Arenas Blancas

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Con paso acelerado, Santiago y Penélope recorrieron las instalaciones del lujoso resort en búsqueda de Verónica. Las cinco piscinas, los más de ocho restaurantes y cafeterías, los salones de juegos, las salas destinadas a eventos sociales, así como las destinadas a la práctica de deportes y relajación desfilaron ante sus ojos sin resultado alguno. Decidieron buscar en el área de los bungalós, último recurso a su alcance. Fue el momento en el cual, a poco menos de veinte metros de distancia, vieron a Carrie saliendo de uno de los bungalós en compañía de un muchacho con apariencia extranjera.

–Mira, nene, ahí va Carrie con un pelado… pero tiene pura pinta de gringo –Penélope señaló la dirección en la cual se encontraba la pareja.

–Estoy seguro de que ese tipo tiene algo que ver con el cuento de los policías.

–¿Será que los seguimos a ver qué hacen? –preguntó Penélope, una maliciosa, pero divertida sonrisa dibujada en su lindo rostro.

–Pues en vista de que no encontramos a Verónica por ningún lado, pues hagámosle.

Tuvieron la precaución de mantenerse a una distancia prudente para evitar ser vistos. Metros más adelante, una vez adentrados en la playa, observaron como Carrie, y su acompañante, se detuvieron; parecían conversar sobre algo importante y de un momento a otro fueron testigos de cómo se besaban. Estuvieron así por un poco más de veinte segundos y en seguida el muchacho tomó la mano de ella antes de empezar a caminar hacia la zona en donde se encontraban los policías. Santiago sintió como si un puñal le hubiese sido clavado en el corazón. No le gustó para nada observar cómo aquel muchacho besaba a quien había sido su primer amor. Jamás había tenido la oportunidad de ver a Carrie cortejada por alguien más. No era justa su protesta, pero la justicia no tenía absolutamente nada que ver: simplemente se trataba de un ataque de celos. Pero recordó cómo había sido él mismo, durante la noche anterior, quien se había encargado de rechazarla. No había disculpa. Podría haber estado, en ese preciso momento, al lado de ella, disfrutando de la playa, de las atracciones ofrecidas por el resort, de las diversiones ofrecidas por la ciudad, pero había escogido estar con Penélope, la dulce, bella y tierna Penélope. Pero no podía martirizarse a sí mismo: reusarse a estar al lado de una niña con tantas cualidades como las poseídas por su novia era algo imposible de hacer.

–Nene, ese par tienen su cuento…

–Sí, mi niña linda, eso se nota… ¿No crees que mejor los dejamos en paz y regresamos al Rodadero? –lo último en la lista de deseos de Santiago era llegar a ser testigo de la manera como Carrie y su acompañante podrían terminar en una demostración pública de amor, pasión y sentimientos en la mitad de la playa.

–¿Y no quieres saber por qué Carrie está envuelta en todo este asunto con la policía?

–Creo que a la hora de la verdad serían más problemas para nosotros que cualquier otra cosa…

–Entonces, ¿estás seguro de querer regresar ya?

–Pues quería que encontráramos a Verónica, pero si no aparece…

Pero las palabras de Santiago fueron interrumpidas por la voz femenina de una persona, quien sorpresiva y súbitamente se pronunció a sus espaldas:

–Ya me encontraron… y por lo que veo, a mi amiga todo le está saliendo tal y como lo había planeado…

Santiago y Penélope dejaron de prestar atención a los movimientos de Carrie y de su acompañante para darse vuelta y encontrarse con la figura de Verónica, quien nuevamente tenía su tono de cabello rubio, aunque ahora lucía un poco más claro, cumpliendo la función de destacar su belleza de una manera nunca vista.

–¡Vero! –exclamó una sorprendida Penélope, precisamente te estábamos buscando.

–Ya no tienen que buscar más, aquí estoy –la sonrisa de la rubia iba de oreja a oreja pero no escondía un toque de malicia.

–Te estuvimos buscando por todo el resort… Necesitamos hablar contigo –las palabras de Santiago sonaron firmes y seguras.

–Si es por el problema de los gringos drogadictos que anda buscando la policía, de una vez les digo que yo no tengo nada que ver con eso –dijo Verónica mirando hacia el lugar donde se encontraban Carrie y su acompañante.

–Y tú, ¿cómo es que estás enterada de eso? –preguntó Penélope.

–Se te olvida que soy amiga de mucha gente… incluyendo los policías de la ciudad –Verónica no paraba de sonreír.

–¿Y entonces qué es lo que pasa con eso? –Santiago llevó su mirada hacia el oscuro y apartado lugar en donde minutos antes, él y su novia, se habían encontrado con los policías.

–Lo más lógico: que los gringos andan metiendo y traficando y pues es deber de la autoridad el tratar de conservar la tranquilidad y la calma de este lugar. Pero por favor no me preguntes por tu gringuita porque no sé qué cuernos tenga que ver en todo esto… Aunque ahora que lo pienso, pues seguramente está envuelta en el lio como buena gringa que es… Pero bueno, ahora sí digan para qué me estaban buscando…

–Vero, ¿tú fuiste la que rompió el vidrio de mi casa? –Penélope, sin mostrar temor alguno, se acercó a la rubia hasta quedar a escasos cincuenta centímetros.

–¿Tú crees que yo soy alguna especie de vándala? –Verónica achinó los ojos.




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