acostándonos con alguien que en ese momento nos parece el indicado pero que al siguiente día no queremos ver ni en pintura. Pero cuando nunca lo has hecho, como en tu caso, creo que es justo tratar de hacerlo con alguien especial…
–Cuando entré a esta oficina, estaba totalmente decidida a llevar a cabo mi plan, pero no puedo poner en riesgo tu trabajo… ni tampoco el mío. Si me echan de aquí, no tendré a dónde ir… –dijo Carrie escondiendo la cara entre sus manos.
–Tiene que haber una mejor solución para esto –dijo una pensativa Amanda.
–Creo que lo mejor es que me acueste con él, si lo iba a hacer anoche, ¿por qué no podría hacerlo hoy?
–No digas estupideces, la situación de anoche es totalmente diferente a la de hoy… No puedes perder tu virginidad en los asquerosos brazos de un vil chantajista.
–Amanda, no hay nada más que hacer…
–No digas eso, vamos a hacer tu plan, pero no aquí… –dijo Amanda sentándose sobre la tapa de su escritorio.
–¿Cómo así? ¿Entonces en dónde? –preguntó Carrie, consciente de haber perdido su concentración por una décima de segundo mientras admiraba el perfecto bronceado en las esculturales piernas de su amiga.
–En otro lado, un lugar en el que no involucremos al resort.
Carrie pasó los siguientes minutos escuchando las palabras de su amiga, las esperanzas de encontrar una salida digna renaciendo en su interior. Tal vez no se vería obligada a perder su virginidad a manos de aquel cerdo.
Retocó su maquillaje y organizó su cabello frente al espejo del baño. Aplicó algo de perfume en cuello y muñecas mientras pensaba en todos los detalles necesarios para lucir como una linda e inocente muchacha dispuesta a perder su virginidad. Si quería sacar adelante un exitoso plan, y evitar cualquier sospecha, se vería obligada a cuidar todos los detalles, empezando por la forma como debía lucir al presentarse ante Michael. Ya había pintado sus uñas de pies y manos, aplicado crema hidratante a todo su cuerpo, y ahora lucía un llamativo vestido rojo de profundos escotes en pecho y espalda y el cual dejaba la mayor parte de sus piernas al descubierto. Amarró una cintilla del mismo color del vestido a su tobillo izquierdo, puso una esclava dorada alrededor del derecho, y como era su costumbre, se olvidó de llevar zapatos. Se miró nuevamente al espejo y llegó a la conclusión de nunca antes haber lucido tan atractiva. Realmente era una pena el no estar alistándose para salir con Santiago, quien aparentemente no se había aparecido ni llamado en toda la tarde. Pero no era el momento de pensar en él, era el momento de concentrarse en el plan trazado por Amanda y tratar de solucionar, de una vez por todas, el problema con el maldito norteamericano.
Miró su reloj de pulso: solo tenía cinco minutos para llegar al bungaló de su compatriota. Se tomó un vaso de agua, apagó las luces y salió a recibir el agradable y tibio clima de la noche caribeña, muy diferente a aquel influenciado por el aire acondicionado de su vivienda. Sentía cómo su corazón latía más rápido de lo normal. No era para menos, estaba a punto de hacer algo nunca hecho en su vida. Caminó lentamente, repasando lo acordado con Amanda, hasta llegar a la puerta del bungaló de su compatriota. Miró a su alrededor, llenó sus pulmones de oxígeno y golpeó con los nudillos sobre la puerta. No pasaron más de veinte segundos para ver a Michael abriendo. Vestía un par de bermudas de tono beige y una camiseta blanca tipo polo. Definitivamente se trataba de un hombre supremamente atractivo, pensó ella al ver su enorme sonrisa y el brillo de sus ojos claros.