Cuánto había cambiado: de ser un muchacho tímido y algo introvertido, acostumbrado a lidiar con situaciones aparentemente difíciles de manejar y por ende causantes de su inseguridad, se estaba convirtiendo en una persona mucho más segura de sí misma, quien sin contar con la ayuda de alguien más, había logrado liberar a su primer amor de las garras de unos policías ansiosos por detener a alguien y quienes muy posiblemente solo estaban interesados en mostrarle resultados positivos a sus superiores. Ahora todo estaba cambando y prácticamente se había convertido en la atracción de algunas de las muchachas más atractivas de la pequeña ciudad, algo totalmente impensable unos pocos meses atrás. Sin embargo, esto no había sido suficiente para evitar el arresto de Penélope y Verónica. Con sentimientos encontrados, observó cómo los policías se las llevaban esposadas por el pequeño sendero, el mismo utilizado por él durante las dos últimas noches para llegar hasta la playa del resort. En su mente no cabía la idea de ver cómo, en cuestión de pocos minutos, se había desmoronado aquella imagen de perfección irradiada por Penélope. ¿Pero estaría siendo demasiado severo con ella? ¿La habría juzgado de manera impulsiva al enterarse de su próximo viaje a Canadá? ¿Estaría a tiempo de correr detrás de los policías y hacer un último intento antes de ver a su tierna y dulce niña encerrada en un calabozo? Sin embargo, sus cavilaciones fueron interrumpidas por las palabras de Michael, aparentemente dirigidas a Carrie y pronunciadas en inglés:
–Bueno, creo que gracias a tu amigo hemos salido bien librados… Pero creo que es hora de regresar a mi bungalow, tomarnos una cerveza, relajarnos un poco y continuar con lo que teníamos planeado.
Santiago volteó a mirar a Michael para ser testigo de la manera como el norteamericano tomaba las manos de Carrie. Todo parecía definitivo: seguramente el haberse negado a pasar la noche con ella había puesto a su primer amor a pensar en la necesidad de estar con otras personas y no había tardado en decidirse por el apuesto huésped de uno de los bungalós de Arenas Blancas. Sintió como se podría quedar sin el pan y sin el queso a menos de que decidiera acoger a Verónica en su corazón. Pero además de no querer aparecer ante todos como un vulgar casanova, saltando de una muchacha a la siguiente en la fila, también era consciente de la necesidad de concentrarse en una sola mujer si quería vivir con algo de estabilidad en su nueva ciudad. La hermosa rubia le dejaba demasiadas dudas: la veía como una persona intensa y posesiva además de potencialmente peligrosa. Seguramente no tenía la culpa en el episodio de la ventana rota, pero de igual forma, una persona racional evitaría estar mandando mensajes amenazantes a una de sus rivales, y mucho menos cuando se trataba de una amiga cercana. Por el otro lado, nada bueno conseguiría si continuaba enamorándose e ilusionándose con la dulce Penélope: aparentemente no le quedaba más de un mes en Colombia. Partiría para regresar después de un año o tal vez mucho más, y el hecho de tener una novia a más de diez mil kilómetros de distancia era casi como no tener a nadie. Todo era demasiado confuso y por lo pronto lo mejor sería regresar al apartamento, darle una llamada a la mamá de Penélope para informarle acerca de la detención de su hija, tomar una refrescante ducha y acostarse a dormir. Se despidió de Amanda dándole un pico en la mejilla y cuando se disponía a hacer lo mismo con Carrie, esta le soltó las manos a Michael y dijo:
–Siento mucho que la policía se haya llevado a tu novia, ojalá le den un trato decente en la estación.
–Creo que ella ya no es mi novia… La verdad, creo que me equivoqué…
–Bueno, todos cometemos errores –la sonrisa y la mirada de Carrie lo llevaron a pensar en lo escasamente convencida que podría estar acerca de regresar al bungaló de su amigo norteamericano.
–No lo dudes… Bueno, creo que es hora de retirarme… –Santiago inclinó la cabeza hacia adelante, le dio un pico en la mejilla, estrechó la mano de Michael, se dio medio vuelta y empezó a caminar en busca del estrecho sendero.
–Santiago, ven y sales por el resort, creo que es más seguro y te puedo pedir un taxi –fueron las palabras de Amanda, quien se apresuró a alcanzarlo.
Con su mente viajando entre las imágenes de los rostros de Carrie, Penélope y Verónica, Santiago no supo exactamente el momento en el cual Amanda le ofreció llevarlo de regreso al Rodadero en su auto. Por el momento solo pensaba en las tres muchachas: en cómo Penélope estaría ad-portas de ser encerrada en un calabozo, seguramente al lado de Verónica, para pasar posiblemente la peor noche de su vida mientras Carrie, luciendo su llamativo vestido rojo, estaría disfrutando de una interesante velada al lado de quien parecía ser su nuevo amor.
–Santiago, ¿te gustaría tomarte algo? –la pregunta de Amanda, mientras recorrían el corto camino existente entre la entrada del resort y la carretera principal, no solo lo sacó de sus pensamientos, sino que también lo sorprendió.
–Pues harta sed sí tengo, pero estoy corto de plata, solo tengo para el taxi de regreso al Rodadero –sin embargo, le pareció como una buena idea si podía sentarse un rato con la atractiva subgerente de Arenas Blancas y desahogarse un poco mientras le contaba algunas de sus preocupaciones.
–Por plata no te preocupes que plata no hay –dijo Amanda antes de lograr una pequeña risa por parte de Santiago–. Estaba pensando que fuéramos a mi apartamento, es aquí cerca, allá tengo gaseosa, cerveza, vino…
–¡Tienes todo un bar…!