Antes de las siete de la mañana, Santiago ya estaba listo para salir, algo no muy común desde su llegada a la calurosa Santa Marta. Aunque no había pasado una buena noche, su cerebro aun confundido, y con las impresiones intactas acerca de los hechos de la noche anterior, ahora creía estar convencido de su paso a seguir: para mantener su conciencia tranquila, se dirigiría a la estación de policía en busca de información acerca de la suerte de Penélope y haría lo posible por tratar de liberarla, si es que aún permanecía tras las rejas. Le hubiera gustado contar con la colaboración y el apoyo de alguno de sus padres, pero además de estar estos bastante ocupados en sus trabajos y actividades, pensó como algo complicado y comprometedor el verse obligado a dar una pormenorizada explicación de los hechos ocurridos en la playa de Arenas Blancas.
–Santi, ¿a dónde vas tan temprano? –le preguntó la mamá mientras le servía el desayuno.
–Fabio me pidió que lo ayudara a trastear unos equipos para un evento que tienen hoy.
No hubiera querido mentir, pero también quería evitar el verse obligado a dar una larga explicación. Afortunadamente su madre no hizo más preguntas y minutos después se despidió y se encontró caminado con rumbo a la estación de policía de El Rodadero.
–Te toca ir a la ciudad, aquí en El Rodadero no mantenemos detenidos –le contestó un agente, quien parecía poner mayor atención al vallenato salido del parlante de su pequeño radio que a todo lo demás.
–¿Pero a cuál de todas en Santa Marta?
–La principal, cerca al centro histórico.
No había caminado más de dos cuadras, al salir de la estación, para cuando tuvo la suerte de ver a Fabio, quien a paso acelerado caminaba por la cera contraria. No dudó en cruzar la calle y saludar a su amigo.
–…´erdaaa, viejo Santi, ¿a dónde vas tan temprano?
Parados sobre el andén de la calle, Santiago no demoró más de cinco minutos en relatarle a su amigo lo sucedido la noche anterior, incluyendo la noticia del sorpresivo viaje de Penélope a Canadá.
–Tronco ´e bollo, primo… –Fabio se llevó la palma de la mano a la quijada–. ¿Entonces las dos hembritas están pagando cana? –Fabio torció los labios, su mirada perdida.
–Tengo que tratar de sacar a Penélope si es que la mamá no lo hizo ya…
–Sacar a las dos, no podemos dejar a Vero allá encerrada.
–¿Sabe qué? Yo ni siquiera sé si la familia de Verónica esté enterada.
–¡No joda, primo! Les hubieras avisado… –Fabio meneó la cabeza.
–Es verdad, pero con el cuento del gringo ese de Carrie y todo eso…
–Bueno, ya qué… Yo iba para donde un man a pagarle un billete, pero no importa, más bien vamos y te acompaño, yo sé en dónde llevan a los detenidos… y hasta de pronto nos encontramos con Eliecer, él nos puede ayudar.
–¿Quién es Eliecer?
–Un man tombo medio amigo mío y de mi papá.
La buseta atravesó la pequeña colina encargada de separar al Rodadero de la ciudad de Santa Marta, y quince minutos después los dos muchachos estaban al frente de la puerta de la estación de policía. Al entrar al caluroso lugar, parcialmente ventilado por un abanico de pata, encontraron solo a un agente, el cual parecía estar ocupado escribiendo algo sobre papeles de uso oficial.
–Buenos días, señor agente –Fabio se adelantó a saludar al representante de la ley.
El hombre tardó más de cinco segundos para dejar de escribir, levantar la mirada y contestar el saludo.
–Buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
–Mira, es que anoche trajeron a dos peladas…, dos hembritas… así, bien divinas… Creo que las detuvieron por armar desorden en lugar público.
–¿Hembritas divinas, armando desorden en lugar público…? Déjame ver, yo apenas llegué hace un rato –dijo el agente mientras revisaba un grueso libro de tapa verde–. ¿Cómo se llaman las detenidas?
–Penélope Del Valle y Verónica Reyes.
–A ver si las encontramos… –dijo el policía, revisando lentamente lo escrito en el grueso libro.
–Son de anoche, por ahí alrededor de las diez –dijo Santiago.
–Bueno…, sí, aquí están –dijo el policía marcando con el dedo el lugar en dónde figuraban los nombres de las dos muchachas–, Verónica Reyes y Penélope Del Valle…
–Primo, ¿y será que las van a tener ahí mucho tiempo? –preguntó Fabio.
–Mira, no lo sé… Aquí dice que Verónica Reyes salió para medicina legal hace un rato, como a las siete, es decir… hace una hora. La otra, Penélope Del Valle, sigue detenida.
–¿Cómo así que medicina legal? –preguntó un alarmado Santiago, viniendo a su mente las palabras cruzadas con Amanda la noche anterior.
–No lo sé, pues supongo que le tenían que revisar las heridas que pueda tener.
–¿Y sería posible ver a Penélope? –preguntó Santiago, mostrando su mejor sonrisa.
–Tocaría esperar a que llegue mi mayor a ver si da permiso –respondió el policía.
–Oye, primo, ¿por ahí no está el capitán Eliecer Torrado? –preguntó Fabio.