Arenas Blancas

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Carrie estaba lejos de entender la lógica de aquellos policías: Amanda, Michael y ella misma habían tratado, de diferentes maneras, de explicar la situación al par de hombres de uniforme verde, pero estos insistían en querer llevarse a alguien detenido. Si era Amanda quien los había llamado, ¿por qué no podía ser ella misma la encargada en desistir de la denuncia? Pero, lamentablemente, sin haber cometido absolutamente ningún crimen, ahora sentía cómo se debía sacrificar, nuevamente, y esta vez en aras de salvar el trabajo y la reputación de su única amiga en Santa Marta. Lo mejor había sido ofrecerse para ser llevada a la estación, al lado de Michael, con la esperanza de ver el problema resuelto lo antes posible y de esa manera lograr conservar su puesto como profesora de inglés.

–Aunque los llevemos detenidos, nos veríamos obligados a allanar sus bungalós –dijo el policía de apellido Valencia ante el ofrecimiento de Carrie.

–Pero eso es precisamente lo que estamos tratando de evitar –alegó Carrie.

–Entonces nos llevamos a la señorita Amanda detenida por falsa denuncia y como ya les dijimos, en dos o tres días quedaría libre –dijo el policía llamado Cubillos.

Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Amanda mientras Carrie, sintiéndose culpable, no encontraba la manera de salir del problema. Estaba condenando a su amiga a perder su trabajo y posiblemente las repercusiones llegarían también a influir en su puesto como profesora en Arenas Blancas.

–Pero yo fui la que le dije a ella que pusiera la denuncia, ella solo me estaba obedeciendo… Entonces si el cargo va a ser falsa denuncia, me pueden llevar a mí –Carrie estiró los brazos hacia el frente y juntó sus muñecas, tal y como lo había hecho varias veces, antes de sentir el frio metal de las esposas, durante su permanencia en la prisión juvenil de su país.

–Bueno, si tú así lo quieres –dijo Cubillos llevando su mirada desde el rostro de Carrie al de su compañero, de quien recibió un guiño como visto bueno antes de sujetar a la norteamericana, pasarle sus brazos hacia atrás y cerrar las esposas alrededor de sus muñecas.

–¡Carrie! Tú no tienes la culpa, toda la culpa es de Michael, él fue el que provocó todo esto… –dijo una exaltada Amanda.

–Yo solo bromear, pero policía poder arrestar a mí también, no problema –alegó el joven norteamericano.

Sin embargo, los policías no prestaron atención a las palabras de Amanda, ni tampoco a las de Michael y empezaron a caminar, llevando a Carrie esposada, con rumbo al camino que llevaba a la carretera principal.

¡No lo podía creer! Por segunda vez, en su relativamente corta vida, estaba siendo arrestada y la razón era nuevamente su supuesto envolvimiento con estupefacientes. Pero esta vez era diferente: ya no se trataba de una amiga traicionera o de un compañero distribuidor de drogas; esta vez se estaba sacrificando por su amiga, quien a su vez había tratado de ayudarla a salir de un problema. Ya no pasaría la noche al lado de la persona con quien había pretendido perder su virginidad; ahora la pasaría en el calabozo de una prisión extranjera a la espera de ser escuchada por un ser lo suficientemente racional como para dejarla ir al día siguiente. Hasta sus oídos llegaban las súplicas de Amanda y los ruegos de Michael, pero el par de agentes parecían no escuchar ni entender palabra alguna a pesar de la insistencia de quienes caminaban unos pocos metros más atrás.

Pero algo jamás esperado ocurrió cuando los pies descalzos de Carrie estaban a punto de dejar las suaves arenas y de posarse sobre el duro cemento del estrecho sendero: apareciendo de la nada y de manera sorpresiva, Santiago se atravesó en el camino, saludó a los dos policías de manera cordial, le dio un pico en la mejilla y se dirigió a Valencia de manera firme y segura:

–Señor agente, que pena interrumpirlos, pero me parece que la señorita Carie, quien, según entiendo, se valió de la subgerente del hotel para poner una denuncia en la estación de policía, debe ahora ratificar su denuncia y si no lo hace, esta quedará sin piso alguno, por lo cual quedaría automáticamente descartada…

–¿Y se puede saber quién es usted? –preguntó un sorprendido Valencia, sus ojos fijos en el rostro de Santiago.

–Soy amigo de Carrie y de Amanda, pero al señor –dijo Santiago volteando a mirar a Michael– lo acabo de conocer.

–Eche, ¿y quién te dijo que podías venir aquí en el papel de abogado de esta gente? –preguntó Cubillos dirigiéndose al recién llegado.

–No soy abogado, pero mi papá sí lo es, y a través de los años le he aprendido bastante, por lo que insisto en que la denuncia no tiene piso hasta que no sea ratificada.

Todos dejaron de mirar a Santiago para centrar su atención en el policía de apellido Valencia.

–En eso puede tener razón este pelado…

–Oye, ¿tú no andabas con otra hembrita por estos lados hace como una hora? –le preguntó Cubillos a Santiago.

–Sí, con la que era mi novia…, mejor dicho, mi exnovia… y ustedes nos estuvieron requisando.

Carrie no lo podía creer: no solamente había llegado Santiago, su primer amor, a salvar la situación, sino también acababa de referirse a la tal Penélope como su exnovia. Lo miró directo a los ojos, lo vio más atractivo que nunca, y si hubiese sido por ella, y de no haber tenido las manos esposadas detrás de su espalda, hubiese saltado encima de él para llenarlo de abrazos y besos y no dejarlo, nunca más, apartarse de su lado.




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