Carrie podía contar más de cuatro días desde aquella noche en la cual Santiago se había convertido en su héroe. Recordó haber llorado hasta el cansancio mientras las olas empapaban su cuerpo. Se le hacía injusto no poder tener a Santiago, a quien sentía amar más que nunca. Pero no solo sus sentimientos por él la habían llevado a permanecer a merced de las olas hasta altas horas de la noche: también se sentía muy sola, abandonada por casi todos y además extrañaba su país, sus amigos e inclusive a su familia, algo difícil de creer después de la manera como la habían tratado. No se cansaba de estar agradecida por la amistad de Amanda, una mujer hermosa en su interior y en su exterior. La subgerente del resort se estaba convirtiendo, no solamente en su consejera, sino también en su gran y único apoyo. Pero a Carrie le habría gustado tener a alguien de su edad con quien poder compartir. Por obvias razones, la ilusión de haber llegado a formar una buena amistad con Verónica había quedado atrás, y el episodio vivido con Fabio y sus amigos había dado al traste con la posibilidad de pertenecer a un grupo de gente de su generación. Ahora pasaba los días dictando clases, yendo al gimnasio y a la playa en sus tiempos libres y viéndose con su única amiga, quien le había hecho un relato pormenorizado de su conversación, algunas noches atrás, con Santiago. Solo le habían quedado claras un par de cosas: Santiago creía que a ella ya no le importaba volver con él, gracias a haberle dado más importancia a su fugaz relación con Michael. También estaba segura de estar lidiando con un muchacho a quien todavía le gustaba Penélope y quien solo se había referido a ella como su <<exnovia>> cuando se había enterado de su próxima partida hacia tierras canadienses. Y ella, a pesar de no ser una persona orgullosa, no estaba dispuesta a mendigar por las sobras dejadas por otras. Su máximo deseo era volver con Santiago, pero solo lo haría en el momento en el que él se decidiera a buscarla y la convenciera de haberse olvidado de Penélope. Mientras tanto, solo le quedaba seguir disfrutando de su trabajo, de las playas, de las maravillosas instalaciones del resort y de la compañía de su única amiga.
–Yo llegué a pensar que ibas a ir por él, sobre todo ahora que el camino te va a quedar libre –le dijo Amanda mientras disfrutaba de un salpicón, sentada al lado de su amiga sobre las blancas arenas de Bahía Concha, playa ubicada en el Parque Tayrona, y a la cual accedieron después de conducir por un poco más de cuarenta y cinco minutos sobre una carretera destapada, llena de polvo y pequeñas piedras, y rodeada por un paisaje semi desértico, de plantas que a Carrie le parecieron similares a las que había visto en películas o fotos del oeste norteamericano.
–Después de lo que me dijiste –Carrie arrugó la boca–, no me voy a poner a rogarle para que vuelva conmigo, ni loca que estuviera.
–Yo sé lo que te dije; pero también sé que él está muy confundido y que en esos momentos de confusión es cuando uno debe aprovechar para sacar ventaja, para tratar de ganarle a tus competidores, ¿no te parece?
Carrie miró a sus alrededores antes de contestar. Las llamativas montañas rodeando la pequeña bahía, los toldos de color azul, destinados a proteger de los fuertes rayos del sol a quienes los quisiera alquilar, los rústicos restaurantes ofreciendo varias clases de pescado fresco acompañado por arroz de coco, patacones y ensalada, el tono azul claro de las cálidas aguas y la abundancia de pequeñas conchas sobre las blancas arenas hacían del lugar algo cercano a ser catalogado como una de las playas más atractivas, no solo del país sino también del planeta.
–Es que no sé…, todo esto ha sido tan complicado. Es que es muy raro: es como si el destino o la suerte estuvieran jugando conmigo… o con nosotros. Si yo le contara a mis amigas de New Jersey que preciso vine a caer en el único lugar del universo en donde me podía reencontrar con Santiago, ahí mismo de dirían que es como una señal o algo así, ¿si me entiendes? Como que el destino quiere que estemos juntos para siempre, por el resto de nuestras vidas o algo así… Pero si les contara todo lo que ha sucedido desde que nos reencontramos, sería como la versión de todo lo opuesto, como si esa suerte y ese destino no quisieran que yo tenga una verdadera oportunidad con él. Como si todo esto fuera un simple juego, una especie de aventura, algo que debes dejar pasar, que solo puedes vivir el momento, disfrutar el rato y luego olvidarte de todo…
–Carrie, pero eres tú y solamente tú la que maneja tu propio destino. En éste momento tienes la oportunidad de luchar y de ganarte al hombre al que no has dejado de pensar durante tantos meses, sin importar tu estadía en la prisión juvenil, o los buenos y malos ratos con ese tal Michael o con Fabio. Si tú no aprovechas el momento, la oportunidad que ahora mismo te está dando la vida, pues simplemente te digo que se te pueden adelantar, tan simple y sencillo como eso, y ahí sí que no vas a tener nada que hacer.
–¿Y ahora quién diablos podría adelantárseme? –Carrie agarró un manojo de arena y lo dejó escurrir entre sus dedos.
–Nadie nuevo… que yo sepa. Pero Verónica seguirá viviendo en Santa Marta. Además, en esta ciudad hay muchas peladas bastante atractivas…, y la única que se va a ir es Penélope.
–¿Será que ellos siguen viéndose? –preguntó Carrie, sus manos jugando aun con la arena.
–Ni idea, toca que se lo preguntes a él.
–Pero es que eso es lo que no sé…
–Carrie, mi niña linda, yo no quiero verte más así… Has estado triste y baja de ánimo desde la noche de la pelea de ese par de brujas. Es que si fuera por mí, y lógicamente teniendo tu autorización, te abrazaría y te agarraría a picos y besos hasta que estuvieras otra vez de buen ánimo.