Aún no daba credibilidad a la manera como se estaban desarrollando las cosas: Carrie, después de su segunda cerveza y de una sesión de apasionados besos, estaba lejos de entender el resultado de su visita al bungaló de Michael. Suponía haber venido a tenderle una trampa, la cual terminaría metiendo al apuesto norteamericano en grandes problemas ante las autoridades; pero había terminado aceptándole sus disculpas, perdonándolo, besándolo y dispuesta a ser llevada a la cama. No solo el mundo, sino también la vida, parecían dar muchas vueltas y ahora especialmente la suya. Ya no sabía cómo iría a terminar todo; su aventura con Michael, su relación con Santiago y mucho menos su trabajo como profesora de inglés, pero si las cosas en su vida iban a continuar presentándose de una manera sorpresiva e inesperada, lo mejor sería no ponerle mucha atención al destino y simplemente tratar de vivir el momento de la mejor manera posible.
–¿En qué estás pensando? –le preguntó Michael separando sus labios de los de ella.
Pero la respuesta llegó con tres suaves golpes en la puerta de entrada.
–Creo que no voy a atender eso –dijo Michael volteando a mirar hacia la entrada del bungaló–, debe ser alguno de mis compañeros con deseos de llevarme a beber a la playa.
Pero Carrie recordó la señal convenida con Amanda, aquellos tres toques a la puerta hechos por un mesero, los cuales le indicarían el momento en el cual ella estaría lista con la policía para sorprender al norteamericano en un lugar de la playa, alejado un poco más de doscientos metros de las instalaciones del lujoso resort. Carrie lo dejaría en aquel lugar, en posesión de las bolsas de alucinógenos, utilizando la disculpa de querer ir al baño, y así los agentes podrían hacer su trabajo.
–Espera –dijo ella poniéndose de pie–, dejé razón de que iba a estar aquí contigo, podrían estar buscándome para algo relacionado con el trabajo…
–No puedo creer que no te dejen libre ni en tus horas de descanso –Michael meneó la cabeza mientras abandonaba la comodidad del sofá.
–No sería mayor cosa, solo es… si debo empezar clase mañana a las ocho o a las nueve…
Michael le brindó una pequeña sonrisa antes de acercarse a abrir la puerta de su bungaló. Al otro lado encontró a un empleado del resort vestido de blanco y quien se disculpó antes de preguntar por la señorita Carrie.
–Te lo dije, era para mí –dijo ella acercándose a la puerta–. Hola, Gonzalo, ¿cómo vas?
–Bien, señorita Carrie, solo para decirle que la clase de mañana empieza a las ocho –respondió el hombre de blanco sin poder disimular una pequeña sonrisa de complicidad.
Era el complemento de la señal convenida horas antes con Amanda. Las ocho de la mañana indicaba seguir el plan tal y como todo había sido acordado. Si el hombre de blanco hubiese dicho las nueve de la mañana, Carrie se hubiese visto obligada a salir corriendo del bungaló de Michael con cualquier clase de disculpa. Despidió a Gonzalo con una sonrisa nerviosa sin saber cómo podría proceder para evitar el arresto de su atractivo amigo.
–Veo que hay bastante confianza entre tú y los empleados de este lugar…
–Bueno, yo también soy empleada de este lugar y Gonzalo es uno de mis estudiantes más destacados.
–Entonces ya sé con quién me vas a traicionar cuando abandone este lugar y regrese a los Estados Unidos –bromeó Michael mientras sacaba un nuevo par de cervezas del refrigerador.
–No digas bobadas, Gonzalo está casado y tiene una pequeña hija –Carrie se volvió a sentar en el sofá, su mente ocupada buscando la manera de hacerle saber a Amanda acerca de la cancelación del plan. Michael podría haberse portado muy mal unas horas antes, podría tener las bolsas de alucinógenos en su poder, pero ahora estaba segura de estar lidiando con un buen muchacho, el cual no merecía terminar en una cárcel de Santa Marta.
–¡Dios! Olvidé algo –dijo ella, súbitamente poniéndose de pie.
–¿Qué olvidaste? –preguntó un sorprendido Michael, el dedo de su mano derecha ocupado tratando de abrir una de las latas de cerveza.
–Amanda tiene la llave del salón de clases y ella no llega mañana sino hasta las nueve, tengo que ir a buscarla y hacer que me la entregue.
–¿Y no la puedes llamar a su oficina y decirle que te deje la llave en la recepción? –Michael arrugó el ceño antes de pasarle la lata de cerveza.
–Lo voy a intentar, aunque dudo que a esta hora esté en su oficina, debe estar dando las últimas rondas al resort antes de irse a su apartamento –dijo Carrie, su mano izquierda sosteniendo la cerveza y la derecha agarrando el teléfono ubicado a un costado del mesón de la cocina.
–Lo sabía, ya no contesta –Carrie puso el auricular de regreso en su lugar.
–Debo ir a buscarla –dejó la cerveza sobre el mesón y se apresuró a abrir la puerta del bungaló.
–¿Quieres que te acompañe? –preguntó Michael, poniendo su mano derecha sobre el hombro de ella.
–No, tranquilo… no tardo…
–Oye, si no quieres continuar con esta reunión solo dímelo, no te voy a obligar a nada –Michael mostró un rostro comprensivo y paciente, aunque algo desilusionado.
–¿Por qué dices eso? –preguntó ella en el umbral de la puerta de salida.