¿Acaso se vería obligada a ponerse de rodillas y rogarle? Pero su otro yo le respondió: <<Estabas agarrada de las manos de Michael en aquella playa. ¿Cómo rayos pretendías que Santiago te dijera algo bonito o te invitara a pasar a su lado el resto de la noche?>> Era verdad: sería demasiado ingenuo el llegar a pensar en eso. Y ahora, de vuelta al bungalow de Michael, ¿en realidad deseaba acostarse con él y perder su virginidad a manos de quien la había amenazado unas horas antes? El poco efecto causado por las cervezas ingeridas antes de salir a lidiar con los agentes de policía era algo del pasado, y siendo casi las nueve de la noche no estaba muy segura si debía empezar a beber de nuevo y presentarse a trabajar al otro día con los efectos del licor aun rodando pos sus venas.
–Bueno, ya no tenemos hierba ni tampoco de lo otro –dijo Michael, parado frente a ella, mientras mostraba una botella de tequila en su mano derecha y otra de aguardiente en la izquierda–, pero aquí tenemos licor suficiente para toda la noche.
–No lo sé, no quiero llegar con dolor de cabeza a clase…
–Vamos, solo sería un par de copas para volver a entrar en ambiente y para relajarnos un poco…, recuerda que estuviste a punto de pasar la noche en prisión.
Carrie no quería recordarlo: si no hubiese sido por Santiago, en ese mismo momento estaría nuevamente tras las rejas. Se lo debía y solo quería pensar en llegar a tener la oportunidad de pagárselo, de devolverle el favor. ¿Pero por qué no había sido capaz de decirle algo más cuando los policías se llevaron detenidas a sus rivales? De no haber estado su compatriota en aquel lugar no hubiera dudado en declararle su amor, sin importar la manera como la había rechazado la noche anterior. Michael podría ser muy atractivo, simpático y cordial, además de estar genuinamente arrepentido de haberla amenazado; pero Santiago era su primer amor, era quien se iba a quedar viviendo en Santa Marta y con quien podría llegar a tener una relación formal y no simplemente una aventura de verano.
–¿Entonces qué dices? Solo un par de copas…, puede ser una de aguardiente y ahora más tarde una de tequila –insistió Michael, las botellas aun en sus manos.
–Si vamos a hacer el amor, creo que en realidad no necesito nada de eso –Carrie se sorprendió a sí misma al escuchar sus palabras. Estaba analizando, descubriendo y finalmente decidiéndose por Santiago y ahora de su boca había salido esa frase…
–Pensé que ya no querías hacerlo, te veo un poco desanimada…
–Creo que estoy cansada; debo madrugar a dictar clase y toda esa historia con la policía… ya sabes…, puso mi mente en otras cosas.
–Supongo, pero es nuestra última noche, nuestra última oportunidad –Michael dejó las botellas sobre la mesa de centro y se sentó en el sofá junto a su compatriota.
–¿Acaso no te vas pasado mañana?
–Así es, pero mañana en la noche es la gran fiesta de despedida con todo el grupo, creo que vamos a ir al Escollo, esa famosa discoteca en El Rodadero.
–¿Y prefieres ir al Escollo en lugar de estar conmigo?
–Prefiero estar contigo, ¿pero por qué no hacer las dos cosas cuando tienes la oportunidad de hacerlas? –Michael le sujetó la mano–. Hoy estoy contigo, los dos juntos en mi cama… y mañana vamos a bailar al Escollo…
–Michael, no lo sé… –Carrie se puso de pie dejando en Michael una expresión de sorpresa y confusión.
–Vamos, no es para tanto –dijo él poniéndose de pie–. Sé que lo de la playa no fue un bonito espectáculo, pero por eso mismo debemos tratar de olvidarnos de eso mientras nos tomamos algo, nos relajamos y la pasamos bien.
–Mira, quiero ser sincera contigo –dijo Carrie mirándolo directo a los ojos–: el muchacho que me salvó de ir a prisión era mi novio hasta hace pocos días, lo conocí en mi colegio de New Jersey y desde entonces he estado enamorada de él y ahora que está nuevamente solo… pues quiero tratar de recuperarlo para mí y creo que sería la mujer más feliz del mundo si… si puedo perder mi… mi virginidad con él… Pero si me vas a volver a amenazar, creo que me tocaría perderla contigo –Carrie se mordió el labio inferior.
Michael, expresión de desdicha total en su rostro, se sentó en el sofá, miró por unos segundos el pequeño tapete blanco con azul estirado por debajo de la mesa de centro de la sala, volvió a mirar a Carrie a los ojos y dijo:
–Pensé que hubiéramos podido tener algo… De vernos nuevamente, de ser novios, así fuera a distancia…
–Yo también lo llegué a pensar… Pero no sería justo contigo, ni conmigo…
Michael se puso de pie nuevamente y le agarró las dos manos antes de decir:
–¿Te puedo dar un último beso?
Carrie creyó no haber besado nunca con tanta pasión. Pero era solo eso: pasión. Sabía perfectamente como estaba perdiendo la oportunidad de irse a la cama con el más apuesto de todos, con aquel que muchas calificarían como un hombre diez sobre diez, y todo por apostarle a un amor, el cual no sabía ni tenía la seguridad de poder llegar a recuperar. Pero eso era el amor, lo más grande del universo, y aunque se estuviera besando con otro, su deber era reservarse para el verdadero dueño de su corazón.
Se despidió de Michael pensando en cómo hubiese estado dispuesta a pasar dos semanas en la celda de aislamiento de la prisión juvenil de New Jersey, con tal de que el hombre a quien acababa de besar hubiese sido Santiago. Pero no lo había sido y el sendero por el cual caminaban sus pies descalzos tampoco era New Jersey ni el lujoso resort llamado Arenas Blancas era la prisión juvenil. Pero no regresó a su bungaló; prefirió regresar a la playa, en donde un grupo de más de treinta huéspedes llevaban a cabo una celebración. Pasó al lado de ellos, les sonrió y continuó caminando hasta que sus piernas sintieron como el agua las cubría hasta un poco más arriba de los tobillos. Sin importar mojar su vestido rojo, se sentó sobre la arena, juntó las rodillas con el pecho, puso sus brazos alrededor de las piernas y no paró de llorar hasta que su vestido, su lindo rostro y su cabello castaño estuvieron totalmente empapados.