Arenas Blancas

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A Santiago lo habían requisado varias veces en Bogotá, especialmente a la entrada del estadio de fútbol o de algún concierto, pero jamás lo habían hecho mientras le apuntaban con un arma. Vinieron a su mente los casos vistos en los noticieros o los periódicos, en los cuales los delincuentes, disfrazados de policías, acostumbraban a robar a la gente. Podría perfectamente tratarse de un caso de estos, especialmente si tenía en cuenta el lugar en el cual se encontraban.

–Señor, tranquilo –dijo una nerviosa Penélope–, no es necesario que nos apunte con esa arma.

–¿En dónde es que tienen la droga escondida? –preguntó el otro policía.

–¿Cuál droga? Nosotros no tenemos ninguna droga –respondió Santiago.

–Eso no es lo que nos dijeron por ahí –dijo el policía antes de requisar minuciosamente a Santiago.

–Bueno –dijo el hombre volteándose a mirar a su compañero–, este no tiene nada.

–Requísala a ella, la debe tener por ahí escondida…

Penélope, al ver cómo el hombre se le acercaba, no dudó en decir:

–Usted no me puede tocar, tiene que llamar a una mujer policía para que lo haga.

–La pelada tiene razón –dijo el policía de la pistola.

–Pero ahora que recuerdo, ¿no se supone que ella es una gringa?

–¿Gringa, yo? Mira, si yo soy más samaria que las playas de El Rodadero –alegó Penélope.

–Algo no cuadra aquí –dijo el policía desarmado–. Además el mancito también tenía que ser gringo y este pelado es como cachaco.

–Soy de Bogotá –añadió Santiago–. Si están buscando gringos con droga, creo que se equivocaron de gente.

–A ver, muestren sus documentos de identidad –las palabras del policía desarmado sonaron fuertes y convincentes. Tanto Santiago como Carrie sacaron sus respectivas cédulas de ciudadanía de los bolsillos y se las entregaron al hombre.

–Sí, efectivamente… Esta gente es colombiana –dijo el policía, su mirada enfocada en los documentos de identidad mientras los iluminaba con una pequeña linterna.

–Bueno, pero ¿ustedes qué hacen por aquí a estas horas? ¿Están hospedados en Arenas Blancas? –preguntó el policía de la pistola.

Santiago y Penélope guardaron silencio por unos segundos antes de responder.

–No, solo vinimos a buscar a una amiga que está ahí hospedada, pero no la encontramos –respondió Santiago.

–Miren, nosotros estamos en un operativo –dijo el de la pistola mientras la devolvía a su estuche en el cinturón–, así que, si no quieren correr peligro, mejor váyanse de aquí.

–Lo que tú digas –dijo Penélope, recibiendo su documento de identidad y guardándolo en su bolsillo–, lo último que queremos es molestarlos mientras ustedes hacen su trabajo.

La joven pareja se alejó del lugar, tomando el rumbo de regreso al resort sin tener claro cuál sería su siguiente paso. Santiago había estado decidido a convencer a Penélope de regresar inmediatamente al Rodadero, pero el episodio con los policías lo había puesto a pensar.

–¿De qué se trataba eso? –le preguntó a su novia.

–No lo sé, mi nene, pero déjame decirte que ese mancito con esa pistola me puso a mil…

–Te entiendo, mi nenita ¿pero será que le van a caer a esos gringos drogos del combo de Kim que se están hospedando en Arenas Blancas?

–Es posible… Ya sabes que para esos gringos usar esas drogas es lo mismo que para nosotros tomar ron o aguardiente y pues de pronto por ahí la gente se molestó y los acusaron con la policía.

–Bueno, dejarlos…

–Pero mira que esos señores siguen ahí cuadrando mesas y cosas –dijo Penélope al observar a los trabajadores del resort aun ocupados en el montaje del supuesto evento.

–Nena, regresémonos ya, no quiero problemas y menos ahora que la policía anda en el sector buscando gringos viciosos.

La pareja se encontraba en la esquina del resort, justo donde terminaba la playa y empezaba el camino paralelo a la cerca, el cual llevaba a la carretera.

–Yo te haría caso, ¿pero esa que va corriendo allá no es Carrie? –Preguntó Penélope, su mirada fija en la muchacha del vestido rojo, quien había salido del resort por la zona de los parasoles azules y ahora corría hacía el lugar en donde ellos habían sido requisados por los policías.

–Pues claro que es ella… ¿Pero ahora qué carajos está haciendo? –Santiago siguió a su exnovia con la mirada, su rostro mostrando una expresión de sorpresa.

–Si se va por allá, va a estar en problemas con la policía…

–Lógico, ¿pero por qué estará yendo para allá?

–Deberías prevenirla –sugirió Penélope.

–No lo sé, esto está demasiado extraño…

Santiago era consciente del riesgo. Siendo Carrie una norteamericana, y siendo esto precisamente lo buscado por los policías, no cabía duda alguna del problema al cual se vería expuesta en contados segundos. Recordó el episodio culpable de su encierro un año atrás. ¿Volvería a ser víctima de un suceso similar? Pero fue cuando una segunda duda llegó hasta su cerebro: ¿Habría sido ella realmente una muchacha inocente? ¿Eran ciertos los cargos, por los cuales había sido encerrada y la versión de su supuesta inocencia era solo una historia inventada para lavar su nombre? ¿Pero por qué estaba pensando así? ¿Tanto estaban influenciando las excelentes cualidades de Penélope en su pensamiento como para llegar a pensar de esa manera acerca de la muchacha quien había sido su primer amor? ¿Hasta qué punto podría ella estar envuelta en la presencia de aquellos dos policías en la playa? Pero fueron las palabras de Penélope las que lo sacaron de sus cavilaciones:




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