Arenas Blancas

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Santiago y Penélope no tuvieron suerte en la casa de Fabio. La madre del expresivo muchacho los atendió amablemente, les ofreció sendos vasos de limonada fría y les informó acerca del paradero de Fabio: <<Niños, Fabio está con el papá en la Quinta de San Pedro Alejandrino>>, se fue a acompañarlo a recoger un equipo de sonido que alquiló por allá para un evento>>.

–Nosotros, cuales detectives de serie de televisión y Fabio por allá en otras vueltas –comentó Santiago cuando abandonaron la casa de su amigo.

–Bueno, mi nene lindo, ¿y ahora qué hacemos?

–No sé, pequeña… ¿Quieres arriesgarte en ir hasta Arenas Blancas?

–Pues vamos. Creo que simplemente deberíamos preguntar por tu gringuita en portería y cuando ella nos haga seguir o salga a vernos le decimos que tenga cuidado.

–¿Hasta cuándo le vas a decir <<mi gringuita>>? Ya te dije, nena, que ella no es <<mi gringuita>>.

–Bueno, nene, entonces la llamaré por su nombre: Carrie. ¿Pero no te parece que es lo mejor? –preguntó Penélope de manera tierna y dulce.

–Eso resuelve lo de advertir a Carrie acerca del peligro, ¿pero si queremos hablar con Verónica y enfrentarla?

–Sencillo, le decimos a tu gringui… perdón, a tu Carrie…

–No es mi Carrie –la interrumpió Santiago, su cabeza meneando lentamente. De haber sido alguien más, ya se hubiera molestado y hasta puesto de mal humor; pero la hermosa y tierna niña, parada a su lado, le evitaba generar cualquier clase de sentimiento negativo.

–Bueno, a la niña del país del norte le podemos decir que nos deje entrar al resort y así podemos buscar a Vero.

Momentos después la joven pareja se encontró viajando en un taxi de color amarillo rumbo al resort. De alguna manera, Santiago sentía estar haciendo exactamente lo mismo de la noche anterior: nuevamente con rumbo a Arenas Blancas para salvar el pellejo de su primer amor, esta vez acompañado por la segunda niña llegada a su vida, pero quien con el paso de las horas se convertía en una persona supremamente importante.

–Buenas noches, señor –le dijo Penélope al portero–. Buscamos a la señorita Carrie… –se volteó a mirar a su novio al caer en la cuenta de su desconocimiento acerca del apellido de la norteamericana.

–Prescott, Carrie Prescott, señor. Es la profesora de inglés –intervino Santiago.

–¡Ah! Ustedes buscan a Miss Carrie, ya te la ubico –dijo el amable portero antes de agarrar el citófono.

–Mira, aquí, Vives… –el hombre se silenció por un par de segundos antes de continuar–: mira yo sé que tú no vives aquí, pero hablas con Vives, Eliecer Vives de portería… Hay una parejita buscando a Miss Carrie… –otro silencio se prolongó por poco más de medio minuto, la mirada del hombre yendo del rostro de Santiago al de Penélope.

–Mínimo no la encuentran –le susurró Santiago a su novia.

–Bueno, ya les informo –el portero devolvió el citófono a su lugar–. Miss Carrie no contesta, no está en su bungaló.

–¿Pero podemos entrar a buscarla? –preguntó Penélope poniendo su mejor sonrisa.

–Lo siento, señorita, ella tiene que dar la autorización –respondió el portero, sacudiendo la cabeza de lado a lado.

–Amigo– dijo Santiago tratando de mantener una sonrisa acompañada de un tono amable y convincente–, ¿no se acuerda de mí? yo he venido varias veces por aquí… y es que necesitamos ubicarla urgentemente.

–No me acuerdo, por aquí llega mucha gente, usted sabe…, aquí entran y salen todo el tiempo.

–Mira, ¿tú nos puedes hacer el favor de llamar a Amanda?

–Ya te la comunico –dijo el portero tomando nuevamente el citófono.

–Habla Vives, mira, preguntan por la señorita Amanda… Dale, dale, yo espero –dijo el sonriente hombre.

Al cabo de unos segundos, el portero devolvió el citófono a su sitio.

–Tampoco aparece, es que a esta hora ella ya no está en la oficina.

–¿Pero usted sabe si todavía está en el resort? –preguntó Santiago.

–Ella no ha salido todavía, su carro está ahí parqueado –el portero giró levemente su cuello con dirección al estacionamiento de vehículos.

–¿Qué hacemos ahora? –preguntó Penélope, su lindo rostro mostrando algo de decepción.

–Nada que hacer –susurró Santiago al oído de su novia–, lo único es dar la vuelta y entrar por la playa.

No tardaron en llegar a la esquina en la cual la cerca, encargada de rodear el resort, giraba hacia la izquierda y empezaba a recorrer los terrenos claro oscuros situados a la derecha del lujoso sitio próximos a la zona de la playa, ya conocidos por Santiago gracias a su aventura de la noche anterior. Caminaba adelante advirtiendo a Penélope de los obstáculos atravesados en el camino. Iban algo más lentos si se comparaba la velocidad con la utilizada por Santiago algo menos de veinticuatro horas antes. Aunque era oportuno y de cierta premura el tratar de advertir a Carrie acerca del riesgo latente, era más importante evitar volver a tropezar con algún objeto atravesado y llegar a lastimarse; ya suficiente habían tenido con la visita a la sala de emergencias de la noche anterior y la lesión de rodilla sufrida por Santiago.




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