Arenas Blancas

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–Muchachos, la policía no va a hacer nada, tú sabes que esa gente solo se mueve cuando hay muerto –la mamá de Penélope se dirigía a su hija y a Santiago, desde la mecedora ubicada en la sala de su vivienda–. Total, ya cambiaron el vidrio…

–Pero Verónica podría volverlo a hacer –alegó Santiago, sentado en un sofá, muy cerca de su novia.

–¿Pero tú estás seguro de que la culpable es esa muchacha? –preguntó la señora mientras se refrescaba con el movimiento de su abanico.

–Mamá –Penélope se adelantó a la respuesta de Santiago– ya te contamos por qué pensamos que fue ella…

–Es que se me hace tan raro de Vero… Ella siempre ha sido una niña muy tranquila, muy querida, la conozco desde que era una niñita de cinco años, cuando estaba contigo en el jardín infantil…

–La gente cambia con el tiempo –dijo Santiago antes de arrugar los labios.

–Pero en todo caso tenemos que hacer algo, no nos podemos quedar esperando a que nos rompan otro vidrio –alegó Penélope.

–O que te ataquen a ti en las calles –dijo la mamá de Penélope–. Pero yo creo que si ustedes están seguros de que fue ella, toca que la enfrenten, que hablen con ella…

En horas de la tarde, Santiago y Penélope salieron en busca de Verónica con la idea en sus mentes de enfrentarla y descubrir si había sido ella la causante de los estragos de la noche anterior. Sin embargo, una vez se encontraron en el umbral de la puerta de la elegante vivienda de la antigua rubia, un hermano menor de esta, de no más de diez años, les dio a entender que su hermana se encontraba en Arenas Blancas.

–Oye, René, ¿y tú sabes con quién está? –le preguntó Penélope al niño de cabello rubio.

–Ni idea… Ella salió sola.

–¿Y tú sabes qué estaba haciendo tu hermana anoche? –preguntó Santiago mientras mostraba una sonrisa.

–No sé, ella no estaba aquí, creo que llegó tarde, pero yo ya me había dormido.

–Gracias, René –dijo Penélope mostrando su mejor sonrisa–, ¿le puedes decir, por favor, que la estamos buscando?

–¿Y quién es ese man? –preguntó el niño señalando a Santiago.

–Es… es un amigo… Se llama Santiago –respondió una indecisa Penélope.

Minutos más tarde, la joven pareja caminaba por el malecón de la playa de El Rodadero, sus manos entrelazadas.

–No tiene caso ir hasta Arenas Blancas a buscarla, los vigilantes no nos dejarían entrar –dijo Santiago.

–Eso no te ha frenado hasta ahora para que entres a ese sitio…

–Se puede llegar por la playa, pero si vamos a recorrer todo el lugar, y no tenemos la manilla que le ponen a los que se hospedan allá, los vigilantes nos van a sacar…

–Eso es verdad… Pero no voy a estar tranquila hasta que hayamos hablado con ella –dijo Penélope mientras sus ojos se concentraban en los tonos rojos, anaranjados y violetas de un bello atardecer.

–¿Será que Fabio ha podido averiguar algo?

–Podríamos ir a buscarlo y preguntarle…

–Me imagino que sí, pero lo que no se me había ocurrido, es que… Qué tal que Verónica se haya ido hasta Arenas Blancas para hacerle algo malo a Carrie…

Penélope llevó su mirada desde el colorido atardecer hasta los ojos de su novio antes de volver a hablar.

–Pero ella ya no tiene nada que ver contigo… ¿o sí?

Nena, ya sabes que ahora yo estoy contigo –dijo Santiago poniendo sus manos suavemente alrededor de las mejillas de ella–, pero como antes estaba con Carrie, no sabemos lo que Verónica, en medio de su locura, pueda estar pensando.

–Tienes razón… Parece que todo el mundo quisiera acabar con esa pelada…

Las palabras de Penélope retumbaron en el cerebro de Santiago: parecía obvio el darse cuenta de la manera cómo una serie de sucesos se habían presentado para amargarle la vida a una inocente muchacha, quien tenía como único pecado tener un carácter un poco impulsivo. Su injusta condena a prisión, haber sido expulsada de su hogar, el ataque por parte de Fabio y sus amigos, y ahora el riesgo de ser atacada por Verónica eran una cuota demasiado alta de pagar. Pero a esta serie de infortunios también podría sumarse el hecho de no poder estar al lado del muchacho a quien tanto deseaba. Santiago, al tener esto en cuenta, se sintió como uno de los culpables del sufrimiento de su exnovia. Sin embargo, así mismo recordó cómo había sido ella la culpable de dejarlo sentado en aquel restaurante, unos días antes, mientras le quedaba imposible el correr detrás de ella gracias al golpe sufrido en su rodilla. Y las circunstancias se habían presentado de la manera en la cual su atracción se había desviado hacia una niña casi perfecta. Recordó haber deseado, desde lo más profundo de su corazón, arreglar los problemas con la bella norteamericana, pero todo parecía indicar como la suerte y el destino no lo habían querido así.

–¿Pero estás de acuerdo conmigo en que Carrie pueda estar en riesgo?

–Mira, nene, yo no lo sé… Vero se la pasa allá metida: le gusta ir a nadar, a broncearse, a almorzar, eso es como un club para ella… Entonces no es raro de que esté por allá… Ahora, sí tú quieres, por qué no llamas a tu gringuita y le adviertes…




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