Arenas Blancas

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Nada le dolía más. Como toda una estúpida, se ilusionó pensando cómo Santiago trataría de buscarla, de contactarla de alguna manera. Se habría quedado todo la tarde y la noche encerrada en su bungaló a la espera de una llamada, de un mensaje, de verlo aparecer frente a su puerta. Sin embargo, las amenazas de Michael no la habían dejado hacerlo, y ahora se encontraba pensando en aquella imagen de Santiago en la playa cercana al resort en compañía de su maldita novia, muy cogidos de la mano y fingiendo preocupación por un supuesto ataque proveniente de la tal Verónica. Ahora corría hacía el lugar, previamente convenido con Amanda, tratando de encontrarla o en su defecto hallar a los policías encargados de detener a su atractivo compatriota. Ya era hora de dejar de pensar en aquel atractivo estudiante de intercambio, de olvidar aquellos cuatro maravillosos días de noviazgo. Era hora de sacarlo de su cabeza, de su vida, definitivamente no merecía un lugar en su corazón. No entendía la razón de los hechos sucedidos en el taxi la noche anterior. Pero nada sacaba con eso: igualmente la había rechazado cuando trató de entregarle su virginidad. Ahora solo debía seguir caminado en búsqueda de aquellos policías, hablarles, explicarles cómo todo se limitaba a un malentendido, volver al bungaló de Michael, abrazarlo y besarlo hasta el cansancio y por qué no, entregarle aquello que Santiago había decidido rechazar.

–Señorita, no camine sola por estos lados, mire que por aquí está muy solo y ya está oscuro –Carrie se sorprendió al encontrarse con un par de agentes de la policía salidos de entre los arbustos, quienes la abordaron de manera amable y cordial.

–Buenas noches, yo creo que los estaba buscando a ustedes –contestó ella mientras los policías se miraban entres sí mostrando sus mutuas expresiones de sorpresa.

–Cuéntenos –dijo el policía más viejo–. ¿Algún problema en la zona?

–No, no hay problemas, solo quería saber si son ustedes los que fueron contactados por mi amiga Amanda, la subgerente de Arenas Blancas.

–Oye, Valencia, esta pelada es gringa, escucha el acento que tiene –dijo el policía más joven.

–Eso es evidente, Cubillos –dijo el policía más viejo–, pero ya sabes que ese resort está lleno de gringos.

–Sí, soy gringa… y trabajo como profesora de inglés en el resort –intervino Carrie mostrando su mejor sonrisa. Se vería obligada a utilizar todos sus recursos si quería ver a su amigo salir bien librado de aquella situación.

–¿Y tú dices que eres amiga de la señorita Amanda? –preguntó Valencia, mirándola de pies a cabeza.

–Sí, amiga y trabajo con ella… Como le dije, soy la profesora de inglés de Arenas Blancas.

–Entiendo… ¿Y tú qué tienes que ver con el asunto ese de la droga? –preguntó Cubillos.

–Nada, absolutamente nada… –a la mente de Carrie vinieron los recuerdos de aquella tarde en New Jersey, cuando al lado de sus compañeros de colegio, fue detenida a escasos metros de su casa.

–¿Entonces qué es lo que quieres? ¿No dijiste que nos andabas buscando?

–Sí, es que Amanda me dijo que ustedes iban a estar por aquí…

–Bueno, sí… aquí estamos –dijo Valencia.

–Bueno… Es que… pues como ella los llamó para lo de una droga de un gringo…

–Ya sé, tú eres Carrie, la que tenía que traer al gringo hasta acá –intervino Cubillos.

–Sí, mucho gusto –dijo ella estrechando la mano de los dos agentes–, soy Carrie… Carrie Prescott.

–Bueno, ¿y dónde está ese man? –preguntó Valencia, mirando a su alrededor.

¿Qué podría decirles? Todo había sido tan apresurado, tan sorpresivo, tan inesperado; en realidad su mente no estaba preparada para dar una respuesta correcta.

–Miren, es que… todo fue un malentendido…

–Explícate, mira que no estamos aquí para perder el tiempo –Valencia daba muestras de estar empezando a perder la paciencia.

–Se supone que un gringo iba a comprar una droga para una fiesta esta noche, pero… pero al fin no la pudo conseguir… –dijo una nerviosa e insegura Carrie. Le hubiera gustado conocer un poco más acerca de los detalles de la conversación entre Amanda y los policías, saber hasta qué punto estaban ellos enterados de la situación; si conocían la parte de la historia en la cual se había visto chantajeada por Michael o si su información se limitaba al asunto de un norteamericano con drogas al cual debían arrestar.

–¿Pero tú por qué estás envuelta en todo esto? –preguntó Cubillos, una clara expresión de extrañeza en su rostro.

–¿No se los dijo Amanda?

–Solo dijo que tú estabas colaborando con las autoridades para lograr el arresto de alguien que estaba comerciando con drogas ilícitas, y que te encargarías de traerlo hasta acá, junto con los paquetes de droga, para que lo pudiéramos detener –dijo Valencia.

–Pero ahora tú llegas sola, no hay gringo, no hay drogas, no hay nada –intervino Cubillos, su cabeza yendo lentamente de un lado a otro.

–Y eso no está bien, ya te dije que no estamos aquí para perder el tiempo, y yo creo que tú me tienes que traer a ese gringo, al menos para interrogarlo, porque si el man está metido en el cuento de la distribución y venta de alucinógenos, yo creo que eso no lo podemos dejar pasar, así como tan fácilmente –complementó Valencia.




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